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Groenlandia
Donde el mundo se acaba

Ricardo López Valverde, nuestro especialista y una de las personas que mejor conoce Groenlandia y los inuits, ha escrito  este bonito libro donde se recogen los aspectos culturales, históricos, tradiciones y hacia donde va este enigmático y desconocido pueblo.



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La heroica marcha de Matthew Henson con el almirante Peary,

Era huérfano, aprendiz de todo y maestro de nada, criado fiel de un hombre célebre que por mucho tiempo lo tuvo en menos a causa de su humilde origen. Pero cuando se precisaron hombres de valor y resistencia a toda prueba para llevar a cabo una de las grandes proezas del siglo XX, Matthew Henson colmó la medida. En tanto que otros desfallecieron, el negro Henson y el almirante Robert Peary efectuaron su primer viaje que registra la historia hasta el polo norte.
Esta es la interesantísima narración de aquella aventura y la reseña de la vida de un hombre que, venciendo obstáculos al parecer invencibles, llegó a convertirse en héroe legendario de las regiones árticas.

Bien afianzado en la cubierta del pequeño bergantín Kite, Matthew Henson se embelesaba viendo que la proa, como un ariete, iba abriéndose paso metódicamente a través del mar cubierto de hielo. El barco rompía una grieta y retrocedía luego para volver a embestir a toda máquina y ensancharla un poco, meciéndose con violentos bamboleos que hacían chasquear el aparejo como un látigo al aire.
Al rato se le acercó un hombre más alto que él y después de mirarlo con curiosidad le preguntó:
—¿Cómo te va, Matt?
Henson no le respondió inmediatamente. Sabía lo que aquella pregunta entrañaba. Él era negro. El único negro que el teniente Robert Peary eligiera para acompañarlo en su primera expedición al polo. Y ahora, Peary, de pie junto a él en la turbulenta cubierta de Kite, dudaba a todas luces de que pudiera él ser útil en las regiones árticas.
—Ahora veo que el Norte se le mete a uno muy adentro —respondió Henson al fin—. Y a mí me ha agarrado de tal modo que no quisiera volver a salir de aquí.
Peary no dijo más. Dio la vuelta y se fue a la popa a contemplar su barco desde allá. Henson no quitaba los ojos de los témpanos de hielo que tenía delante, cuando de pronto un golpe sordo hizo estremecer la embarcación que viró violentamente a babor.
Henson volvió la cabeza y vio al timonel que corría en ayuda de un hombre que se retorcía tendido sobre la cubierta. Voló él también a ver lo que pasaba. Se trataba de Peary.
El timón había rebotado sobre un gran témpano de hielo con tanta fuerza, que el golpe arrancó la rueda de las manos de los dos hombres que lo empuñaban. Como una enorme guadaña, el pesado vástago había barrido la cubierta de popa donde estaba Peary cortándole los dos huesos de la pierna derecha por encima del tobillo.
Henson y tres hombres más lo llevaron a cuestas hasta la cámara. Tan pronto como le encasaron los huesos de la pierna, todos a bordo convinieron en que la expedición tendría que regresar. Pero cuando el cirujano Frederick Cook se adelantó a ofrecer su opinión, Peary lo interrumpió:
—¿Cuánto tardaré en poder caminar con esta pierna?
—Cuatro o cinco meses, quizá… todo depende.
—Para entonces, ya estaré listo a emprender la marcha de primavera sobre la capa de hielo —dijo Peary—. Y dentro de algunas semanas haré que Henson me fabrique un par de muletas.
—¿Se propone usted marchar sobre el hielo… en muletas? —le preguntó Cook incrédulamente.
—Doctor —díjole Peary con firmeza—: se ha gastado mucho dinero en esta expedición y, por mal que ande, no voy a volverme atrás.
Henson, que esperaba en un rincón del camarote, sintió una ola de orgullo. Se daba cuenta de que el hombre a quien había brindado su lealtad la merecía plenamente.
En los años por venir esa lealtad iba a ser templada y fortalecida por la soledad, el sufrimiento, el hambre y los fracasos que sufrieron juntos, más muertos que vivos en el polo norte, donde compartieron la triunfante culminación de su fabulosa aventura.

“Nadie sabe lo que hay allá”

Los dos hombres se habían conocido casi accidentalmente. En la primavera de 1887, cuando Peary equipaba una expedición a Centroamérica, el dueño de una sombrerería le presentó a Henson, que trabajaba allí; y el explorador, después de medir con la vista al negrito, le hizo de buenas a primeras esta oferta con su brusquedad característica.

—Voy a Nicaragua —le dijo— a ver las posibilidades de un canal de navegación entre el Atlántico y el Pacífico. Necesito un chico de responsabilidad que me sirva como criado personal. El territorio es selvático, el clima pésimo, el trabajo pesado. Tu patrón te ha recomendado. ¿Quieres el empleo?
Henson aceptó en el acto y desde entonces, por espacio de siete meses, ambos habían luchado contra las plagas de insectos, vadeado pantanos con el agua a la cintura y dormido en las orillas de ríos tropicales, muy cerca de las horribles jetas de los caimanes. Henson aprendió muy pronto nuevas habilidades y llegó a ser el asistente personal de Peary en sus trabajos topográficos. No obstante, solamente al verse de nuevo a bordo y ya casi de regreso en su casa, fue cuando Peary tuvo algunas palabras de aprecio para su fiel servidor. En ese último día, antes de llegar al puerto, lo llamó a su camarote y le dijo:
—Matt: te portaste muy bien en Nicaragua—. Se quedó un buen rato en silencio y cuando volvió a hablar parecía que lo hiciera consigo mismo—: Es sorprendente que estando ya casi en el siglo XX existan todavía miles de kilómetros cuadrados de este planeta que el hombre no haya visto aún. Nadie ha llegado todavía a más allá de mil kilómetros del polo norte. Matt, voy a organizar una expedición al norte de Groenlandia. Nadie sabe lo que hay allá; puede que se extienda hasta el polo. ¿Quieres venir conmigo?
Henson vaciló.
—Antes de responderme —continuó Peary— consideremos el hecho de que eres hijo del ecuador. En los trópicos lo hiciste muy bien, pero el Norte podría ser fatal para ti.
Si la intención de sus palabras hubiera sido de incitación o estímulo, Peary consiguió con ellas su propósito.
—Me voy con usted —le respondió el otro— y creo que soportaré la prueba tan bien como cualquier otro.
Durante tres años, mientras Peary se ocupaba en allegar fondos, entrevistar presuntos exploradores y hacer los planes para la expedición, Henson volvió a ocupar una posición que escasamente era superior a la de un sirviente. Pero desde aquel día de junio de 1891 en que el Kite zarpó del muelle de Brooklyn en Nueva York, se convirtió una vez más en el hombre indispensable, en el factótum, a la vez carpintero, latonero, remendón, calafate y cocinero de la expedición. Cuando el barco se acercaba a su destino, el golfo de Inglefield, en la desolada costa noroeste de Groenlandia, Henson estaba satisfecho de haberse desempeñado eficazmente a bordo, pero algo le venía preocupando pese a su aire de confianza. No estaba muy seguro de que un hombre de su raza pudiera resistir los rigores del Norte.

Hermano de los esquimales

El golfo de Inglefield hallábase obstruido por una gran extensión de témpanos flotantes. Pero un poco más al norte estaba la bahía de McCormick, pequeña ensenada al pie de una peña cubierta de líquenes. Reclinado en la cubierta, con la pierna entablillada, Peary estudiaba el litoral y decidía que en ese lugar debía fijar la expedición sus cuarteles de invierno.
Lo primero fue bajar a tierra las provisiones de boca, las armas, el equipo y por último el maderamen para la casa que debía servirles de abrigo. Todo estaba previamente cortado y no había más que armarlo y clavarlo en su lugar, tarea a que se entregaron el Dr. Cook y otros miembros de la expedición: el ornitólogo Langdon Gibson, Eivind Astrup, un campeón de esquí noruego, John Verhoeff, mineralogista, y Matt Henson, el hombre que hacía de todo. Finalmente, atado a un tablón y cargado por Henson y tres marineros, bajaron a Peary.
La construcción, que llamaron Red Cliff House, estaba hecha de dos capas aisladas y medía interiormente 6.5 x 3.5; pero la tercera parte quedó encerrada por un tabique para formar un cuarto que ocupaban Peary y su joven esposa, Josephine, a quien él había llevado consigo, muy a disgusto de los otros miembros de la expedición. Por la parte de afuera y alrededor de la casa habían levantado una muralla de cajas de provisiones que medía metro y medio de altura y estaba techada con lonas. Cuando cayeran las nieves del invierno y lo cubrieran todo sería posible salir de la casa a un túnel formado de cajas llenas de alimentos y combustible.
Mientras Peary rabiaba y se impacientaba con su cojera, el resto de los expedicionarios salían a explorar los alrededores del campamento, recogían especímenes de flores y rocas, cazaban renos, zorros y liebres de las regiones árticas. A poco regresaron Gibson y Verhoeff con una masa gelatinosa de carne de ballena y grasa. La habían encontrado en un escondrijo cercano, lo cual era indicio de que había esquimales en la región.
El Dr. Cook, que era también etnólogo, inmediatamente pidió permiso para salir a buscarlos. Seis días después regresaba con una amistosa familia de esquimales que traían consigo todos sus bienes temporales, dispuestos a invernar cerca de Red Cliff House.
Tan pronto como llegaron, el esquimal Ikwah y su mujer se acercaron a Josephine Peary, que era la primera mujer blanca que veían; los primeros hombres blancos habían sido los que los llevaron en el bote.
Dieron pausadas vueltas en su rededor, mirándola con sus ojillos negros que brillaban con picaresca alegría tratando de ocultar la risa. Señalaban con el dedo el alto peinado y el elegante sombrero que coronaba la cabeza de la dama, las amplias mangas de pernil del vestido, el ajustado corpiño que le ceñía el busto y el alto promontorio del polisón que se inflaba como un globo por detrás. Eso ya fue mucho para ellos y soltaron el trapo a reír; rodaron por el suelo, dábanse palmadas en las caderas y abrían tamaña boca para no ahogarse de hilaridad.
Poco a poco fueron recobrándose, volvieron a mirar al objeto de su regocijo y sufrieron un nuevo ataque de risa. Para ellos esta dama alta e imponente, personificación de la cultura y el buen gusto del siglo XIX, era el mamarracho más ridículo que habían visto en su vida. La señora Peary lo soportó todo con serenidad, su esposo con estirada dignidad.
Después de haberse reído a más no poder, Ikwah y su mujer alcanzaron a ver a Henson parado en un rincón y al punto se le acercaron parloteando acaloradamente; esta vez no reían, apenas sonreían y hacían gestos que nadie sabía interpretar. Por fin Ikwah tomó a Henson del brazo, le levantó la manga de la camisa y colocó el brazo del negro junto al suyo. No había gran diferencia entre el color de sus pieles.
—Innuit…Innuit! —exclamó entonces el esquimal, sin dejar de sonreír.
Ikwah pertenecía a la tribu de la bahía de Smith cuyos individuos se llamaban a sí mismos “innuit”. Y como claramente se veía que Henson no era kabluna (hombre blanco), tenía que ser esquimal.
Cuando Henson entendió al fin lo que Ikwah le quería decir, rió de buena gana y abrazó efusivamente al pequeño esquimal… Y con aquel abrazo comenzó la leyenda de “Miy Paluk”, nombre que los esquimales dieron a Henson para llamarlo su hermano.

