Hacia metas ignotas: Vida y obra de Roald Engelbregt Grauning Amundsen
En 2008 se cumple el noventa y siete
aniversario de la conquista del Polo Sur por Roald Amundsen. El 14 de
diciembre de 1911, el explorador noruego alcanzó la meta por tantos
soñada. Por primera vez en la Historia, voces humanas rompían el
impresionante silencio del extremo meridional de la Tierra.
Amundsen
y sus compañeros alcanzaron la fama con su hazaña. Sin embargo, el
verdadero objetivo del ambicioso explorador noruego había sido la
conquista del Polo Norte. En una carta donde expresa sus sentimientos
de entonces, admite abiertamente: "no creo que haya existido jamás
alguien que se encuentre en un lugar tan diametralmente opuesto a la
meta deseada". Amundsen siempre atisbaba nuevos desafíos en la
lejanía. Él mismo describía su vida como "un continuo avanzar hacia la
meta final".
Roald Amundsen nació en 1872, en Borge,
localidad cercana a la ciudad de Sarpsborg, en la región sudoriental
de Noruega. Desde los años mozos, su meta en la vida era evidente y
ninguna duda lacerante logró hacer mella en su inconmovible
determinación de ser explorador polar. Amundsen devoraba cuantos
libros sobre expediciones polares llegaban a sus manos, especialmente
los que narraban la desventurada expedición de Sir John Franklin, que
con los buques Erebus y Terror partió en 1845 en busca del paso del
Noroeste, para no regresar jamás. Al igual que Fridtjof Nansen,
Amundsen dedicaba mucho tiempo a fortalecer su físico y a entrenar el
cuerpo para hacer frente en su día a las duras pruebas que le
esperaban.
Con todo, Amundsen se portó como buen
hijo cumplidor de su deber, cediendo al deseo materno de estudiar
medicina. Pero a los 21 años cumplidos, ya huérfano de padre y madre,
vendió en seguida todos sus libros de medicina, puso a buen recaudo la
calavera que había usado en sus estudios y proclamó su intención de
ser explorador polar.
Experiencia en aguas boreales
Estudiando con atención la bibliografía
sobre expediciones polares, Amundsen llegó a darse cuenta de una
debilidad muy corriente; a saber: que los exploradores polares no
habían aprendido a navegar. Con su habitual minuciosidad sistemática,
Amundsen decidió obtener el título de capitán de buque y, en 1894, se
embarcó a bordo de un cazador de focas.
Tres
años más tarde fue de segundo oficial a bordo del Bélgica, buque de
una expedición a la Antártida financiada con capital belga y dirigida
por el explorador polar Adrien de Gerlache de Gomery. El objetivo del
viaje era reconocer el litoral de la Antártida, pero la expedición
estuvo a punto de terminar en catástrofe: la embarcación quedó
apresada por los hielos cerca de la isla de Pedro I, debido a la falta
de experiencia del jefe de la expedición en las zonas circumpolares.
Los expedicionarios vivirían trece meses de inseguridad y aislamiento
hasta conseguir el Bélgica liberarse de los hielos y salir a mar
abierto. Fueron meses de pruebas durísimas. Prácticamente toda la
tripulación llegó a padecer de escorbuto y, al caer enfermo el capitán
del barco, Amundsen se hizo cargo del mando. Pronto se haría dueño de
la situación, poniendo a los tripulantes a cazar focas y pingüinos y a
hacer ropas de abrigo con mantas de lana. El Bélgica seguía bajo el
mando de Amundsen cuando logró liberarse de los hielos en marzo de
1899. Así fue aquella la primera expedición que jamás invernase —
aunque fuera involuntariamente — en la Antártida.
Ya con el título de capitán de barco en
el bolsillo, Amundsen empezó a planear su propia expedición a las
regiones árticas. Pretendía ir en busca del paso del Noroeste, la ruta
marina que se creía iba del Atlántico al Pacífico bordeando la costa
de América del Norte, y que muchos habían intentado descubrir.
