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Groenlandia en Kayak,
(Ricardo López)
Kalallit
Nunaat, Groenlandia, la tierra verde. Así la bautizó Erik el Rojo
cuando en el 982 recaló en esta mítica isla, cuna de las más grandes
aventuras realizadas por el hombre.
Poco a poco
Groenlandia se va haciendo asequible para viajeros con un cierto
espíritu aventurero. No es un país cómodo para viajar, no tiene
carreteras que faciliten las comunicaciones, la infraestructura
hotelera es pequeña, las condiciones de vida son duras, pero a pesar
de esto y por esta misma circunstancia Groenlandia es un país que
engancha. Se siente la autenticidad de los esquimales, la naturaleza
en su estado más puro, la mente del viajero se abre y afloran
sentimientos de libertad, sensaciones nunca antes sentidas, la
sensibilidad está a flor de piel y lo más importante, el impresionante
silencio, auténtico rey del país, te hace ahondar en lo más profundo
de tu ser.
Decidimos viajar al
sur de esta gran isla, tan atractiva como desconocida. Para ello vamos
a utilizar el medio de transporte esquimal por excelencia: el kayak.
Nuestra ruta comienza en Narsarsuaq, pequeña población de unos 150
habitantes situada en una intrincada zona de fiordos. Nuestro objetivo
es navegar hasta el frente glaciar del Fiordo de los Fletanes para
regresar a Narsaq, una de las poblaciones más importantes del sur de
la isla.
Los preparativos son
lentos y laboriosos, vamos a navegar con total autonomía durante
quince días. No podemos permitirnos el lujo de olvidar nada. Revisamos
una y otra vez las tiendas de campaña, los hornillos, la comida...,
tras un último y exhaustivo repaso y con la permanente duda de haber
olvidado algo, nos enfundamos en nuestros trajes estancos, subimos en
los kayaks y comenzamos a navegar.
La primera etapa
será corta, sólo tres kilómetros para cruzar el Fiordo de Erik y
llegar al pequeño poblado de Qaqssiarsuq. El recorrido parece un
paseo, pero con los kayaks cargados y algo de viento tardamos un
tiempo insospechado en cubrir esa distancia. Sin embargo llegamos
airosos y tomamos un descanso para reponer fuerzas, todos pensamos en
los ciento sesenta kilómetros que nos quedan por cubrir.
Después de una cena
a base de productos autóctonos, foca, ballena, caribú, comentamos las
incidencias del primer día. Hay un buen ambiente en el grupo.
Hoy es nuestro
segundo día de expedición. Amanece un día radiante, el sol brilla de
una forma intensa y el fiordo es una balsa de aceite. Apresuramos los
preparativos para aprovechar las perfectas condiciones de navegación,
a primera hora de la mañana y tras la clásica pelea con el traje
estanco comenzamos a remar.
Después
de una hora de remo, la primera hora es la más dura llegamos al
glaciar Qoorooq, ante nosotros se abre un espectáculo increíble. El
Qoorooq es un glaciar muy activo, constantemente está desprendiendo
grandes bloques de hielo, entre los que tenemos que navegar extremando
las precauciones. Los icebergs son grandes masas de hielo con formas
muy caprichosas que se desplazan silenciosamente por el agua. Resulta
frecuente ver fragmentos desprendiéndose, así como icebergs enteros
girando sobre sí. A veces cuando estos no se ven, se oye el ruido seco
al quebrarse. Navegamos a cierta distancia.
A media tarde se
levanta un poco de viento en contra, no es muy fuerte pero si lo
suficiente como para no hacernos cómoda la navegación. Como los
objetivos del día ya están cumplidos desembarcamos y montamos el
campamento. Un miembro del grupo propone "si no pescamos no comemos"
todos aceptamos el reto un poco asustados porque no somos expertos
pescadores pero gracias a dios en estas aguas abunda la pesca,
principalmente el salmón y el bacalao. Conseguimos cenar. A partir de
ahora vamos a intentar ser totalmente autónomos y depender lo menos
posible de las provisiones que llevamos .Después de una agradable
conversación a la luz de una hoguera en la que intentamos arreglar el
mundo nos metemos en el saco.
Los días van
transcurriendo de una forma tranquila, cada día nos encontramos en
mejor forma y nos cuesta menos remar. A menudo hacemos alguna
carrerita con los kayaks. El ritmo del grupo se ha unificado y el
buen ambiente del principio se ha convertido en una camaradería muy
profunda.
Después de cinco
días en los que ya nos hemos acostumbrado a deslizarnos
silenciosamente entre los grandes bloques de hielo, llegamos a un
pequeño refugio de un pescador esquimal donde pasamos la noche. Mañana
es un día clave, es la etapa más dura. Tenemos que portear los kayaks,
cada uno pesa 40 kilos, y toda la carga a través de un pequeño paso de
tierra de unos 500 metros que nos cierra el paso al fiordo de los
Fletanes. El tiempo está cambiando, ha comenzado a llover y está
bajando una espesa niebla. Planificamos las tareas del día siguiente.
Por nuestras cabezas pasa la idea de permanecer en el refugio un día
más. Todos lo estamos deseando pero nadie se atreve a proponerlo.
Los dioses son
benévolos con nuestras súplicas "secretas" y al día siguiente amanece
un día de perros. Se ven caras de alegría en todos, un día más de
descanso nos vendría estupendamente para descargar los músculos.