El primer intento

No tardó en conocerse en el interior la nueva del campamento de los blancos, y otras familias de esquimales llegaron a construir sus iglús en las cercanías de Red Cliff House.
Los de la tribu de innuit parecían haber salido de la edad de piedra. No tenían gobierno, ni religión, ni dinero o patrón de valores alguno, ni lenguaje escrito, ni propiedades fuera de sus perros y sus armas. Se alimentaban de carne, sangre y grasa de ballena y vestían con pieles de animales. No conocían los celos ni las bebidas embriagantes, ni las enfermedades infecciosas, ni había entre ellos asesinatos, policía, juzgados, soldados o guerras. Era un pueblo sencillo y feliz, listo, inteligente e ingenioso.
Desde el principio adquirió Peary gran reputación de honradez en sus tratos con esquimales. Pagábales sus servicios de caza y hechura de vestidos con alimentos, cuchillos, agujas, hilo, armas y municiones. Los innuits lo llamaban Pearyaksoa, que quiere decir Gran Peary. Pero el que atraía todo su interés era Henson, hombre más parecido a ellos y a quien Ikwah y su amigo Ahnalka se propusieron enseñarle la lengua esquimal, una de las más difíciles del mundo. (Ha habido misioneros que han vivido 40 años entre los esquimales sin llegar a dominarla). Irónicamente, Henson, el menos instruido de los expedicionarios, fue el que aprendió mejor tan extraña lengua.
A pesar de que Red Cliff House se hallaba en un país salvaje, más de mil kilómetros al norte del círculo polar ártico, la señora Peary se propuso convertir el campamento en un puesto avanzado de civilización. Los hombres no podían presentarse a comer sin estar bien afeitados, debían tener cuidado con las vulgaridades en la conversación y portarse en toda forma como caballeros. Su actitud era la de los ingleses de las colonias que no perdonaban su té a las cuatro de la tarde y siempre se vestían de etiqueta para la comida a las ocho.
Pero no había parado mientes en los naturales. Una semana después de que Ikwah y su familia se establecieron en la vecindad de Red Cliff House, el esquimal examinó detenidamente a la señora y propuso a Peary cambiársela por la suya por una noche, gesto muy común de amistad entre los esquimales.
Ikwah quedó sorprendido y ofendido cuando Peary rehusó la propuesta. Trabajillo le costó a éste y a Henson hacerle entender que no habían querido desairarlo; sencillamente los blancos no tenían la costumbre de hacer cambalaches con sus mujeres. El esquimal no salía de su asombro al oír cosas para él tan extrañas.
Cuando ya se aproximaba la noche ártica, Peary envió a sus hombres a hacer ejercicios de trineo y a depositar alimentos en escondrijos cavados en el gran techo de nieve helada que cubría la mayor parte de Groenlandia. Ikwah y Ahnalka se constituyeron en maestros y tutores de Henson para instruirlo en el más importante de los conocimientos indispensables para vivir en el Norte: el amaestramiento de los perros esquimales. Estos magníficos animales pueden realizar un trabajo extraordinario con poco alimento. Peary tendría que depender de ellos en sus viajes por las regiones heladas, pero el arte de manejarlos es en extremo difícil.
El trabajo comienza al enjaezarlos, para lo cual hay que agarrar al perro y meterlo en el arnés a la fuerza.
“Se toma un trozo de carne en una mano y el jaez en la otra”, escribió Henson, “y cuando el gozque que uno anda persiguiendo se acerca a oliscar la carne, se deja caer ésta y entonces uno lo agarra por donde Dios lo ayude… de una oreja, de una pata o del pelo, y hace lo posible por apretarle el gañote. Tras de lamerse uno los mordiscos y chuparse la sangre, se ata a ese perro a un palo y se comienza a buscar otro. Es sólo cuestión de tiempo… hasta uno forma su tiro”.
Pero eso es apenas el comienzo. Los esquimales uncen sus tiros de perros en forma de abanico, y cuando ocho o doce animales comienzan a tirar, cada cual por su lado, la situación puede ponerse muy apurada. Para imponer el orden se valen de un látigo de casi diez metros de largo.
Ikwah y Ahnalka salían con Henson a la trocha todos los días. La primera intentona de Matt fue infructuosa. El negro ocupó su puesto detrás del trineo y tomó la fusta en la mano. Gritó “Huk…huk” y esperó a que los animales obedecieran. Chasqueó el látigo e hizo caer una llovizna de nieve sobre los perros. Hizo un segundo intento y los animales batieron la cola y se sentaron sobre los cuartos traseros a observar su furiosa conducta. Volvió a restallar la fusta y le dio a Ikwah con ella. Otro intento, con tan mala suerte que se envolvió el látigo en sus propias piernas y cayó al suelo. Ikwah y Ahnalka también rodaron con él en la nieve… muertos de risa.
No obstante, en el espacio de un mes, Henson ya dirigía su tiro solo y hacia el final del invierno lo hacía casi tan bien como sus maestros y mucho mejor que Peary o cualquier otro de sus compañeros de expedición.
Pero no iba a formar parte de la primera expedición. Peary consideraba que para el buen éxito de su marcha de 200 kilómetros (a la costa nordeste de Groenlandia), únicamente un hombre debía acompañarlo, y con tal objeto escogió a Astrup, el noruego campeón de esquí.
Cuando el explorador hizo este anuncio Henson se dio cuenta del deseo incontenible que tenía de ir. Durante los meses de invierno, mientras se adiestraba en el manejo de los perros de tiro, pensaba que hacía todo aquello por entretenimiento y ejercicio, pero ahora, en la amargura de su decepción, sabía que lo había hecho por conquistarse un puesto en la expedición.
No obstante, tuvo la satisfacción de conducir el trineo en que iban Peary y sus provisiones hasta el puesto avanzado llamado Campamento Cache. Pero de allí en adelante Peary y Astrup, acompañados por otro grupo, siguieron otros 180 kilómetros al Campamento Separación. Desde allí todos, excepto Peary y Astrup, emprendieron la marcha de regreso.
Los meses de verano que siguieron fueron de desengaños para Henson. Mientras los otros cazaban él se quedaba ayudando a la señora Peary, que no era cazadora, y que poco gustaba de la compañía de hombres vulgares en que la había dejado su esposo. Para no aburrirse, la señora hacía lo que hacen otras mujeres en las mismas circunstancias: arreglaba la casa. Henson la ayudaba. Entre ambos sacaban las alfombras para sacudirlas, lavaban toda la vajilla y cuando terminaban las tareas… comenzaban nuevamente.
Aunque Josephine Peary era demasiado orgullosa para expresar la preocupación que la dominaba, Henson la presentía. Solamente a su diario le confió ella la pena de estar casada con un hombre que no podía dedicarle más que una pequeña parte de su vida.
En el mes de julio escribió: “He vivido cinco días de mortal incertidumbre. Los esquimales me consuelan hablando de la muerte de mi esposo”.
Henson miraba por ella con creciente preocupación. La última recomendación de Peary había sido que la cuidara, pero aparte de mostrarse él mismo confiado y alegre, no sabía cómo animarla. Ella le correspondía con gratitud, haciendo caso omiso de los esquimales cuando aseguraban que Kokoyah, el demonio de los hielos, se había engullido a Peary.
Ayudada por Henson estableció un campamento avanzado en la cima de la bahía para ser ella la primera en dar la bienvenida a su esposo. El 24 de julio, procedente de su base de invierno en el sur, arribó el Kite listo para llevar al grupo de exploradores de nuevo a tierra. La señora Peary no quiso alojarse en él y sólo consintió en subir a bordo cuando se convino enviar una partida de rescate en busca de su marido y de su compañero.
El 3 de agosto emprendió la partida su viaje sobre el hielo, y el 4 alcanzaron a ver a lo lejos dos figuritas oscuras y tambaleantes descendiendo por un ventisquero.
Traían las caras barbadas grises y macilentas, las botas hechas jirones; los perros que aún les quedaban venían con las patas laceradas, incapaces de arrastrase a sí mismos, mucho menos los trineos. Pero en los ojos de Peary, inyectados por la ceguera de las nieves, ardía la fiebre del triunfo.
Había recorrido 1900 kilómetros para descubrir un mar en la costa nordeste de Groenlandia, que llamó bahía Independencia. Esto le hacía sospechar que la gran masa de tierra fuera una isla, y su meta era demostrar que así era.
Cuando subió a bordo del Kite abrazó efusivamente a su esposa y habló con el desvarío que da el extremo cansancio.
—¡El año entrante lo probaremos! El año entrante exploraremos la costa oriental. Esta tierra puede ser una península, el camino real al polo norte. El año entrante arrancaremos ese secreto del seno de las rocas…
Josephine abrazaba a su esposo reclinando la cabeza contra su pecho. ¡Cuánto había rezado porque volviera curado del hechizo del Norte! Y en cambio, venía más hechizado que nunca.
Henson la miraba, comprendía su pena y compadecía. No obstante, se sentía sobrecogido de una gran emoción. Iban a volver. Él también volvería a cazar y a reír con sus amigos esquimales. Quizá en este viaje le tocaría acompañar a Peary.