Amundsen comprendía que, para lograr apoyo económico, la expedición
debería tener una finalidad científica, y pensó que el Polo Norte
magnético sería un proyecto adecuado. Así las cosas, se trasladó a
Hamburgo, donde estuvo estudiando magnetismo terrestre y, a la vez,
haciendo preparativos concienzudos de la expedición.
Por el paso del Noroeste
La
nave elegida por Amundsen para la expedición fue el Gjøa, especie de
balandra de 70 pies de eslora y 47 toneladas de arqueo neto. Cargada
hasta la misma regala, la embarcación zarpó del puerto de Cristianía
(hoy Oslo) en junio de 1903. El Gjøa cruzó el Atlántico norte,
bordeando después la costa occidental de Groenlandia antes de
dirigirse al extremo septentrional de la isla de Baffin. La nave se
adentró por el estrecho de Lancaster, donde cautelosamente fue
hallando su rumbo entre el laberinto insular de la costa
noroccidental del Canadá. Enormes témpanos de hielo, fuertes
vientos, niebla y aguas poco profundas constituían una amenaza
constante. Hacia el fin del verano, los expedicionarios hallaron un
puerto natural en la isla del Rey Guillermo, al NO. de la Bahía de
Hudson. El lugar era favorable también porque, estando tan cerca del
Polo Norte magnético, se podían efectuar exactas mediciones
científicas. La expedición permaneció dos años en el lugar, que
llamaron Gjøahavn (Puerto Gjøa), erigiendo observatorios equipados
con instrumentos de alta precisión y realizando estudios que no sólo
determinaron la posición del Polo Norte magnético, sino que también
abarcaron observaciones de tal exactitud que proporcionaron a los
expertos en magnetismo polar suficiente material para trabajar
durante veinte años. De los esquimales aprendió Amundsen a conducir
tiro de perros. También se fijó en la vestimenta, alimentación y
modo de vida de los esquimales. Todo lo guardaba en su memoria
privilegiada, pensando en que podría ser de utilidad en posteriores
viajes por las regiones polares.
En agosto de 1905 se concluyó la labor
científica, y el Gjøa prosiguió rumbo al oeste, a través de nieblas y
hielos flotantes. Las aguas del estrecho eran tan poco profundas que,
en cierto lugar, sólo había una pulgada de agua bajo la quilla.
Mientras que el Gjøa, lentamente, iba surcando las traidoras aguas,
Amundsen y sus hombres se daban cuenta de que iban acercándose a zonas
conocidas y cartografiadas por navegantes que habían partido desde
Alaska hacia el E. De no surgir más impedimentos, cubrirían la última
etapa de la travesía del paso del Noroeste. Un día, al cabo de tres
semanas con el alma en un hilo, la expedición divisó un ballenero de
San Francisco. El Gjøa había alcanzado su objetivo: era el primer
barco que conseguía atravesar el paso del Noroeste. Poco después,
empero, la nave quedaría aprisionada por los hielos, permaneciendo
inmovilizada todo el invierno.
Amundsen ardía en deseos de dar a
conocer al mundo la gran hazaña. En octubre partió en un trineo de
perros, junto con un compañero norteamericano. Recorrieron 800
kilómetros atravesando las masas heladas hasta llegar a Eagle City, en
Alaska, donde había comunicación telegráfica con el mundo exterior.
Este viaje, el primero de larga duración que realizaba con trineo de
perros, le llevó a traspasar montañas de 2.700 metros de altura. El
cinco de diciembre llegó a Eagle City y la noticia de su proeza fue
difundida por el mundo.
Cambio de planes
Convertido
en un famoso descubridor, Amundsen dio varias conferencias por todo el
mundo para cubrir los gastos de la expedición al paso del Noroeste y
reunir fondos para el más arriesgado proyecto que aún quedaba por
realizar en las regiones árticas: la conquista del Polo Norte. Con su
recién ganada fama reuniría pronto el capital necesario, procediendo
en seguida a efectuar sus planes, que consistían en ir atravesando el
Polo a la deriva en una embarcación aprisionada por los hielos.
