Era
huérfano, aprendiz de todo y maestro de nada, criado fiel de un
hombre célebre que por mucho tiempo lo tuvo en menos a causa de su
humilde origen. Pero cuando se precisaron hombres de valor y
resistencia a toda prueba para llevar a cabo una de las grandes
proezas del siglo XX, Matthew Henson colmó la medida. En tanto que
otros desfallecieron, el negro Henson y el almirante Robert Peary
efectuaron su primer viaje que registra la historia hasta el polo
norte.
Esta es la interesantísima narración de aquella aventura y la reseña
de la vida de un hombre que, venciendo obstáculos al parecer
invencibles, llegó a convertirse en héroe legendario de las regiones
árticas.
Bien
afianzado en la cubierta del pequeño bergantín Kite, Matthew Henson
se embelesaba viendo que la proa, como un ariete, iba abriéndose
paso metódicamente a través del mar cubierto de hielo. El barco
rompía una grieta y retrocedía luego para volver a embestir a toda
máquina y ensancharla un poco, meciéndose con violentos bamboleos
que hacían chasquear el aparejo como un látigo al aire.
Al rato se le acercó un hombre más alto que él y después de mirarlo
con curiosidad le preguntó:
—¿Cómo te va, Matt?
Henson no le respondió inmediatamente. Sabía lo que aquella pregunta
entrañaba. Él era negro. El único negro que el teniente Robert Peary
eligiera para acompañarlo en su primera expedición al polo. Y ahora,
Peary, de pie junto a él en la turbulenta cubierta de Kite, dudaba a
todas luces de que pudiera él ser útil en las regiones árticas.
—Ahora veo que el Norte se le mete a uno muy adentro —respondió
Henson al fin—. Y a mí me ha agarrado de tal modo que no quisiera
volver a salir de aquí.
Peary no dijo más. Dio la vuelta y se fue a la popa a contemplar su
barco desde allá. Henson no quitaba los ojos de los témpanos de
hielo que tenía delante, cuando de pronto un golpe sordo hizo
estremecer la embarcación que viró violentamente a babor.
Henson volvió la cabeza y vio al timonel que corría en ayuda de un
hombre que se retorcía tendido sobre la cubierta. Voló él también a
ver lo que pasaba. Se trataba de Peary.
El timón había rebotado sobre un gran témpano de hielo con tanta
fuerza, que el golpe arrancó la rueda de las manos de los dos
hombres que lo empuñaban. Como una enorme guadaña, el pesado vástago
había barrido la cubierta de popa donde estaba Peary cortándole los
dos huesos de la pierna derecha por encima del tobillo.
Henson y tres hombres más lo llevaron a cuestas hasta la cámara. Tan
pronto como le encasaron los huesos de la pierna, todos a bordo
convinieron en que la expedición tendría que regresar. Pero cuando
el cirujano Frederick Cook se adelantó a ofrecer su opinión, Peary
lo interrumpió:
—¿Cuánto tardaré en poder caminar con esta pierna?
—Cuatro o cinco meses, quizá… todo depende.
—Para entonces, ya estaré listo a emprender la marcha de primavera
sobre la capa de hielo —dijo Peary—. Y dentro de algunas semanas
haré que Henson me fabrique un par de muletas.
—¿Se propone usted marchar sobre el hielo… en muletas? —le preguntó
Cook incrédulamente.
—Doctor —díjole Peary con firmeza—: se ha gastado mucho dinero en
esta expedición y, por mal que ande, no voy a volverme atrás.
Henson, que esperaba en un rincón del camarote, sintió una ola de
orgullo. Se daba cuenta de que el hombre a quien había brindado su
lealtad la merecía plenamente.
En los años por venir esa lealtad iba a ser templada y fortalecida
por la soledad, el sufrimiento, el hambre y los fracasos que
sufrieron juntos, más muertos que vivos en el polo norte, donde
compartieron la triunfante culminación de su fabulosa aventura.