Una hija y un hijo

Cuando el Kite llegó al puerto de origen, los miembros de la expedición fueron recibidos como héroes.
Con todo, como el respaldo financiero para un segundo viaje tardaba en llegar, Peary resolvió allegar fondos por medio de una gira de conferencias.
Con la ayuda de Henson puso en escena una representación que alcanzó un éxito formidable. Se abría el telón y aparecía un villorrio esquimal con sus tupiks (tiendas), trineos, armas y muchas pieles. Como nadie había visto semejantes cosas, del público salía un murmullo de admiración. En seguida se presentaba Peary vestido con pieles de la región ártica. Era alto, bien parecido, dominante, exactamente igual a lo que el público se figuraba que debía ser un explorador. El acto culminaba con el exótico grito “¡Huk…huk…huk!” que se oía entre bastidores, seguido del chasquido de una fusta. Entraban entonces en escena seis soberbios perros conducidos por Henson con su vestido completo de esquimal. Invariablemente era recibido con un grito de admiración seguido de espontáneos aplausos.
Henson había amaestrado sus perros de tal manera que, después de su ruidosa entrada, todos se sentaban quietecitos sobre los cuartos traseros mientras Peary proseguía su disertación. Sin embargo, cada vez que el conferenciante se excedía del tiempo fijado, perdían la paciencia y comenzaban a aullar en coro, poniendo así término a la función en medio de las risas del público.
En 103 días Peary y Henson dieron 165 funciones. El dinero recaudado, sumado a otros recogidos como donaciones particulares, fue suficiente para poner la expedición en marcha. Se fletó un nuevo barco, el Falcón, y el 23 de junio de 1893 se hizo a la mar.
Más tarde Peary escribía: “Me dejé llevar del entusiasmo y cometí el disparate de llevar demasiada gente”.
Al expresarse así, no se había quedado corto. No era solamente demasiada gente —doce hombres, una enfermera y la señora Peary— sino que era gente incompetente, por falta de preparación y por temperamento, para desempeñar las tareas que se les encomendaron. Todavía más… la señora Peary ¡estaba embarazada!
La expedición se instaló en la bahía Bowdoin, precisamente al sur de su primer campamento, en una casa nueva y más amplia que llamaron Anniversary Lodge. En un rincón cerrado con tabique la señora Peary dio a luz el 12 de septiembre una niña que pesó al nacer cuatro kilos. Le pusieron Marie, y por sobrenombre Ahnighito (criatura de las Nieves). Los esquimales venían de muchas leguas a la redonda a admirar a esa criaturita blanca y a tocarla con sus dedos color de bronce.
Fuera de la feliz llegada de Marie, ninguna otra cosa salió bien. Peary había llevado al norte una partida de burros, esperando utilizarlos como refuerzo de los perros, pero uno a uno fueron enfermando y muriendo. Una ola gigantesca destrozó casi todos los barriles de aceite que habían llevado para combustible en el invierno.
Con la llegada de la primavera persistió la mala suerte. Peary salió con ocho hombres pero las lesiones producidas por el frío y las tormentas de nieve los fueron inutilizando uno a uno y tuvieron que regresar al campamento. Continuó entonces la marcha con una patrulla cada vez más reducida y entonces uno de los perros sufrió un ataque del temido piblockto, especie de rabia siempre fatal, y antes que tuvieran tiempo de matarlo ya había alcanzado morder a otros perros. Peary había planeado cruzar el desierto helado y llegar a bahía Independencia hacia el primero de abril. Pero el 10 la expedición se hallaba solamente a 200 kilómetros del punto de partida. La estación estaba ya muy avanzada; los expedicionarios en estado desastroso. Con el corazón contristado, su jefe dio la orden de regresar. En el viaje de vuelta fueron enterrando cuidadosamente sus bastimentos y marcando cada lugar con largos palos que no alcanzaran a tapar las ventiscas. Así tendrían alimentos disponibles en su próximo viaje a través del desierto helado.
Entre tanto, Henson se ocupaba en cosas menos tediosas que el año anterior. Aunque no había acompañado a Peary, esta vez lo relevaba de sus oficios domésticos la enfermera Susan Cross. Así le quedaba más tiempo para estrechar sus relaciones de amistad con los esquimales.
Una tarde, la formidable señora Cross levantó los ojos del biberón que preparaba para la niña y encontró a Henson junto a ella, con un chiquillo esquimal asido de la mano.
—Voy a darle un baño —dijo, con expresión que era a la vez de desafío y disculpa.
—Pero no aquí en la cocina –bufó la enfermera mirando al niño que tenía el pelo hecho una maraña y la ropa pringada de mugre.
Henson puso un cubo de agua a calentar sobre la estufa diciendo tranquilamente:
—Afuera no puede ser,
—Esto es insufrible —chilló la enfermera—. Le avisaré a la señora. No debes meter a cualquier golfillo en la cocina.
—Este no es un golfillo. Es mi hijo… se llama Kudluktú.
La enfermera abrió tamaña boca y dio un paso atrás llevándose las manos al pecho. Aunque había oído hablar de esos intercambios pecaminosos de mujeres que se hacían en los iglús, esta era la primera vez que tenía ante sus ojos las consecuencias.
Henson no pudo reprimir una sonrisa.
—Es huérfano, señora Cross, y yo lo he adoptado.
Aun aquello era demasiado para la señora Cross, que salió de la cocina como alma que lleva el diablo. Henson le cortó el pelo al chico, le quitó los grasientos andrajos, los quemó y luego le dio una friega hasta dejarle la piel reluciente como el cobre recién pulido y lo vistió con nuevas pieles. Durante todo ese proceso el chico había permanecido estoico y silencioso.
De allí en adelante Kudluktú durmió en un lecho de pieles extendidas bajo el catre de Henson y seguía a éste dondequiera que fuese como una sombra. En su carita redonda y cobriza veíase siempre una expresión de admiración y amor por su protector.
Era algo muy significativo que se le hubiese permitido a Henson adoptar al chico. Los esquimales quieren mucho a los niños, pues son pocos los que nacen y, cuando murió la madre de Kudluktú, que era viuda, todos los vecinos quisieron hacerse cargo de él. No obstante, cuando Henson expresó sus deseos, todos le cedieron sus derechos. La tribu no hubiera hecho esto por otro que no fuera Henson.