Amundsen había incluso conseguido el barco. Se había puesto en
contacto con Fridtjof Nansen, pidiéndole que le dejara el Fram, buque
utilizado por éste y sus hombres durante tres años, de 1893 a 1896, y
en el que habían ido a la deriva con los hielos desde Siberia hacia al
Polo Norte. El mismo Nansen tenía proyectado emplear el Fram, pero su
generosidad le hizo acceder a la petición de Amundsen.
Los planes del explorador noruego,
empero, quedaron desbaratados al llegar, en abril de 1909, la noticia
de que el norteamericano Robert Peary había alcanzado el Polo Norte.
En seguida, Amundsen viró en redondo, cambiando el objetivo de la
expedición. Y ello sucedió "con la misma rapidez que la noticia (la
proeza de Peary) había circulado por el hilo", según palabras del
mismo Amundsen. Los preparativos siguieron su curso, pero ahora con un
nuevo destino: el Polo Sur. Era bien sabido que el inglés Robert
Falcon Scott estaba preparando su segundo intento de alcanzar el
extremo meridional de la Tierra, y Amundsen — empujado por la ambición
de ser el primero — decidió aceptar el desafío. Hasta la llegada del
Fram a la isla de Madera, en el verano de 1910, Amundsen no hizo saber
al mundo que pretendía la conquista del Polo Sur. Un telegrama con la
noticia fue recibido por Scott justamente cuando su expedición estaba
a punto de abandonar Nueva Zelanda. En enero de 1911, el Fram anclaba
en la Bahía de las Ballenas. Amundsen había elegido cuidadosamente
esta base antártica debido a su situación: 100 km. más cerca del Polo
que la base de Scott, en el Cabo Evans. En el curso de febrero y marzo
los expedicionarios dispusieron siete depósitos de víveres y
carburante a lo largo de las primeras etapas de la ruta que habrían de
seguir. Con su espíritu práctico, Amundsen mandó marcar el itinerario
con pescado seco, que luego pudiera servir de alimento.
El
19 de octubre se inició la memorable marcha hacia el Polo Sur:
Amundsen al frente de cuatro hombres y cuatro trineos ligeros, tirados
cada uno por trece perros. La primera parte del viaje transcurrió,
sorprendentemente, sin dificultades. A veces hasta podían dejar que
los perros tirasen de los trineos mientras los hombres, sujetando las
riendas, iban esquiando a remolque placenteramente. Pero esto
terminaría bruscamente al surgir obstáculos poderosos en forma de
grietas sin fondo e interminables crestas heladas en el glaciar Axel
Heiberg. La resistencia y el valor de los bien entrenados
expedicionarios fueron puestos ahora realmente a prueba. Mas, una vez
superados estos impedimentos, atravesaron con relativa rapidez la
vasta meseta en dirección al Polo Sur. La tensión iba en aumento según
se iban acercando los expedicionarios al Polo. Temían, naturalmente,
que Scott les hubiera ganado la partida ante la misma línea de meta,
aunque, no obstante, Amundsen albergaba la esperanza de que la rapidez
de su marcha les hubiera asegurado la victoria. Al fin, el 14 de
diciembre alcanzaron el extremo austral de la Tierra.
El triunfo de Amundsen en la carrera
hacia el Polo Sur no había, en modo alguno, colmado sus ansias de
nuevas metas que conquistar. A su regreso de la Antártida, comenzó de
seguida los preparativos de una nueva expedición. Las regiones árticas
seguían acaparando su interés principal y se propuso explorar las
zonas desconocidas y emular la tentativa de Nansen de pasar a la
deriva por el Polo Norte. La I Guerra Mundial hizo retrasar la
ejecución del proyecto. Al fin, en junio de 1918, la expedición partía
de Noruega. El Fram ya no servía, por lo que Amundsen se hizo
construir su propia embarcación, el Maud, que no fue bautizado con
champaña, sino — peculiarmente, en verdad — con un bloque de hielo.