“Nadie sabe lo que hay allá”
Los dos
hombres se habían conocido casi accidentalmente. En la primavera de
1887, cuando Peary equipaba una expedición a Centroamérica, el dueño
de una sombrerería le presentó a Henson, que trabajaba allí; y el
explorador, después de medir con la vista al negrito, le hizo de
buenas a primeras esta oferta con su brusquedad característica.
—Voy a
Nicaragua —le dijo— a ver las posibilidades de un canal de
navegación entre el Atlántico y el Pacífico. Necesito un chico de
responsabilidad que me sirva como criado personal. El territorio es
selvático, el clima pésimo, el trabajo pesado. Tu patrón te ha
recomendado. ¿Quieres el empleo?
Henson aceptó en el acto y desde entonces, por espacio de siete
meses, ambos habían luchado contra las plagas de insectos, vadeado
pantanos con el agua a la cintura y dormido en las orillas de ríos
tropicales, muy cerca de las horribles jetas de los caimanes. Henson
aprendió muy pronto nuevas habilidades y llegó a ser el asistente
personal de Peary en sus trabajos topográficos. No obstante,
solamente al verse de nuevo a bordo y ya casi de regreso en su casa,
fue cuando Peary tuvo algunas palabras de aprecio para su fiel
servidor. En ese último día, antes de llegar al puerto, lo llamó a
su camarote y le dijo:
—Matt: te portaste muy bien en Nicaragua—. Se quedó un buen rato en
silencio y cuando volvió a hablar parecía que lo hiciera consigo
mismo—: Es sorprendente que estando ya casi en el siglo XX existan
todavía miles de kilómetros cuadrados de este planeta que el hombre
no haya visto aún. Nadie ha llegado todavía a más allá de mil
kilómetros del polo norte. Matt, voy a organizar una expedición al
norte de Groenlandia. Nadie sabe lo que hay allá; puede que se
extienda hasta el polo. ¿Quieres venir conmigo?
Henson vaciló.
—Antes de responderme —continuó Peary— consideremos el hecho de que
eres hijo del ecuador. En los trópicos lo hiciste muy bien, pero el
Norte podría ser fatal para ti.
Si la intención de sus palabras hubiera sido de incitación o
estímulo, Peary consiguió con ellas su propósito.
—Me voy con usted —le respondió el otro— y creo que soportaré la
prueba tan bien como cualquier otro.
Durante tres años, mientras Peary se ocupaba en allegar fondos,
entrevistar presuntos exploradores y hacer los planes para la
expedición, Henson volvió a ocupar una posición que escasamente era
superior a la de un sirviente. Pero desde aquel día de junio de 1891
en que el Kite zarpó del muelle de Brooklyn en Nueva York, se
convirtió una vez más en el hombre indispensable, en el factótum, a
la vez carpintero, latonero, remendón, calafate y cocinero de la
expedición. Cuando el barco se acercaba a su destino, el golfo de
Inglefield, en la desolada costa noroeste de Groenlandia, Henson
estaba satisfecho de haberse desempeñado eficazmente a bordo, pero
algo le venía preocupando pese a su aire de confianza. No estaba muy
seguro de que un hombre de su raza pudiera resistir los rigores del
Norte.
Hermano de los esquimales
El golfo
de Inglefield hallábase obstruido por una gran extensión de témpanos
flotantes. Pero un poco más al norte estaba la bahía de McCormick,
pequeña ensenada al pie de una peña cubierta de líquenes. Reclinado
en la cubierta, con la pierna entablillada, Peary estudiaba el
litoral y decidía que en ese lugar debía fijar la expedición sus
cuarteles de invierno.