Henson soluciona una crisis

El Falcon debía regresar de Nueva York en el mes de agosto y Peary, a quien le horrorizaba la idea de reembarcarse en él, vencido, consultó con Henson el problema.
—Matt, pienso quedarme aquí todo el invierno para tratar de hacer otra intentona en la primavera. ¿Qué te parece?
—Yo me quedo —respondió Henson al momento.
—Estaba seguro de que te quedarías —le dijo Peary sonriendo—. Tendremos que mantenernos de lo que cacemos durante el invierno: pero seremos menos; pediré voluntarios y de los que se ofrezcan escogeré a los tres mejores. De este modo podremos eliminar mucho peso muerto.
Pero sus esperanzas de conseguir tres hombres eran demasiado optimistas. Peary no sabía inflamarlos para emprender acciones heroicas; no dispensaba elogios ni alabanzas; era a veces brusco en sus modales y siempre exigente en el trabajo y desdeñoso en extremo con los quejumbrosos y los maulas. Era un buen capitán de hombres fuertes, pero los débiles lo encontraban a veces intolerable. Cuando pidió voluntarios, ninguno dio un paso al frente. Sólo a última hora el joven periodista Hugh Lee aceptó el reto. Así que su mando quedó reduciendo a dos hombres.
Con el invierno inminente iban a cambiar las relaciones hasta entonces existentes entre Peary y Henson, que siempre habían vivido separados por los convencionalismos sociales de amo y criado. Aunque Peary no era muy partidario de esta nueva intimidad, los acontecimientos lo forzaron a aceptarla. Había llegado al Norte llevando consigo la arrogancia de sus raza y su cultura. “En situaciones en que se requiera resistencia para sobreponerse al hambre, la sed, la intemperie y la fatiga”, había escrito, “el hombre inteligente e instruido soporta mejor las privaciones que el palurdo”.Este criterio lo había llevado a cometer grandes equivocaciones en la selección de sus hombres y debido a él había menospreciado por largo tiempo las cualidades de Henson. Pero el Norte se había encargado de enseñarle a ser más moderado a este respecto. En las últimas dos expediciones a Groenlandia había tenido 14 hombres bajo su mando y todos habían defraudado sus esperanzas. Todos, menos Henson.
Más aún, los esquimales, gente de la edad de piedra, no solo sobrevivían sino que prosperaban. Así que, cada vez más iba aprendiendo de ellos y empleando sus métodos. Henson era el puente que con ellos lo unían. Los esquimales respetaban a Peary y confiaban en él , pero a Henson lo amaban. Y en su sociedad primitiva se hacían más cosas por amor que por deber.
Peary, Henson y Lee iniciaron entonces una serie de excursiones a fin de localizar los depósitos de alimentos escogidos bajo la nieve el año anterior. La batida fue un golpe demoledor para su estado de ánimo, ya que buscaron y rebuscaron infructuosamente los palos que habían dejado como señales.
Por fin encontraron uno. Pero ya no era un palo de dos metros... Sobresalía del suelo 15 centímetros. Esto quería decir que las provisiones yacían enterradas y heladas sin posibilidad de rescatarlas. ¡Todos los elementos esenciales para la expedición de la primavera se habían perdido!
Durante los días siguientes, Peary estuvo muy deprimido y su mal humor fue la tónica del campamento. A Henson le afectó menos que a Lee: había aprendido de los esquimales que la risa es el mejor antídoto para el veneno del fracaso. Pero cuando decía algún chiste Peary y Lee lo miraban compasivamente, como si le faltara el juicio para comprender la gravedad de la situación.
Cierto día le llegó el turno de cocinar a Hugh Lee. Peary leía y Henson remendaba las correas de una raqueta para andar sobre la nieve. El cuarto estaba silencioso; sólo se oía el chirrido de la grasa de ballena en que Lee freía unas lonjas de carne de reno.
A no ser que se tenga mucho cuidado, la grasa de ballena arde fácilmente con una llama fuliginosa que echa a perder lo que se fríe. Eso le pasó entonces. El novel cocinero dio un paso atrás, echo una mirada de odio a la tiznada sartén y en un rapto de ira la tomó por el mango y la arrojo lejos de sí con tanta fuerza que, rompiendo la hoja de la puerta, pasó al otro lado y fue a hundirse chirriando y humeando entre la nieve.
Peary dejó caer el libro, se le encendió el rostro. La pérdida del aplomo en un hombre era algo que le parecía intolerable. Nunca permitía que tal cosa le pasase a él y estaba decidido a no permitirla entre sus hombres. Abrió la boca para reprender a Lee, pero vio al chico tan apesadumbrado que no se resolvió a decirle nada. Volvió a tomar el libro y siguió leyendo.
Todo volvió a quedar en silencio. Lee recogió la ahumada cazuela buscó luego un martillo y clavos y reparó la puerta; volvió a la estufa y se puso a preparar de nuevo la comida. Cuando se sirvió todos comieron en silencio.
La mañana siguiente persistía el silencio. Henson quiso entablar conversación pero nadie le contestó. Lee, apesadumbrado y arrepentido, hubiera preferido una buena reprimenda de Peary y salir del paso de una vez; en cuanto a Peary, habiendo pasado por alto el incidente, no sabía cómo liquidarlo. El silencio se acentuaba.
Al día siguiente le tocaba cocinar a Henson. Buen rato estuvo frente a la hornilla pensativo y luego, sin que lo vieran, ladeo la sartén de modo que se inflamara la grasa de ballena. Se alzo un globo de llama y humo negro. Henson dio un paso atrás lanzó una exclamación, que atrajo las miradas de Peary y Lee, agarró la sartén por el mango y la arrojó con tal fuerza y precisión que, rompiendo de nuevo el tablero con que Lee había reparado la puerta, fue a caer afuera entre la nieve.
Hubo un momento de sorpresa. Luego se oyó la risilla contenida de Lee, otra con que le contestaba Henson y enseguida una carcajada general; y tras de la risa vino la conversación, la comunicación bendita.
Risa era lo que Peary necesitaba, no sólo para romper el hielo de su desavenencia con Lee, sino para aguzar la imaginación y refrescar el espíritu para abordar el gran problema que tenían entre sí. Esa noche, restaurada ya su ecuanimidad, habló de él con sus compañeros.
—Mañana haremos inventario de las carnes de reno y morsa congeladas que tenemos y veremos cuanto han de durarnos en reemplazo de los otros alimentos que se perdieron. Creo que podemos juntar raciones de té bizcochos , aceite y carne para nosotros y para los perros y que habrá lo suficiente para dos meses que, con buen tiempo, será lo que dure el viaje de ida y vuelta a la bahía Independencia. Si el tiempo se vuelve malo tendremos que vivir de lo que encontremos en el camino.
No obstante, todos sabían que los únicos seres vivientes que encontrarían sobre el hielo serían ellos mismos y sus perros.

El tenue hilo de la vida

El primero de abril de 1895 fue la fecha que se fijó para la partida, y a medida que se aproximaba el período de constante luz del día, se aceleraba el ritmo de los preparativos. Se daba prisa a las mujeres esquimales que cosían la indumentaria de piel que debían usar los expedicionarios en el viaje, y así que iban terminando las prendas se colgaban a la intemperie, expuestas a una temperatura de 40 grados bajo cero, con el fin de que el frío matara cualquier piojo que hubiera podido pasarse del cuerpo de las costureras a las junturas de la ropa.
Henson construyó tres trineos y dio en ellos varias vueltas de prueba. Y cuando estuvo todo listo Peary, Henson y Lee emprendieron la larga jornada. Acompañados por un pequeño grupo de esquimales marcharon siete días hasta el gran escondite, el lugar donde Peary había depositado 600 kilos de pemmicán (tortas de carne seca, harina, melaza y sebo) el año anterior, cuando se vio forzado a regresar. Contaba con ese alimento para su viaje por la costa helada, pero no encontró ni rastro de él. Había quedado sepultado bajo muchas toneladas de nieve.
—Esto significa que tendremos que contentarnos con carne de reno para nosotros y de morsa para los perros —dijo Peary— ; y temo que no tengamos suficiente.
—¿ Qué haremos si se nos acaba ? —le preguntó Henson.
—Tendremos que comernos los perros .
Los esquimales expresaron gran temor de que Pearyaksoa se empeñara en continuar el viaje y uno de ellos le dijo a Henson:
—Miy Paluk, vuélvete con nosotros. Si vas más allá te va a tragar Kokoyah. ¿Por qué quieres ir donde no hay nada?
—Voy a ver si es cierto que no hay nada. Puede ser que haya algo. Quiero ver con mis propios ojos —replicó el negro sonriendo a sus amigos—. Cuando regrese os contaré todo lo que haya visto.
Su alarde quedó hecho pedazos casi al punto. Lee cayó enfermo y el segundo día de viaje los acometió una tormenta con furia increíble. Acurrucados en el inseguro abrigo de su tienda, a Henson se le helaron las mejillas y a Lee se le congeló un dedo del pie. Por más de una hora Henson tuvo el pie de su amigo metido entre las ropas y la piel de su propio estómago para devolverle la circulación.
Los perros también sufrieron lo indecible con la tormenta y cuando llegó la hora de engancharlos, dos de ellos estaban inútiles y tuvieron que ser sacrificados. En las siguientes marchas les fue preciso deshacerse de otros animales inservibles y el 26 de abril sólo les quedaban 17 de los 42 perros con que salieron. A poco ese número se redujo a 11 y de estos había tres que escasamente podían caminar. Fue preciso ayudarles a tirar de los trineos.
El 6 de mayo la situación era desesperada. No era posible matar más perros si es que querían regresar. La lectura del sextante le indico a Peary que estaba cerca de bahía Independencia pero ni Lee ni la mayoría de los perros podían dar ya un paso más. Así que, al día siguiente, después de acomodar a Lee lo mejor posible dentro de la tienda, Peary y Henson se engancharon ellos mismos al tiro de un pequeño trineo y se encaminaron hacia una nube distante en el horizonte que, si no era un espejismo, prometía tierra y posiblemente, animales.
Pero aún los perseguía la mala suerte. Era en realidad tierra, la costa oriental, mas antes de llegar allá tropezaron con una serie de grietas en el hielo. No habían avanzado mucho cuando Peary cayó en una de ellas. Afortunadamente era angosta y antes de hundirse por completo logro asirse de los bordes.
Henson se tendió de bruces, le pasó una de las coreas de cuero del trineo por debajo de los brazos y poco a poco fue sacándolo. Al cabo de 15 angustiosos minutos Peary tenía ya el busto fuera de la profunda hendidura y a poco los dos hombres descansaban juntos, estirados sobre la nieve, jadeando de fatiga.
Mas a los pocos minutos de haberse puesto de nuevo en camino, Henson cayó en otra grieta hundiéndose hasta la cintura. Su compañero lo salvó de la misma manera. Siguieron andando por el azaroso terreno, transidos por el hambre y la fatiga, hasta que al fin llegaron a la morena, montón de piedras formado entre el glaciar.
Allí encontraron rastros de liebre de la región ártica y excrementos secos de carneros almizcleños, pero nada más. La caza había estado allí...¿pero cuándo? ¿Haría una semana...un mes? Exhaustos y descorazonados emprendieron el regreso al campamento. Distaba 40 kilómetros. Cuando por fin entraron tambaleándose en la tienda, Lee estaba inmóvil y pálido en su lecho de enfermo; dos perros más habían muerto.
Comieron una pequeña ración de carne de reno congelada y se acostaron a dormir. A Henson le daban vueltas en su mente ofuscada las palabras de sus amigos esquimales: “Si vas allá te va a comer Kokoyah”. Y casi, casi deseaba que Kokoyah no tardara tanto.
Cuando despertaron, Peary analizó la situación lisa y llanamente. El propósito del viaje era determinar si la capa de hielo se extendía hacia el norte hasta llegar al polo, y si esto era así, seguir por ella en esa dirección hasta donde se pudiera. Aunque convencido de que la marcha era imposible, no quería regresar sin averiguar si la masa de tierra se extendía realmente hasta la cima del mundo o si entre ésta y aquella se interponía algún mar. Ya que había llegado tan lejos, valía la pena andar unas cuantas leguas más con el fin de penetrar el secreto de los hielos firmes.
Aún era tiempo de emprender el regreso. Los perros morirían, sin duda, pero había alimentos suficientes para los hombres y tenían la esperanza de poder desandar esos mil kilómetros. Habría que comenzar la marcha inmediatamente.
—Por otra parte —dijo Peary— ya sabemos que hay carneros almizcleños en la morena. Podríamos jugarnos el todo por el todo e intentar una partida de caza. Fijaos bien que digo el todo por el todo... porque si vamos y no encontramos tales carneros, nunca podríamos volver al Lodge—. Hizo una pausa y miro a sus camaradas—. Yo no quiero decidir este asunto... lo dejo enteramente a vuestro parecer.
Hubo un momento de indecisión tras el cual dijo Henson:
—¡Hagamos la cacería!
A pesar de su enfermedad, Lee lo secundó. Por no demostrar su gran emoción, Peary se puso de pie y dijo:
—Bautizaremos este pedazo de hielo donde estamos ahora con el nombre de Campamento Resolución. Acto seguido dio la vuelta para comenzar a enjaezar los perros.

