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Groenlandia en kayak, un viaje inolvidable,
Ricardo López (Madrid). [ver]
En piragua por las gélidas aguas de un mundo desconocido
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PEDRO MADERA (Madrid)
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Las expediciones en
piragua ofrecen la posibilidad de ver de cerca el espectáculo
glaciar de los restos de icebergs que se da en Groenlandia. / |
Groenlandia, la tierra de los icebergs y
los glaciares, seduce al viajero con su propuesta de vivir
inolvidables experiencias sólo aptas para auténticos aventureros,
como, por ejemplo, pasar 15 días recorriendo en piragua las gélidas
aguas que bordean las montañas de hielo y los espacios deshabitados de
estas tierras. Una seducción que conduce directamente a descubrir los
paisajes más bellos del mundo.
Al aterrizar en Narsarsuaq, una población con 150 habitantes, que está
en el cono Sur de la isla, te das cuenta de que estás en un sitio muy
especial, que nada tiene que ver con la civilización conocida. El
aeropuerto de Copenhague, desde donde vuelas en dirección a
Groenlandia, difiere bastante de la pista de aterrizaje de Groenlandia,
compuesta por una torre de control y unos pocos barracones. El corazón
de esta enorme isla está ocupado por un glaciar de más de dos millones
de kilómetros cuadrados, rodeado por un abrupto cinturón litoral
montañoso. No hay peligro de nada salvo de la temperatura. En
invierno, los termómetros llegan a descender hasta los 40 ºC bajo
cero. Ahora, en verano, los grados centígrados oscilan entre los 5
bajo cero y los 20ºC, lo que es un auténtico lujo. La única vegetación
que hay está formada por abedules enanos, musgos y líquenes, que se
encuentran en las zonas costeras que baña el océano Ártico, que está
helado durante casi todo el año.
El centro de la isla está totalmente deshabitado, de tal forma que los
55.000 habitantes de Groenlandia se concentran en las costas, en
particular en la vertiente occidental, que es donde está la capital,
Nuuk. La mayoría de los pobladores de estas tierras es esquimal y vive
principalmente de la pesca, la caza y la ganadería.
COMIENZA LA AVENTURA. Lo primero que te encuentras nada más
aterrizar en tierras groenlandesas, es el saludo de un guía que
inmediatamente te pone en contacto con el material de la expedición y
con el medio natural en el que te encuentras. Pronto, te informan de
que la travesía se hará en kayak, y que no hay por qué preocuparse
porque éstos son estables y anchos, por lo que no es necesario tener
experiencia previa. Sin embargo, al subirse a ellas por primera vez es
inevitable tener dudas y un poco de ansiedad. En primer lugar, se
hacen grupos por parejas, según el peso y la experiencia, y luego
comienza una aventura emocionante y satisfactoria, sobre todo en el
plano emocional, donde la convivencia y el placer de disfrutar de la
naturaleza se apoderan del viajero.
El primer trayecto es hasta la península de Nugarssuk, donde se monta
el primer campamento. Las vistas son impresionantes, con inmensos
bloques de hielo que parecen vigilarnos y rodeados por unas aguas que
no superan los cinco grados. La travesía se realiza siempre junto a la
costa, en una zona sin un gran oleaje y donde los vientos suelen ser
suaves. De todas formas, sólo se navega cuando las condiciones son
favorables. Todo tiene su magia. Escuchar el silencio también puede
ser un placer absoluto. Y después del trayecto, llega la cena: arroz
con chipirones, sopa y paté. Lo mejor llega después, cuando hay que
fregar con agua fría y arena... ¡Evidentemente es un lugar distinto!
El primer consejo que te dan los guías es que al viaje en kayak se
lleve sólo lo imprescindible. Un buen traje estanco para combatir las
gélidas temperaturas, unas botas de agua y una mochila para guardar
las medicinas, la brújula y los artículos de aseo son los elementos
necesarios. Para la expedición es preciso un mínimo de forma física e
infinitas ganas de disfrutar.
Las piraguas son muy amplias y permiten que preparemos en ellas té y
sopas instantáneas para reponer las fuerzas por el desgaste. Siempre
remamos pegados a la orilla, para evitar de esa forma el oleaje. De
vez en cuando, el viento racheado nos mete el miedo en el cuerpo a
volcar y la lluvia nos incomoda, aunque los trajes son totalmente
impermeables. Poco a poco, vamos navegando por el fiordo Tunugdliarfik,
disfrutando con la vistas de enormes icebergs y las fracturas de los
fiordos.
Tras tres días en el agua, llegamos a Narsaq, una de las ciudades más
importantes de la isla. Es un puerto de cazadores, con un museo y una
iglesia. En un local que funciona como bar sirven unos salmones asados
muy ricos que, como es tradición en la zona, se riegan con cerveza
Carlsberg. La dieta en Groenlandia es cara y poco variada. Sin
embargo, la expedición, gracias a los alimentos que llegan desde
España, tiene leche en polvo, galletas, mermeladas y cereales para
desayunar. Las comidas son muy energéticas. Para la noche se guardan
salchichas, bacon, chorizo, atún y carne. Incluso, hay días en los que
se toma un poco de jamón.
En los alrededores de Narsaq, si las condiciones climatológicas son
adversas e impiden navegar, se pueden visitar a los artesanos de la
zona, que realizan trabajos en lana y en hueso. Desde Narsaq, se
continua la aventura entre islas y fiordos, destacando el de Ikersuaq,
que es el mayor de la zona y donde se pueden ver ballenas. Se monta el
campamento en el fiordo de Qaleragdlit, frente a dos lenguas glaciares
sobrevoladas por gaviotas árticas. Cuando no hay navegación por las
aguas, es más que recomendable ascender por alguna de las colinas del
Inlandis, que es el segundo glaciar más grande del mundo. Subiendo por
sus paredes heladas, sólo se verá a los compañeros de viaje. No hay
más seres humanos por allí.
NO TODO ES HIELO. Desde Fletanes, por un valle de fina arena,
se llega a una tundra habitada por caribúes, donde los mosquitos se
convierten en una insoportable compañía. Lo mejor para combatirlos son
los repelentes y llevar puestas dos camisetas. El lago Tasersuatsiaq
es la siguiente parada. En él se puede uno bañar desnudo y en sus
alrededores se pueden coger champiñones y arándanos. Con un sedal y un
anzuelo, los más afortunados quizá pesquen algún salmón... Por
desgracia, la técnica también tiene su importancia y siempre existe la
posibilidad de volver con las manos vacías. Es la hora de iniciar el
regreso a Narsaq. Se atraviesa una zona donde los esquimales cazan
focas anilladas con una precisión matemática, mientras descendemos la
costa camino de Qagssiarssuk. Esta pequeña población esquimal rememora
que a finales del siglo X se estableció en ella Erik ‘El Rojo’ con
réplicas exactas de una casa y una capilla vikinga. La historia se
mezcla con la naturaleza más salvaje. Es importante no despedirse de
Groenlandia sin degustar una típica cena vikinga. Carne y grasa de
foca hervida y seca, carne frita y piel cruda de ballena, carne de
caribú, fletán ahumado, bacalao seco y pan esquimal forman el menú de
despedida.
La digestión pasa, saboreando las últimas horas en esta isla, con el
Círculo Polar Ártico a menos de 600 kilómetros y el sol reluciendo en
lo alto del cielo a medianoche.
Publicado en El Mundo
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