Decepción tras decepción
La expedición del Maud fue equipada con
instrumentos para realizar observaciones oceanográficas,
meteorológicas y del magnetismo terrestre, y era la expedición
geofísica de exploración polar más importante y mejor pertrechada
hasta entonces. Sin embargo, el viaje sería causa de muchas
decepciones. Al adentrarse el Maud por aguas árticas, quedó
aprisionado por los hielos, permaneciendo los expedicionarios
abandonados a su suerte durante dos largos inviernos. El barco
necesitaba grandes reparaciones urgentemente, que fueron llevadas a
cabo en la ciudad de Seattle, donde fue equipado y abastecido para
pasar varios años en los hielos. En junio de 1922 el Maud ponía rumbo
al norte de nuevo, para quedar otra vez aprisionado por los hielos
junto a la isla de Wrangel, frente el extremo nororiental de la URSS.
Durante tres años, la embarcación fue a la deriva con los hielos a lo
largo de las costas de Siberia nororiental. De este modo, la ambiciosa
expedición no alcanzaría su meta geográfica, pero los datos geofísicos
reunidos, sobre todo por el meteórologo y oceanógrafo Harald Ulrik
Sverdrup, han dado fama a la expedición del Maud de ser uno de los
proyectos de exploración ártica más importantes de todos los tiempos.
El viaje proporcionó nuevos conocimientos. De eso queda constancia,
pese a todas las decepciones sufridas.
¿Volando sobre el Polo Norte?
Desde época temprana, Amundsen había
mostrado interés por los aviones como medio auxiliar de exploración
polar. En su último viaje a las regiones árticas, el Maud llevaba dos
pequeños aeroplanos a bordo. El uno sería empleado para realizar
observaciones. Con el otro, que era de mayor tamaño, pensaba Amundsen
volar hacia el norte desde Alaska. Sin embargo, ambos aviones
sufrieron averías bastante pronto, aunque los pilotos sobrevivieron a
los accidentes.
Después de los intentos fracasados del
Maud por alcanzar su primer objetivo, pocos creían que fuera posible
conquistar el Polo Norte desde el aire. Amundsen despertaba poco
interés al tratar de reunir fondos para su última temeraria aventura:
ser el primero en volar sobre el Polo Norte.
Cuando, descorazonado, llegó a Nueva
York, tras una malograda gira de conferencias, fue contactado por
Lincoln Ellsworth, un norteamericano a la sazón totalmende desconocido
para el explorador noruego. Para gran alegría de Amundsen, Ellsworth
se ofreció a financiar la adquisición de dos hidroaviones y cubrir los
demás gastos a cambio de participar en la expedición. Amundsen
consiguió pilotos y mecánicos y el 21 de mayo de 1925 despegaron de
Spitsbergen rumbo a Alaska. A la mañana siguiente, empero, el depósito
de gasolina de uno de los vehículos aéreos sufrió una fuga, y el otro
tenía problemas con el motor. A unos 150 kilómetros del Polo,
aterrizaron ambos hidroaviones en los hielos y sólo uno de ellos pudo
utilizarse después. Luego de haber aplanado los seis hombres la
superficie helada con herramientas manuales, hasta hacer una primitiva
pista de despegue, el piloto, Hjalmar Riiser-Larsen, realizó la proeza
aeronáutica de despegar con todos a bordo. El avión llevaba exceso de
peso, pero, con las últimas gotas de gasolina, lograron llegar a
Nordaustlandet, isla del archipiélago de Svalbard, donde los seis
expedicionarios fueron rescatados del mar y llevados de regreso a
Noruega.
Contra todo lo que se esperaba, el viaje
despertó admiración por doquier, a pesar de que fue la expedición
polar más desafortunada de Amundsen y otra vez sería el héroe recibido
con entusiasmo a su regreso a Oslo. El explorador noruego describió la
bienvenida como el recuerdo más feliz de su vida.