La caza

Plantaron su nuevo campamento cerca de la bahía Independencia, y el 15 de mayo, después de haber estado allí prisioneros de la tormenta durante dos días, Henson y Peary sacaron los perros y las armas y, provistos de medias raciones para cuatro días, emprendieron la batida que debía salvarlos o perderlos.
Se encaminaron hacia una suave hondonada en donde Peary y Astrup habían matado carneros almizcleños en 1892 y tras 12 horas de continua marcha llegaron al lugar deseado. Peary había puesto todas sus esperanzas en ese vallejuelo, pero no encontraron allí ni rastros de caza.
En aquel punto murieron de inanición dos de los perros y sus flacas carnes sirvieron de alimento a los sobrevivientes, hombres y animales.
Ya no quedaba otro remedio que seguir andando. No había objeto en volver al campamento, no había objeto en sentarse en un valle desierto. Posiblemente la próxima hondonada estaría igualmente desierta, y la otra y la otra, pero no podía hacer otra cosa que seguir caminando... hasta que fuera materialmente imposible dar un paso más.
Entonces vio Peary que se movía una piedra cubierta de nieve; parpadearon sus ojos inyectados de sangre; la piedra volvió a moverse y de pronto tomó la forma de una liebre de las tierras árticas.
—Matt... Matt —gritó débilmente—. ¡Mátala, por Dios!
Henson era un excelente tirador, pero al echarse la escopeta a la cara hacía mover el cañón sin poderlo remediar. Se sentó e hizo mampuesto sobre las rodillas. Aunque el arma estaba firme se le nublaban los ojos. Disparó y erró el tiro. La liebre dio unos cuantos saltos. Henson se quitó los anteojos negros, volvió a hacer puntería a pesar del fuerte destello del sol en la nieve, disparó otra vez; la liebre dio un gran salto en el aire y cayó muerta. La despedazaron y se la comieron, cruda, chorreando sangre.
Era el primer alimento completo que ingerían desde que se separaron de los esquimales, 35 días antes, la primera comida realmente nutritiva para un hombre que necesite trabajar todo el día. No habían terminado de comer cuando comenzó a nevar y se echaron a dormir sin importarles un ardite la nieve que se amontonaba a su alrededor. Henson pensaba que se habían burlado de Kokoyah. ¿O sería Kokoyah el que se burlaba de ellos?.
Al día siguiente lo supieron. Por fin encontraron los carneros almizcleños. Primero tropezaron con una huella, tan indistinta, que no se atrevían a dar crédito a sus ojos. En seguida los excrementos . . . y estaban frescos. ¡El rebaño no podía estar lejos!
Por encima de un montículo alcanzaron a ver un grupo de puntitos negros en el otro valle. El hato constaba de 22 hembras con sus borregos y tres machos.
Haciendo acopio de todas las fuerzas que les quedaban, los dos hombres se abalanzaron contra él. Henson disparaba mientras corría, acompañando cada bala con una plegaria. Un macho se desplomó sobre sus cuartos traseros. Peary derribó otro macho. . . y luego el tercero. El rebaño se desbandó y los cazadores corrían tras de los animales sin dar paz a las escopetas.
De pronto una hembra herida dio la vuelta y agachó el testuz de afilada y reluciente cornamenta. Peary se vio en ese momento sobre ella y con la escopeta descargada. Cuando quiso cargarla la hembra embistió.
—Matt. . . . ¡a ella, Matt!
Ya se disponía a atravesar con los cuernos al cazador caído, cuando se oyó un disparo. El animal embravecido se tambaleó, trató de embestir de nuevo a su indefenso enemigo, más no pudo. Cuando se desplomó el animal, Peary se levantó del suelo lentamente y miró con gratitud a Matt.
—Era la última bala que tenía —le digo el negro sonriendo.
Allá en su campamento solitario, Hugh Lee, que hacía cotidianos asientos en su diario, el domingo 19 de mayo escribía: “Anoche, poco antes de las doce, oí la voz de Matt que cantaba a todo pecho...la canción más dulce que he oído jamás. Prendí el reverbero, pues me supuse que habría demanda de té caliente. En seguida salí a encontrarlos”.
Con la carne de los carneros almizcleños le fue posible a Peary proseguir sus investigaciones geográficas y descubrir que la capa de hielo que cubría a Groenlandia no era ni con mucho el “camino real” al polo norte. Estaba en una isla, una isla gigantesca en verdad, pero por la cual no se podía llegar fácilmente hasta el polo. Eso era lo que había logrado averiguar en definitiva.
Su problema consistía ahora en volver con sus dos compañeros a Anniversary Lodge, que distaba mil kilómetros de allí. Tenían un trineo roto, unos cuantos perros agotados e insuficiente provisión de víveres, a pesar de la carne de carnero.
El regreso se convirtió en una carrera con la muerte, que al fin ganaron por muy escaso margen. En el último sitio donde acamparon de vuelta devoraron sus últimas provisiones... una taza de té, una lata de leche y cuatro bizcochos. Un perro quedaba todavía con vida. Henson le dio de comer... un par de botas de piel de foca y unos pocos metros de reata de cuero crudo. Al día siguiente llegaron a Anniversasy Lodge. Era el 25 de junio de 1895. Habían permanecido 85 días en el desierto helado y habían andado 2000 kilómetros.

Años de derrota

Los exploradores volvieron a su tierra, otra vez como héroes. Mas ahora Peary se daba cuenta de que lo unían con Henson lazos indestructibles, y de entonces en adelante en sus escritos y en sus conferencias ensalzaba al negro y se refería a él, no ya como a su sirviente, sino como a su “ayudante”. Juntos volvieron a Groenlandia en 1896 y 1897 en expediciones científicas de menor cuantía, y en 1898 tornaron a salir, decididos a llegar al polo.
Esta vez Peary allegó provisiones suficientes para cuatro años. No podía concebir que fuera a fracasar cuatro veces consecutivas.
Mas las expediciones no fueron solamente fracasos; fueron casi desastres. El primer invierno se le helaron a Peary ambos pies, y aunque Henson le dio masajes y trató de calentárselos contra su propio cuerpo desnudo, como lo había hecho con Lee, los dedos se tornaron azules y el médico de la expedición tuvo que amputárselos todos, con excepción de los meñiques de cada pie.
A un hombre sin dedos en los pies le sería difícil conservar el equilibrio en las calles de la ciudad: hacer otro tanto en la región ártica parecería imposible. Cuando los miembros del Club Ártico Peary tuvieron noticias de la amputación dieron por sentado que con ello se pondría punto final a la expedición.
Pero se equivocaban. Un mes después de la operación, Peary y Henson se hallaban otra vez llevando provisiones en trineos hacia el norte. Fracasaron en cada una de las tres expediciones siguientes y Peary volvió a Nueva York a reabastecerse. Volvieron a salir para el norte; esta vez, en 1905, intentaron navegar directamente hasta el borde del mar Polar y, aunque el viaje fue una epopeya de desastres y calamidades, llegaron a cerca de 280 kilómetros de su meta. Habían batido un récord. Jamás había llegado antes allí un ser humano. Pero no pudieron seguir adelante.
Cuando regresaron a nueva York, Henson notó un gran cambio en su jefe: Peary estaba cansado y enfermo. Antes de emprender aquel viaje se había hecho amputar los dedos meñiques para igualar el paso y le habían sacado una lonja de piel de la planta del pie para cubrir y acojinar el muñón. Cuando salió estaba aún convaleciente de la operación; ahora volvía exhausto.
El país se daba cuenta del menoscabo sufrido en su salud. Se figuraban que ése, su último viaje, debió haber sido el más penoso. Pero ante la sorpresa de todos, Peary recibió a los reporteros diciéndoles:
—Estamos aquí con el fin de hacer algunas reparaciones y conseguir ciertos artículos.
—¿Quiere decir con esto que piensan volver? —le preguntaron los periodistas incrédulos.
—Tan pronto como nos equipemos —replicó Peary resueltamente—. A más tardar el verano entrante. Y esta vez estoy decidido a plantar las Estrellas y las Barras en el polo norte.
El público se quedó estupefacto. La gente admiraba a Peary, naturalmente, pero también creía que no estaba en sus cabales.
Solamente cuando se hallaba a solas con Henson, abandonaba el gran explorador su actitud heroica.
—Matt —le decía—: este viaje sí será el último. Ya sea que nos vaya bien o mal, nunca más podremos volver al norte.