Decidimos que los dos compañeros más fuertes vayan a comprobar como
está el fiordo, después de dos horas aparecen totalmente calados, la
lluvia se ha hecho más intensa y la niebla no permite ver más allá de
100 metros. Esperaremos al día siguiente para hacer el porteo y cruzar
el fiordo.
Todos estamos
nerviosos, el día de descanso nos ha venido bien pero no nos gustaría
permanecer otro día más en el mismo lugar, estamos deseando llegar al
frente glaciar, sólo nos separa un día. Las súplicas cambian de tono,
intentamos convencer a los dioses para que nos regalen un día de sol.
Nos hacen caso y amanece un día fabuloso.
Tenemos por delante
el cruce de un fiordo de cinco kilómetros plagados de hielo. La lluvia
afecta especialmente al hielo, por lo que de los grandes bloques se
han ido desprendiendo infinidad de pequeños trozos de hielo que hacen
la navegación bastante difícil.
Después de desplegar
nuestras mejores artes en la navegación de obstáculos conseguimos
llegar al pequeño fiordo por el que nos adentraremos en el mágico y
misterioso mundo del Inlandis (el casquete de hielo de Groenlandia).
Según nos acercamos nuestros corazones se van acelerando, el ritmo se
hace mas vivo, el Inlandis espera y no queremos hacerle esperar.
Las sensaciones que
particularmente experimento son increíbles, el sol brilla y la gama de
colores que veo en un frente glaciar de 10 kilómetros de extensión con
paredes de 40 metros de altura van desde el blanco más puro hasta el
azul más intenso. Constantemente están cayendo seracs, la sensación de
naturaleza en su estado puro es plena, la libertad que siento en ese
momento es ilimitada. Me doy cuenta de la ínfimos que somos ante la
grandiosidad de la naturaleza.
Montamos
el campamento en una playa frente al glaciar, junto a un pequeño río.
El ritmo del grupo es lento pero no importa, nos esperan cuatro noches
en uno de los parajes más bonitos que he visto en toda mi vida. Parece
que el tiempo se detiene, sin embargo tenemos que aprovecharlo, hay
mucho que ver y mucho que hacer. A lo lejos se intuyen unas nubes
acercándose. No nos gustan, no desearíamos tener que pasarnos un día
metidos en la tienda, pero en Groenlandia todo es posible. A última
hora de la tarde comienza a caer una ligera lluvia que con el paso del
tiempo se va haciendo más intensa, esto nos preocupa un poco ya que
hemos instalado el campamento junto a un pequeño río que vemos como va
aumentando de caudal. A las cinco de la madrugada el río ha crecido
mucho, tenemos que cambiar el campamento de lugar y situarlo en una
pequeña loma protegido de la crecida. No cesa de llover, tenemos que
cocinar en las tiendas y nos ha pasado lo que tanto temíamos, el
primer día en el frente glaciar lo hemos pasado metidos en las
tiendas.
El día siguiente
amanece nublado pero sin llover, nos levantamos temprano, debemos
recuperar el día perdido, cogemos los kayaks y recorremos el frente
glaciar en toda su extensión, el día mejora y a media mañana luce el
sol. Por la tarde decidimos hacer una pequeña excursión "andando" por
un valle lunar en dirección a un grn lago donde pescamos salmones para
la cena. Empieza a refrescar, el cielo está despejado y de repente
unas luces verdes empiezan a jugar por todo el cielo, es la aurora
boreal, el espectáculo es sobrecogedor, además tenemos la suerte de
gozar luna llena, no podemos pedir más.
Hoy es un buen día
para hacer una excursión al nunataq ( isla de roca en el inlandis).
Cogemos nuestro equipo de montaña, no es necesario un equipo especial,
el hielo forma unas agujas que agarran perfectamente la bota y las
grietas que aparecen pueden sortearse con facilidad.
A los pocos metros
vemos los primeros caribús, una manada de unos 300 animales que
avanzan tranquilamente por el hielo hacia la roca. Tras tres horas de
marcha llegamos a la cima del nunataq, el paisaje es inquietante y
atractivo, inmensas piedras manteniendo el equilibrio en un pequeño
cono de hielo, la subida es difícil debido a lo incómodo del terreno
pero en la cumbre se puede contemplar la inmensidad del inlandis.
Hoy llega a su fin
nuestra estancia en el frente glaciar de los fletanes, lo abandonamos
con pena pero con el espíritu y las sensaciones totalmente recargadas,
nos quedan por delante dos días tranquilos de navegación hasta llegar
a Narsaq, tranquilidad que súbitamente se rompe al oir un ruido sordo
desconocido, miramos en la dirección del ruido y vemos asombrados a
100 metros de nuestros kayaks dos enormes ballenas en un juego
amoroso. Frenamos rápidamente nuestras piraguas para no asustarlas y
contemplar su juego. Es un precioso final para nuestra travesía en
kayak. Por fin llegamos a Narsaq, población de unos 1.800 habitantes
donde tras una reconfortante ducha, una buena cena y una confortable
cama, regresamos en un barco ballenero esquimal a nuestro punto de
partida, la pequeña población de Narsarsuaq, para desde este punto
abandonar con gran pena un país que nos ha cautivado por todo. Por su
naturaleza, sus gentes, su forma de vida, y sobre todo porque nos ha
hecho pensar y sentir que la libertad existe.
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