Lo primero fue bajar a tierra las provisiones de boca, las armas, el
equipo y por último el maderamen para la casa que debía servirles de
abrigo. Todo estaba previamente cortado y no había más que armarlo y
clavarlo en su lugar, tarea a que se entregaron el Dr. Cook y otros
miembros de la expedición: el ornitólogo Langdon Gibson, Eivind
Astrup, un campeón de esquí noruego, John Verhoeff, mineralogista, y
Matt Henson, el hombre que hacía de todo. Finalmente, atado a un
tablón y cargado por Henson y tres marineros, bajaron a Peary.
La construcción, que llamaron Red Cliff House, estaba hecha de dos
capas aisladas y medía interiormente 6.5 x 3.5; pero la tercera
parte quedó encerrada por un tabique para formar un cuarto que
ocupaban Peary y su joven esposa, Josephine, a quien él había
llevado consigo, muy a disgusto de los otros miembros de la
expedición. Por la parte de afuera y alrededor de la casa habían
levantado una muralla de cajas de provisiones que medía metro y
medio de altura y estaba techada con lonas. Cuando cayeran las
nieves del invierno y lo cubrieran todo sería posible salir de la
casa a un túnel formado de cajas llenas de alimentos y combustible.
Mientras Peary rabiaba y se impacientaba con su cojera, el resto de
los expedicionarios salían a explorar los alrededores del
campamento, recogían especímenes de flores y rocas, cazaban renos,
zorros y liebres de las regiones árticas. A poco regresaron Gibson y
Verhoeff con una masa gelatinosa de carne de ballena y grasa. La
habían encontrado en un escondrijo cercano, lo cual era indicio de
que había esquimales en la región.
El Dr. Cook, que era también etnólogo, inmediatamente pidió permiso
para salir a buscarlos. Seis días después regresaba con una amistosa
familia de esquimales que traían consigo todos sus bienes
temporales, dispuestos a invernar cerca de Red Cliff House.
Tan pronto como llegaron, el esquimal Ikwah y su mujer se acercaron
a Josephine Peary, que era la primera mujer blanca que veían; los
primeros hombres blancos habían sido los que los llevaron en el
bote.
Dieron pausadas vueltas en su rededor, mirándola con sus ojillos
negros que brillaban con picaresca alegría tratando de ocultar la
risa. Señalaban con el dedo el alto peinado y el elegante sombrero
que coronaba la cabeza de la dama, las amplias mangas de pernil del
vestido, el ajustado corpiño que le ceñía el busto y el alto
promontorio del polisón que se inflaba como un globo por detrás. Eso
ya fue mucho para ellos y soltaron el trapo a reír; rodaron por el
suelo, dábanse palmadas en las caderas y abrían tamaña boca para no
ahogarse de hilaridad.
Poco a poco fueron recobrándose, volvieron a mirar al objeto de su
regocijo y sufrieron un nuevo ataque de risa. Para ellos esta dama
alta e imponente, personificación de la cultura y el buen gusto del
siglo XIX, era el mamarracho más ridículo que habían visto en su
vida. La señora Peary lo soportó todo con serenidad, su esposo con
estirada dignidad.
Después de haberse reído a más no poder, Ikwah y su mujer alcanzaron
a ver a Henson parado en un rincón y al punto se le acercaron
parloteando acaloradamente; esta vez no reían, apenas sonreían y
hacían gestos que nadie sabía interpretar. Por fin Ikwah tomó a
Henson del brazo, le levantó la manga de la camisa y colocó el brazo
del negro junto al suyo. No había gran diferencia entre el color de
sus pieles.
—Innuit…Innuit! —exclamó entonces el esquimal, sin dejar de sonreír.
Ikwah pertenecía a la tribu de la bahía de Smith cuyos individuos se
llamaban a sí mismos “innuit”. Y como claramente se veía que Henson
no era kabluna (hombre blanco), tenía que ser esquimal.
Cuando Henson entendió al fin lo que Ikwah le quería decir, rió de
buena gana y abrazó efusivamente al pequeño esquimal… Y con aquel
abrazo comenzó la leyenda de “Miy Paluk”, nombre que los esquimales
dieron a Henson para llamarlo su hermano.