Amos del Norte

Henson y Peary afrontaban la última gran aventura, cada uno de un modo diferente. Peary la había comenzado con voluntad inquebrantable que últimamente habíase tornado en obsesión. Muchas razones se oponían a que intentara el viaje al polo otra vez: su propio cuerpo lleno de cicatrices y agobiado por 52 años de edad; la historia de los desastres sufridos, no sólo por él sino por todos los que habían intentado llegar al polo; su familia abandonada, condenada a la soledad y a la angustia... todas estas eran razones de peso, pero él no escuchaba la voz de la razón... sólo deseaba la victoria o la muerte.
Henson, por su parte, había comenzado con un simple deseo de aventura que se había ido transformando en sencillo propósito. Se había propuesto probar que un negro es muy capaz de igualar a los blancos cuando se trata de vencer y superar dificultades. No quería perecer en la demanda, porque entonces no habría probado nada. Su deseo de vivir quedó demostrado con lo último que hizo antes de marchar al Norte; casarse con Lucy Ross, una chica que había conocido pocos años antes.
Aunque al reclutar los hombres que habrían de acompañarlos en su última expedición Peary volvió a rodearse de intelectuales, esta vez resultó que todos ellos demostraron el coraje y la fuerza de voluntad que en vano había buscado en otras ocasiones.
Quizá se debió esto a que tuvieron a Matthew Henson como instructor. Uno de ellos, el joven Donald MacMillan, que más tarde se haría famoso como explorador de las regiones árticas, relata así su primer encuentro con el negro, a bordo del barco expedicionario Roosevelt: “Era de menos de mediana estatura, pelo negro, cara limpia de barba y bien parecido. A pesar de ser yo un atleta, no podía menos de admirar la facilidad con que se movía y trabajaba en el barco. Como era muy modesto, tardé bastante en saber su verdadera importancia... no sabía yo entonces que era él quien iba a enseñarme el arte de sobrevivir en el Norte”.
Cuando tocó el barco en cabo York, en Groenlandia, para tomar a bordo algunos esquimales y perros, los novicios se quedaron pasmados con la recepción que allí les hicieron. Aunque silbaba la nevasca, los esquimales rodearon el Roosevelt en sus kayacs gritando: “¡Pearyaksoa! ¡Miy Paluk!” Una vez en tierra los viejos amigos se disputaban el honor de alojar a Henson en sus iglús, de alimentarlo, de hacerle nuevos trajes de piel. Allí estaba Kudluktú, su hijo, ya hecho un hombre, que caminaba orgulloso a su lado. Estaban también Sipsú y Seeglú y Ootá. Pero el más viejo de todos sus amigos, Ahnalka, ya había muerto.
Apenas se completó la partida, el Rooselvet comenzó a internarse en la gran extensión de témpanos flotantes. El barco hacía las veces de un ariete. Cuando subía la presión sobre sus costados, crujían las cubiertas pandeándose hacia arriba, de sus entrañas salía el quejido de los maderos que se cuarteaban y todo el navío se estremecía y palpitaba como la cuerda de un arco descomunal. Pero siempre lograba escurrirse de las garras de la muerte e iba dejando atrás una estela de hielo turbulento.
El 5 de septiembre de 1908, después de casi un mes de lucha, llegaron al margen del mar Polar donde encontraron una ruta, un parche de agua clara, por donde podrían seguir hasta el cabo Sheridan, donde fijarían sus cuarteles de invierno.
La larga noche polar descendía ya sobre ellos: el tiempo temido por la mayoría de los exploradores, cuando flaquean los nervios bajo la presión de las de las tinieblas y la inactividad.
Mas no para los expedicionarios que mandaba Peary. Para ellos la noche ártica fue un período de intensa actividad durante el cual se construyeron y se repararon equipos y se ensayaron en viajes de prueba. En esta clase de operaciones era Henson el alma del campamento. Él mismo fabricó los trineos, sin un solo clavo o tornillo, sujetándolos únicamente con correas de piel de foca para darles elasticidad. Bajo su dirección las mujeres esquimales hicieron los trajes de los hombres: los kamiks o botas de piel de foca con un nido de hierba en el fondo: los pantalones de piel de oso; la kuletah o camisa de piel de reno confeccionada con mangas tan amplias que se pueden sacar los brazos para calentaros junto al estómago y, finalmente, la capucha de piel de oso.
Igualmente importantes eran los lugares de refugio en el camino y para esto Henson y los esquimales enseñaron a los bisoños el arte de fabricar iglús de nieve. Finalmente... el arte de manejar los perros. MacMillan escribió de Henson lo siguiente: “Sin lenguaje soez ni brutalidad alguna, con un pequeño movimiento del antebrazo y la muñeca, pilotaba su enfadoso convoy sobre el escarpado hielo con más rapidez y menos accidentes que los demás”.
De Henson aprendieron los noveles expedicionarios no sólo los métodos de viajar con comodidad sino también los inflexibles requisitos para la supervivencia. “Todos los días hay que examinar los vestidos a ver si tienen agujeritos o rasgaduras”, les decía. “Un pequeño rasgón puede ser causa de que se le hiele a uno un pedazo de carne antes de sentir el frío”.
En los meses de noche polar les enseñó todo lo que sabía. Pasaron noviembre, diciembre y enero. MacMillan y Ross Marvin, profesor de la Universidad de Yale, hicieron observaciones, sobre aguajes y mareas; Henson guiaba las partidas de caza; el capitán Bob Bartlett tenía cuidado del barco: el Dr. J.W. Goodsell trataba las lesiones producidas por el frío, los males de estómago y el piblokto, y George Borup, recién graduado de la Universidad de Yale, metía las narices en todas partes y hacía de todo.
Entre tanto, Peary se pasaba las horas en su camarote consultando mapas y comprobando sus métodos una y otra vez. No podría establecer depósitos de víveres en la ruta porque el mar Polar derivaba continuamente hacia el este; ni tampoco podía un hombre con sus perros transportar los alimentos necesarios para mantenerse durante una marcha de 1300 kilómetros. Llevar más hombres sería tan sólo aumentar las bocas que alimentar. Aquello parecía un círculo vicioso, pero Peary creía tener ya resuelto el problema.
En enero convocó a sus hombres para explicarles detalladamente su plan. Cada uno de los expedicionarios se pondría al frente de una pequeña partida de tres esquimales y de uno a cuatro trineos. Aunque cada uno de estos destacamentos debería bastarse a sí mismo en lo tocante a víveres, armas y herramientas, llevaría también alimentos de reserva suficientes para avituallar a las otras partidas durante cinco días. En las primeras cinco marchas todos comerían de lo que llevara una de las partidas. A medida que se fueran consumiendo los víveres, las partidas irían regresando hasta que quedara solamente la de Peary, a cercana distancia del polo y con sus víveres intactos.
Tomadas estas disposiciones y preparados ya los esquimales, la expedición se trasladó a un promontorio situado a unos 120 kilómetros al noroeste del punto donde quedaba el Roosevelt. El 27 de febrero por la tarde, Peary convocó a su gente para las últimas instrucciones. Saldrían al amanecer.
Esa noche hubo gran entusiasmo en el campamento. Bajo la dirección de Borup los jóvenes exploradores entonaron canciones universitarias. Henson veía cómo se conmovían aquellos hombres con la nostálgica dulzura de los coros; mas no pudiendo participar de sus emociones ni de sus recuerdos, salió calladamente del iglú y se dirigió a su lecho. Al pasar junto al iglú de Peary vio que aún había luz dentro y hubiera podido adivinar lo que allí pasaba.
Peary estaba desnudo de la cintura para arriba con un harapo de seda en las manos. Era una bandera norteamericana hecha por su esposa años antes. La había llevado consigo en todas sus expediciones árticas y había ido cortando y dejando pedazos de ella bajo las rocas al término de cada viaje. La bandera tenía ya más de una docena de parches y él se la envolvió tranquilamente alrededor del torso desnudo. Había jurado llevarla hasta el polo norte.

