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Hasta los años 50 el interés del Gobierno de Canadá por los habitantes
de la Tierra de Baffin se limitó a las visitas esporádicas de alguna
patrulla de la policía. Pero en los últimos , la mayoría de los
habitantes de esta isla, antes nómadas, han terminado por establecerse
en núcleos de población permanentes, construidos por el gobierno
canadiense. En Frobister Bay está la población más grande que alcanza
el millar de personas. Muchos esquimales trabajan en los diferentes
servicios creados para los residentes canadienses. Los 2.500
esquimales restantes viven en otras siete poblaciones diseminadas por
la costa.
Antes, los esquimales dependían de las pieles y de los huesos de los
animales en lo que se refería a la vestimenta, utensilios e
instrumentos de caza. Los tendones posteriores del caribú, por
ejemplo, se utilizaban para fabricar correas y cinchas; la grasa de
foca servía como combustible. La mayor parte de los alimentos se
consumían crudos. Los vestidos que protegían bien del frío eran
importantes en un ambiente donde las temperaturas invernales
descendían a menudo a 35 ºC bajo cero. Zamarras, pantalones, guantes y
botas se hacían con una doble capa de piel de caribú, con el pelo
hacia adentro para mantener todo el calor del cuerpo. Sin embargo, las
pieles de caribú, no eran impermeables por lo que, en primavera y en
verano, los esquimales utilizaban vestidos hechos con pieles de foca
rascadas. Utilizaban también la piedra y la madera.
El verano era el periodo más agradable del año. En este tiempo,
pequeños grupos de tres o cuatro familias como máximo, marchaban a
vivir tierra adentro, pescando en arroyos o torrentes y siguiendo las
huellas del caribú armados con sus arcos y flechas. Antes de que el
mar comenzase a helarse , hacia el mes de octubre, los habitantes de
la Tierra de Baffin se dedicaban a la pesca en la costa, arponeando
focas y morsas a bordo de sus kayaks. Los esquimales tenían absoluta
necesidad de hacer sus reservas de carne pensando en el invierno que
era el periodo más duro del año. Luego, para protegerse mutuamente, se
reunían formando grupos de varios centenares de personas. Cuando el
tiempo lo permitía, salían con perros y arpones a inspeccionar la
superficie helada en busca de los agujeros por donde respiraban las
focas. Si el límite de los hielos estaba cerca de la playa, los
cazadores se aventuraban a salir en busca de focas y morsas. Si la
reserva de alimento era abundante, las interminables jornadas del
invierno que les obligaban a permanecer inactivos, confinados en sus
casas de hielo por las tormentas de nieve, resultaban el momento
propicio para las fiestas que se celebraban en amplios iglues comunes.
El ayuno, de todas formas, no era una práctica insólita durante el
invierno. El campamento más próximo, que a veces estaba a a unos 70 km
de distancia, se encontraba demasiado lejos para esperar ninguna ayuda
por lo que no sería nada raro que las leyendas que hablan de
situaciones en las que se llegó a comer perros e incluso cuerpos
humanos, tuviesen un fondo de verdad. Los grupos de invierno, los más
numerosos de todo el año, se separaban al llegar los cálidos días de
primavera, cuando la caza se hacía menos problemática. Los esquimales
permanecían sobre la capa helada del mar hasta que esta se deshacía, a
finales de junio.
La ausencia de infanticidios femeninos en la Tierra de Baffin indica
que las condiciones ambientales no eran particularmente duras. En
cambio, esta horrible costumbre era muy practicada entre los grupos
esquimales del oeste que vivían en un medio muy hostil que les
obligaba a limitar el número de hijos en relación con la proporción de
alimentos disponibles. En este caso, los niños tenían una enorme
ventaja en relación a las niñas, ya que desde muy temprana edad
participaban en las cacerías, ayudando así a conseguir alimentos para
toda la familia. Las relaciones de consanguineidad que mantenían
unidos a todos los miembros de los grupos, garantizaban la ayuda mutua
en los momentos difíciles. Los esquimales que no tenían relaciones de
parentesco se miraban con recíproco recelo, tratándose como enemigos
potenciales. Los pueblos de Baffin no tenían jefes electivos. Los
hombres que gozaban de cierta personalidad y habilidad en la caza
ocupaban una posición preeminente mientras pudiesen demostrar su
superioridad.
La llegada de los balleneros americanos y europeos, que tuvo lugar
hace un centenar de años, influyó especialmente en la vida de los
esquimales de la parte sudoriental de la isla donde se establecieron
bases marítimas, alojándose las tripulaciones en sus casas. Aunque los
fusiles que los europeos vendían suponían una gran ventaja para la
caza, al mismo tiempo las enfermedades que ellos trajeron diezmaron la
población. Al cabo de unos pocos decenios, la población esquimal
disminuyó de 2.000 habitantes que tenía en un principio, a poco menos
de 1.000. Los balleneros se marcharon después de haber exterminado
casi todas las ballenas. Su lugar fué ocupado por los comerciantes y
mercaderes que intentaron por todos los medios convencer a los
esquimales para que colocasen trampas a los animales con el fin de
conseguir sus pieles, buscando con especial interés la de las zorras.
El precio de las pieles cayó durante la gran crisis de los años 30 y
los habitantes de la isla comenzaron a encontrar dificultades para
adquirir los instrumentos y productos manufacturados de los países
industriales de los que dependían ya completamente. Pero a diferencia
de algunas regiones del Canadá ártico, la Tierra de Baffin no tuvo que
sufrir la drástica disminución de sus manadas de caribús que causó una
gran carestía en otras poblaciones esquimales. En aquellos tiempos tan
duros, los esquimales no tuvieron siquiera la posibilidad de acudir a
sus chamanes, pues estos habían sido desacreditados por los misioneros
anglicanos y católicos, que además, les habían amenazado severamente
por practicar la poligamia, el infanticidio y el intercambio de
mujeres, tradicional gesto de amistad entre los hombres.
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