Viaje triunfal con el dirigible "Norge"
Por
entonces estaba convencido Amundsen de que el avión no era todavía
vehículo apropiado para viajes aéreos sobre el Polo, pero pensó que sí
sería factible volar de continente a continente en dirigible. En muy
breve tiempo consiguió los medios necesarios para su atrevido viaje.
El 11 de mayo de 1926, el infatigable explorador abandonaba
Spitsbergen a bordo del dirigible Norge. Con Amundsen iban el
norteamericano Lincolsn Ellsworth, el italiano Umberto Nobile, que
había construido el dirigible y que también lo mandaba, así como el
hábil piloto Hjalmar Riiser-Larsen, que iba de navegante. Había,
además, una tripulación de doce hombres.
Al cabo de sólo 16 horas de vuelo, los
expedicionarios, radiantes de alegría, pudieron dejar caer las
banderas noruega, estadounidense e italiana sobre el Polo Norte, y el
14 de mayo aterrizaba el Norge en Teller (Alaska). Sus tripulantes
habían recorrido 5.456 kilómetros en 72 horas, siendo los primeros en
volar de Europa a América. La ruta seguida por el Norge había
atravesado regiones polares desconocidas, y Amundsen pudo hacer
constar que no existían territorios en aquellas latitudes. La última
zona en blanco del mapamundi había sido eliminada.
El homenaje rendido al explorador
noruego alcanzó cotas inéditas. Especialmente en los Estados Unidos y
el Japón, su nombre inspiraba gran respeto. Sin embargo, la enojosa
disputa entre Amundsen y Nobile arrojaría oscuras sombras sobre esta
época. Nobile trató de menospreciar el papel de Amundsen en el viaje
del Norge, mientras que éste, por su parte, criticaba la construcción
del dirigible.
Con todo, Amundsen no dejaría de mostrar
su espíritu magnánimo al recibirse la noticia, en mayo de 1928, de que
el nuevo dirigible de Nobile, el Italia, había sufrido un accidente en
las regiones árticas.
Sin dudarlo, Amundsen se ofreció
voluntario para una tentativa de salvamento, siendo uno de los seis
hombres que, en junio, despegaban de Tromsø en el avión francés Latham.
Nobile y sus hombres fueron salvados el 22 de junio. Pero el aeroplano
de Amundsen transmitiría sus últimas señales tres horas después de
despegar. El avión no regresaría jamás.
¿Quién fue el primero?
Si se sabe con certeza cuál fue la
primera expedición que llegó al Polo Sur, investigaciones recientes
han puesto en tela de juicio que Peary, en 1909, fuera el primer
hombre en pisar el Polo Norte. Voces de crítica arguyen que Peary a
duras penas podía haber tocado el punto del Polo con el tiempo escaso
que había tenido a su disposición. A esto se suma que se han hallado
varios puntos oscuros en la documentación presentada. La decisión de
proclamar a Peary conquistador del Polo Norte obedeció a motivos
políticos, dicen algunos.
Puesta en duda la proeza de Peary, el
honor debería corresponder al americano Richard Byrd, que 17 años más
tarde sostuvo haber volado sobre el Polo Norte en un monoplano Fokker.
La investigación moderna, entretanto, duda igualmente de esta
afirmación. Dennis Rawlins, investigador americano experto en
navegación polar, tras haber estudiado detalladamente el relato del
viaje en el diario del aviador, mantiene que Byrd nunca llegó a
alcanzar el punto del Polo y que tuvo necesariamente que ser
consciente de este hecho.
Por otra parte, no existe la menor duda
al respecto de que Roald Amundsen dejó Svalbard a bordo del dirigible
Norge sólo unos días después de que Byrd hubiera despegado en
dirección norte.
El 12 de mayo de 1926 alcanzó el
dirigible su ansiada meta.
Mientras que las afirmaciones de Peary y
de Byrd no queden suficientemente demostradas, hay indicaciones de que
Amundsen puede haber sido el primero en alcanzar ambos Polos.
Esperemos que este asunto se aclare en el futuro.
Por Linn Ryne
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