El último tramo

En la mañana siguiente Henson despertó a los esquimales al grito de “¡Aduló! ¡Aduló!” No era ésta una palabra esquimal ni de otra lengua alguna. Era apenas un término disparatado inventado por él, cuando aún no sabía el idioma. Habíase convertido en una especie de chiste entre él y sus amigos, al que respondían éstos con sonoras carcajadas.
La salida fue silenciosa: no hubo arengas ni gritos de despedida. Peary pasó revista por última vez a sus 22 hombres y 19 equipos de perros; aquellas figuras embozadas en pieles ocuparon sus puestos respectivos detrás de los trineos, hicieron chasquear los látigos y la caravana comenzó a moverse hacia el mar helado, rumbo al norte, derivando un poco al oeste para compensar el impulso oriental que seguían los témpanos flotantes. La meta, bajo la estrella polar, distancia 650 kilómetros.
Bartlett y Borup iban abriendo trocha; el grueso de la expedición seguía las huellas de sus trineos. La impresión de las cuchillas de hierro sobre la nieve compacta no se borraría en muchos meses; su huella era indispensable para que todos pudieran seguir el mismo derrotero.
El grupo principal avanzó 15 kilómetros el primer día de marcha, pero el segundo llegó hasta una laguna abierta en el hielo y hubo de esperar hasta la tarde a que se cerrase. Cuando al fin pudo pasar, el hielo del otro lado había derivado más de dos kilómetros hacia el este y con él se habían ido las huellas de los trineos de Borup y Bartlett. Fue preciso hacer una detenida exploración lateral para encontrarlas y poder seguir hacia el norte.
Viajando de noche, el grupo principal llegó a la tercera estación avanzada de Bartlett y ocupó sus inglús abandonados. Pero a poco la temperatura subió de -43 a -23, lo que significaba agua abierta, y tras un breve descanso, la expedición continuó la marcha. Al cabo de una hora alcanzó a Bartlett y sus esquimales que habían acampado a la orilla de una gran extensión de agua abierta.
Fue esta Gran Brecha la barrera que se interpuso entre ellos y la capa de hielo flotante que cabalga sobre el polo norte. Tenía casi 400 metros de ancho y se extendía de este a oeste hasta perderse de vista. El agua era negra y turbulenta. Caer allí equivalía a salir de este mundo.
Bartlett los recibió con este triste saludo:
—Hace 24 horas que estoy aquí.
—Era de esperarse esta dilación en la Gran Brecha —asintió Peary.
—Pero nunca se va a helar ... con este tiempo.
—Ya se cerrará... hay que tener paciencia.
Aguardaron al día siguiente, y el siguiente y el siguiente. Los esquimales comenzaban a desalentarse. Al cuarto día, Henson consultó el caso con MacMillan quien después de pensarlo un momento le dijo:
—¿No tienen ellos competiciones atléticas?
—Sí, suelen pulsear y también luchar.
—¡Magnífico! Les inventaremos también contiendas de tiro de cuerda, carreras, salto, levantamiento de pesas, en fin, haremos nuestras propias olimpiadas árticas. ¡Diles que habrá premios para los campeones!.
El día fue magnífico. Las carreras resultaron un poco difíciles por causa de la pesada indumentaria y por el desgano de los esquimales por competir entre ellos mismos. No obstante, recibieron los premios con orgullo y, más importante que todo, se olvidaron de la brecha acuática.
El 11 de marzo descendió la temperatura a 40 grados bajo cero y se heló la Gran Brecha. Peary dio orden de levantar el campamento inmediatamente y la partida se puso en movimiento. Por entonces ya comenzaban a pagar caro el viaje hombres y perros. Aparecerían negros parches de congelación en narices y mejillas; endurecidas como el cuerno, las puntas de los dedos, se rajaban y sangraban. Como era sumamente doloroso respirar por los tiernos conductos de la nariz, todos respiraban por la boca y el vaho condensado junto a la boca helaba y entiesaba la capucha de tal modo que muchas veces se hacía imposible volver la cabeza sin mover todo el cuerpo.
La apertura de la trocha era especialmente penosa, tanto que ni un hombrazo tan robusto y tan valeroso como Bob Bartlett aguantaba mucho tiempo. MacMillan, que hizo parte de la avanzada con él en varias marchas, escribió:
“...Yo vi a un hombre tan fuerte como Bob Bartlett desesperarse y llamar a su madre como un niño, tiritando en un lecho de nieve, con las ropas interiores empapadas y el vestido hecho una masa de hielo, la cara endurecida por la escarcha, tiesos los dedos y todo el cuerpo adolorido por el ajetreo del camino”.
El 14 de marzo empezaron las bajas en la expedición. Se escogió al Dr. Goodsell que, con los perros que se hallaban en peor estado y los esquimales más fatigados, emprendió el regreso hacia la costa.
Esto ocurría de acuerdo con lo planeado, pero al día siguiente se trastornaron los planes. Se le congelaron los pies a MacMillan y no hubo más remedio que ordenar su regreso para que lo atendiera el médico.
De allí en adelante, con intervalos de cinco días, la expedición siguió reduciéndose regularmente. Primero se fue Burop. Cinco días después fue escogido Marvin. Peary, Henson y Bartleu siguieron adelante y el 28 de marzo pasaron al punto más septentrional que había alcanzado Peary anteriormente.
El primero de abril Bartlett tomó el camino de regreso. Así, por fin, Peary y Henson se vieron juntos en el umbral de un sueño acariciado durante 22 años. Quizá después en un rato de ocio, si lo hubiere, podrían señalar los incentivos que los estimulaban, pero no entonces. Entonces eran autómatas a quienes les habían dado cuerda y señalado una ruta con anticipación. Sólo eran capaces de marchar hacia el norte mientras pudieran caminar, y al no poder más se arrastrarían y cuando no pudieran seguir arrastrándose... tendrían que morir.

A un paso de la meta

Se habían propuesto llegar al polo en cinco marchas. Después de haber emprendido juntos millares de ellas, parecían bien pocas. Nada podría detenerlos ya.
A la medianoche del 2 de abril, Peary salió del campamento con su tiro de perros para romper la trocha. Con él iba Ootah, uno de los cuatro esquimales escogidos para acompañarlos. Los otros, Ooqueah, Seeglú y Eginguá, siguieron detrás con Henson. Marcharon 10 horas y avanzaron 50 kilómetros. Durmieron unas pocas horas y siguieron adelante al mismo paso... largas marchas y cortos descansos.
La mañana de 4 de abril, Peary dirigió una visual con el sextante. Operación difícil a causa del estado de sus ojos. Tanto él como Henson padecían la ceguera de las nieves y con los globos de los ojos ulcerados era una tortura quitarse los anteojos ahumados para mirar a simple vista el instrumento. Tras largo y cuidadoso estudio y muchos cálculos con papel y lápiz, Peary dijo:
—Estamos a 89 grados.
¡Solamente a un grado del polo! Su meta distaba apenas 100 kilómetros. Siguieron rumbo al norte llevando los perros al trote. Cuarenta kilómetros avanzaron ese día, 25 el siguiente. Según sus cálculos, les faltaba sólo una marcha para llegar.
Henson trotaba al lado de su trineo sintiendo crecer a cada paso su entusiasmo. El cansancio, las mordeduras del frío, el dolor de los ojos lacerados, todo se olvidaba con la emoción de cada metro que iba conquistando. Es posible que en la fiebre de esta última etapa perdiera hasta su buen sentido... de otra manera no se explica lo que aconteció entonces.
Llegó al borde de un canal de agua, helado recientemente, que estaba apenas cubierto con hielo tierno. Los perros se detuvieron como aguardando una orden. Normalmente los hubiera hecho virar al este o al oeste en busca de hielo más firme, pero no pudiendo dominar la impaciencia, juzgó que el hielo aguantaría.
—¡Huk! —gritó e hizo restallar la fusta.
A los pocos metros viose en apuros. La delgada capa de hielo comenzó a ceder. Los perros se echaban y aullaban; él no quiso retroceder.
—¡Huk! —volvió a gritar dando otro fustazo. Y a medida que avanzaba el tiro, Henson caminaba con las piernas abiertas para distribuir el peso. Oyó en seguida un ruido raspante y vio que las cuchillas del trineo iban cortando la delgada capa de hielo y dejando una estela de burbujas. Azuzó a los perros frenéticamente y se echó sobre el trineo a fin de sacarlo a hielo firme. La presión que hizo fue fatal; se rompió el hielo y el hombre cayó en el agua. Por un momento sus pieles se mantuvieron impermeables, pero a poco sintió la quemadura del agua que se le colaba en las botas. Comenzó a luchar buscando algo sólido a que agarrarse, pero la delgada costra se rompía bajo sus brazos y el quemante dolor iba ascendiendo por el cuerpo, cada vez más alto. Sintió una rabia salvaje contra el destino que lo había llevado a sólo algunos kilómetros del polo para acabar con él allí mismo.
De pronto dejó de hundirse; sintió que lo izaban y que caía sobre el hielo firme como un pez sobre la playa. Alzó los ojos y vio la cara cobriza y estólida de Ootah que aún lo tenía agarrado por detrás de la kuletah.
Sin decir palabra, el esquimal comenzó a cuidarlo solícitamente: le quitó las botas, le calentó los pies contra su propio estómago, y le sacudió el hielo de sus pantalones de piel de oso; luego sacó un par de botas secas del trineo y le ayudó a calzárselas.
Henson, que no sabía cómo demostrar su agradecimiento al amigo que le había salvado la vida, lo miró sonriendo y le dijo:
—Ootah es muy forzudo.
Ooatah frunció el entrecejo desdeñando la lisonja y le respondió:
—Ootah no es piblokto como Miy Paluk, Ootah no se mete en el hielo fresco.
A todas estas los había alcanzado el resto de la expedición y juntos prosiguieron unos cuantos kilómetros más al norte. Entonces Peary ordenó hacer alto y, sin manifestar la menor emoción, le dijo a Henson:
—Matt, aquí puede ser. Hagamos una observación.
Guiñando dolorosamente los ojos inflamados, Peary se tendió sobre una piel de oso, tomó el sextante y, poco a poco, con gran cuidado fue leyendo los grados del cuadrante y haciendo rápidos cálculos con papel y lápiz. Levantó la vista, miró a Henson y con la voz atiplada por el agotamiento, dijo:
—Ochenta y nueve grados y cincuenta y siete minutos...
El polo no era más que un concepto, un punto microscópico cubierto por un vasto mar de hielo flotante. Ningún instrumento de que hubiera podido Peary disponer hubiera sido capaz de localizarlo con toda precisión. Cualquier error que hubiese cometido sólo podía significar que si en ese momento no se hallaba precisamente encima del polo, podía muy bien encontrarse a tres o cuatro kilómetros de él en cualquier dirección.
Desde un unto de vista práctico, los expedicionarios habían llegado a su meta.
Sin decir una palabra más, Peary empacó sus instrumentos, se acostó y se quedó profundamente dormido. Henson se echó a su lado, y también se durmió al instante.
Seeglú, Eginguá, Ookeah y Ootá estaban desconcertados. ¿De modo que eso era lo que buscaban? ¿Para llegar a eso habían viajando tantas y tan penosas leguas? En aquel lugar no eran diferentes ni el mar, ni el hielo, ni el cielo, que en otros tantos sitios a 200, 400 o 600 kilómetros de distancia. ¿Sería que había algo allí que no alcanzaban a ver sus ojos de esquimales? Unos a otros se hicieron estas preguntas, y ninguno de ellos supo responder; sus instinto les decía que allí había algo que ellos nunca entenderían, Y no queriendo averiguar nada más, también se echaron a dormir.