El primer intento
No tardó
en conocerse en el interior la nueva del campamento de los blancos,
y otras familias de esquimales llegaron a construir sus iglús en las
cercanías de Red Cliff House.
Los de la tribu de innuit parecían haber salido de la edad de
piedra. No tenían gobierno, ni religión, ni dinero o patrón de
valores alguno, ni lenguaje escrito, ni propiedades fuera de sus
perros y sus armas. Se alimentaban de carne, sangre y grasa de
ballena y vestían con pieles de animales. No conocían los celos ni
las bebidas embriagantes, ni las enfermedades infecciosas, ni había
entre ellos asesinatos, policía, juzgados, soldados o guerras. Era
un pueblo sencillo y feliz, listo, inteligente e ingenioso.
Desde el principio adquirió Peary gran reputación de honradez en sus
tratos con esquimales. Pagábales sus servicios de caza y hechura de
vestidos con alimentos, cuchillos, agujas, hilo, armas y municiones.
Los innuits lo llamaban Pearyaksoa, que quiere decir Gran Peary.
Pero el que atraía todo su interés era Henson, hombre más parecido a
ellos y a quien Ikwah y su amigo Ahnalka se propusieron enseñarle la
lengua esquimal, una de las más difíciles del mundo. (Ha habido
misioneros que han vivido 40 años entre los esquimales sin llegar a
dominarla). Irónicamente, Henson, el menos instruido de los
expedicionarios, fue el que aprendió mejor tan extraña lengua.
A pesar de que Red Cliff House se hallaba en un país salvaje, más de
mil kilómetros al norte del círculo polar ártico, la señora Peary se
propuso convertir el campamento en un puesto avanzado de
civilización. Los hombres no podían presentarse a comer sin estar
bien afeitados, debían tener cuidado con las vulgaridades en la
conversación y portarse en toda forma como caballeros. Su actitud
era la de los ingleses de las colonias que no perdonaban su té a las
cuatro de la tarde y siempre se vestían de etiqueta para la comida a
las ocho.
Pero no había parado mientes en los naturales. Una semana después de
que Ikwah y su familia se establecieron en la vecindad de Red Cliff
House, el esquimal examinó detenidamente a la señora y propuso a
Peary cambiársela por la suya por una noche, gesto muy común de
amistad entre los esquimales.
Ikwah quedó sorprendido y ofendido cuando Peary rehusó la propuesta.
Trabajillo le costó a éste y a Henson hacerle entender que no habían
querido desairarlo; sencillamente los blancos no tenían la costumbre
de hacer cambalaches con sus mujeres. El esquimal no salía de su
asombro al oír cosas para él tan extrañas.
Cuando ya se aproximaba la noche ártica, Peary envió a sus hombres a
hacer ejercicios de trineo y a depositar alimentos en escondrijos
cavados en el gran techo de nieve helada que cubría la mayor parte
de Groenlandia. Ikwah y Ahnalka se constituyeron en maestros y
tutores de Henson para instruirlo en el más importante de los
conocimientos indispensables para vivir en el Norte: el
amaestramiento de los perros esquimales. Estos magníficos animales
pueden realizar un trabajo extraordinario con poco alimento. Peary
tendría que depender de ellos en sus viajes por las regiones
heladas, pero el arte de manejarlos es en extremo difícil.
El trabajo comienza al enjaezarlos, para lo cual hay que agarrar al
perro y meterlo en el arnés a la fuerza.
“Se toma un trozo de carne en una mano y el jaez en la otra”,
escribió Henson, “y cuando el gozque que uno anda persiguiendo se
acerca a oliscar la carne, se deja caer ésta y entonces uno lo
agarra por donde Dios lo ayude… de una oreja, de una pata o del
pelo, y hace lo posible por apretarle el gañote. Tras de lamerse uno
los mordiscos y chuparse la sangre, se ata a ese perro a un palo y
se comienza a buscar otro. Es sólo cuestión de tiempo… hasta uno
forma su tiro”.