Tan sencillo y tan trivial

Al despertar, Henson encontró a Peary sentado a su lado, erecto e inmóvil. Recordó dónde estaban y le habló en el colmo de la exaltación; éste volvió a él sus ojos inyectados y le dijo con voz cansada:
—Voy a llevarme a Eginguá y a Seeglú para hacer otras observaciones.
El hombre ya no parecía el mismo. Estaba al borde de la extenuación física; pero había algo más que eso; la llama que lo había alentado para sobreponerse a tantos trabajos y privaciones parecía apagada. Henson esperaba en él una reacción de felicidad y triunfo en ese momento en que habían llegado a la culminación de sus vidas; la ausencia de tales sentimientos le parecía inexplicable.
Se la hubiera explicado, no obstante, si hubiese visto las palabras que escribió Peary en su diario ese día inmediatamente después de despertar: “El polo al fin. El premio de tres siglos. Mi sueño y mi meta de 20 años. Mío al fin. ¡No puedo creerlo! ¡Todo me parece tan sencillo y tan trivial!”
La actitud de Peary y la de los esquimales no eran muy distintas, después de todo.
Con los dos esquimales y un doble tiro de perros, Peary emprendió marchas en varias direcciones haciendo observaciones y apuntando cada vez los resultados en su diario. Al término del día escribió: “He tomado 13 altitudes del sol o 6,5 altitudes dobles en dos distintas estaciones, en tres diferentes direcciones, en cuatro horas diferentes del día, y para contrarrestar los posibles errores en los instrumentos y observaciones, he atravesado en varias direcciones un sector de 12 al 16 kilómetros de circunferencia. En algún momento durante estas marchas he debido pasar sobre el punto donde el norte y el sur y el este y el oeste se funden en un solo punto”.
Por fin Peary se dispuso a celebrar una pequeña ceremonia, llamó a Henson y le dijo:
–Matt, haz formar a los esquimales para tomar una fotografía.
Sacó enseguida de debajo de su kooletah la bandera norteamericana llena de remiendos y empapada en sudor, que por tantos años llevara envuelta en el pecho, y del trineo sacó otras cuatro banderas y su banderola universitaria para que los esquimales las sostuvieran en alto, y ordenó a Henson:
—Clava las Estrellas y las Barras aquí, Matt.
Henson llevó la bandera a un montículo de hielo, hundió el asta en la quebradiza superficie e instruyó a los esquimales para que dieran con él tres gritos. Con esto quedó concluida la ceremonia, pasó el momento del triunfo y los expedicionarios tomaron el único rumbo que les era posible tomar... el del sur.
Todo, a excepción de alimentos, combustibles y herramientas, quedaría abandonado: la trocha estaba abierta, los igús los esperaban. Pero tendrían que hacer dobles marchas en todo el trayecto de 650 kilómetros. Esto es: por la mañana recorrerían la distancia previamente recorrida en un día de viaje al norte y después del almuerzo harían otra jornada igual. Si dejaban de cumplir tan fatigante itinerario, aunque fuera por una sola marcha, se expondrían al peligro de encontrar brechas de agua que les harían inaccesible la tierra firme.
Peary abrió la marcha solo a pie, mas a la hora de camino trastabilló y estuvo a punto de caer; se irguió y haciendo un supremo esfuerzo siguió adelante, pero a poco volvió a tambalearse. Henson corrió en su auxilio; lo levantó y lo mantuvo erguido. Por el rostro de su comandante, ennegrecido y apergaminado por el hielo y el sol rodaban las lágrimas que al helarse dejaban de correr; el dolor que sentía en los ojos, casi ciegos, era insoportable.
Sus compañeros llevaron un trineo, colocaron en él a Peary y lo cubrieron con pieles. De esta manera viajó hacia el sur, aunque no sin protesta. Todas las mañanas salía muy temprano del campamento y comenzaba a caminar adelante, mas cuando los trineos lo alcanzaban ya había gastado sus escasas reservas de energía y se dejaba llevar de ellos.
Los azotó la tormenta; el sol se hacía más cegador cada día: su principal zozobra, no obstante, era la Gran Brecha: si la encontraban abierta estaban perdidos. Ese temor los acicateaba y los hacía andar y andar cumpliendo el itinerario que se habían impuesto. El 18 de abril los perros estaban casi exánimes y al fin tuvieron que concederles algún descanso. Ya se divisaban al frente nubes formadas sobre la tierra. La Gran Brecha estaba cerca.
El 20 de abril Peary cayó enfermo. Tenía fiebre, le dolía la garganta y no podía conciliar el sueño. Sin embargo, permitió que se detuvieran. Al día siguiente llegaron al borde de la Gran Brecha. ¡Estaba helada! Pasaron sobre el hielo y dos días después pusieron las plantas sobre la tierra bendita.

En memoria de Mattew Henson

El Rooselvet zarpó rumbo al sur el 18 de julio y arribó a Etah, en Groenlandia, sin contratiempo. Hubo momentos de gozo cuando las tribus esquimales dieron la bienvenida a los héroes de su propia raza que también habían ido al polo. Pero en medio de la alegre reunión se supieron noticias alarmantes por boca de Harry Whitney, deportista que había pasado el invierno cazando en esas latitudes. Díjoles Whitney que, poco después de la salida de Rooselvet hacia el norte el pasado otoño, el Dr. Frederick Cook había pasado por Etah, procedente del norte, dando a entender que había llegado al polo.
Los expedicionarios, pasmados, no lo creyeron. Cook era el médico que había acompañado a Peary en su primera expedición a Groenlandia. Los dos se habían cruzado en su camino en varias ocasiones desde entonces, no siempre amistosamente. En 1906 Cook había anunciado su ascensión al monte McKinley por la formidable cresta nordeste, pero no presentó pruebas satisfactorias de esa hazaña.
¿Habría efectuado en realidad el viaje al polo norte? Whitney sólo podía dar pocos detalles. Alegaba Cook que había llegado al polo partiendo del cabo Tomás Hubbard desde donde había efectuado el viaje de ida y vuelta en compañía de sólo dos esquimales. Peary hizo notar inmediatamente que esa ruta era 800 kilómetros más larga que la que él había tomado. Sin embargo, pretendía haberla recorrido sin auxilio alguno y llevando provisiones y elementos en sólo dos trineos. La experiencia de toda una vida le decía que eso era imposible.
Los expedicionarios descartaron aquel cuento como uno de tantos rumores de la región ártica, y como tal quedó confirmado poco después, cuando Henson interrogó a los dos esquimales que habían acompañado a Cook, en presencia de Peary y MacMillan. Ellos dijeron haber hecho sólo una marcha adentro del mar Polar, en donde se quedaron dos noches y regresaron después. Según uno de ellos siempre habían tenido tierra a la vista, siempre.
Aun en su avance más septentrional, Cook había estado por lo menos a 800 kilómetros al sur del polo, según los cálculos de Peary y sus compañeros. Suspiraron con alivio. Whitney debió de entender mal a Cook; no era posible que hubiese intentado un engaño tan burdo.
Pero se equivocaban. Cook insistió en su pretensión. En efecto, cuando el Rooselvet todavía navegaba hacia su puerto de origen, el médico llegaba a Dinamarca y era recibido por el Rey y condecorado con una medalla de oro por la Real Sociedad Geográfica Danesa.
Peary no se inmutó, permaneció altivo y desdeñoso, pero juzgó erradamente el sentimiento popular. En verdad, había perdido el favor del público en los pasados 22 años de continuos intentos y fracasos. En cambio, Cook era una cara nueva; no tenía equipos llamativos, ni patrullas auxiliares, ni capitalistas que apoyaran su expedición. La gente deseaba creer que era él quien había descubierto el polo. Para el público, Peary era el mentiroso.
La vuelta de Cook a los Estados Unidos fue triunfal, en tanto que Peary y su puñado de héroes sufrían los vejámenes más despiadados. La injusticia llegó al colmo el 2 de octubre de 1909, cuando el Rooselvet tomó parte en la celebración del viaje de Robert Fulton por el río Hudson en su Clermont. Ese día Peary y sus compañeros al surcar el río a bordo de su barco fueron recibidos con una rechifla popular. Cook envió las “pruebas documentales” de su descubrimiento a la Universidad de Copenhague. El 19 de enero de 1910, la universidad anunció... “los documentos no dan prueba alguna de que el Dr. Cook haya llegado al polo norte” Privadamente, los miembros de la comisión investigadora fueron más francos. El Dr. Knud Rasmussen, que originalmente había apoyado a Cook, dijo: “Eso fue un escándalo... los papeles enviados a Copenhague son desvergonzados”.
Cook, prudentemente, fue a vivir a la América del Sur y desde entonces cambió la suerte de Peary. En todas partes fue aceptada su bien documentada reclamación y al cabo de diez años se retiró de la armada norteamericana con los honores de contralmirante, tan bien merecidos. Cuando murió, a la edad de 63 años en 1920, había conquistado su seguro puesto en la historia: el primer hombre que llegó al polo norte.
No sucedió lo mismo con Mattehw Henson. Tras de desembarcar en Nueva York volvió al lado de su esposa Lucy y más tarde consiguió un modesto empleo en las aduanas. Aunque todos sus compañeros lo calificaron de “el hombre indispensable” de la expedición, esas alabanzas recibieron poca atención. En efecto, durante la polémica suscitada por Cook, Peary se hizo acreedor a severas críticas por haber llevado consigo a un hombre carente de toda preparación científica. Los críticos pasaron por alto los conocimientos prácticos del negro en el arte de la supervivencia. Sin la ayuda de Henson y los esquimales que lo acompañaron al polo, Peary nunca habría podido llegar allá.
Después de la muerte de Peary, el gran defensor de Henson fue Donald MacMillan quien logró hacer reconocer en algo los méritos del negro, ya de avanzada edad. Lo hicieron socio de varios clubs; le concedieron la Medalla de la Marina y lo honraron con sus saludos los presidentes Truman y Eisenhower. El último tributo se le rindió en 1961 con una placa de bronce colocada en su honor en el capitolio de Maryland, tributo que no alcanzó a disfrutar en vida, pues murió el 9 de marzo de 1955, a los 88 años de edad.
No obstante, la memoria de Matthew Henson perdura entre los esquimales, que se transmiten de generación en generación la leyenda de Miy Paluk. El cazador que tuvo la fortuna de conocerlo personalmente se siente orgulloso y cuenta a los demás como solía conducirlos en las grandes expediciones de caza, cómo solía despertarlos y hacerlos salir de sus iglús con aquel grito suyo “Aduló, aduló”... y todavía ríen al recordarlo.
La exótica palabra forma hoy parte del vocabulario esquimal... No tiene significado específico, pero como los esquimales todavía ríen y cobran ánimo al oírla, ha llegado a ser entre ellos una expresión que sirve para dar ánimo e infundir calor. Así es como la memoria de Matthew Henson se conserva hoy todavía viva entre el pueblo que él tanto amó.

 


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