Pero eso es apenas el comienzo. Los esquimales uncen sus tiros de
perros en forma de abanico, y cuando ocho o doce animales comienzan
a tirar, cada cual por su lado, la situación puede ponerse muy
apurada. Para imponer el orden se valen de un látigo de casi diez
metros de largo.
Ikwah y Ahnalka salían con Henson a la trocha todos los días. La
primera intentona de Matt fue infructuosa. El negro ocupó su puesto
detrás del trineo y tomó la fusta en la mano. Gritó “Huk…huk” y
esperó a que los animales obedecieran. Chasqueó el látigo e hizo
caer una llovizna de nieve sobre los perros. Hizo un segundo intento
y los animales batieron la cola y se sentaron sobre los cuartos
traseros a observar su furiosa conducta. Volvió a restallar la fusta
y le dio a Ikwah con ella. Otro intento, con tan mala suerte que se
envolvió el látigo en sus propias piernas y cayó al suelo. Ikwah y
Ahnalka también rodaron con él en la nieve… muertos de risa.
No obstante, en el espacio de un mes, Henson ya dirigía su tiro solo
y hacia el final del invierno lo hacía casi tan bien como sus
maestros y mucho mejor que Peary o cualquier otro de sus compañeros
de expedición.
Pero no iba a formar parte de la primera expedición. Peary
consideraba que para el buen éxito de su marcha de 200 kilómetros (a
la costa nordeste de Groenlandia), únicamente un hombre debía
acompañarlo, y con tal objeto escogió a Astrup, el noruego campeón
de esquí.
Cuando el explorador hizo este anuncio Henson se dio cuenta del
deseo incontenible que tenía de ir. Durante los meses de invierno,
mientras se adiestraba en el manejo de los perros de tiro, pensaba
que hacía todo aquello por entretenimiento y ejercicio, pero ahora,
en la amargura de su decepción, sabía que lo había hecho por
conquistarse un puesto en la expedición.
No obstante, tuvo la satisfacción de conducir el trineo en que iban
Peary y sus provisiones hasta el puesto avanzado llamado Campamento
Cache. Pero de allí en adelante Peary y Astrup, acompañados por otro
grupo, siguieron otros 180 kilómetros al Campamento Separación.
Desde allí todos, excepto Peary y Astrup, emprendieron la marcha de
regreso.
Los meses de verano que siguieron fueron de desengaños para Henson.
Mientras los otros cazaban él se quedaba ayudando a la señora Peary,
que no era cazadora, y que poco gustaba de la compañía de hombres
vulgares en que la había dejado su esposo. Para no aburrirse, la
señora hacía lo que hacen otras mujeres en las mismas
circunstancias: arreglaba la casa. Henson la ayudaba. Entre ambos
sacaban las alfombras para sacudirlas, lavaban toda la vajilla y
cuando terminaban las tareas… comenzaban nuevamente.
Aunque Josephine Peary era demasiado orgullosa para expresar la
preocupación que la dominaba, Henson la presentía. Solamente a su
diario le confió ella la pena de estar casada con un hombre que no
podía dedicarle más que una pequeña parte de su vida.
En el mes de julio escribió: “He vivido cinco días de mortal
incertidumbre. Los esquimales me consuelan hablando de la muerte de
mi esposo”.
Henson miraba por ella con creciente preocupación. La última
recomendación de Peary había sido que la cuidara, pero aparte de
mostrarse él mismo confiado y alegre, no sabía cómo animarla. Ella
le correspondía con gratitud, haciendo caso omiso de los esquimales
cuando aseguraban que Kokoyah, el demonio de los hielos, se había
engullido a Peary.
Ayudada por Henson estableció un campamento avanzado en la cima de
la bahía para ser ella la primera en dar la bienvenida a su esposo.
El 24 de julio, procedente de su base de invierno en el sur, arribó
el Kite listo para llevar al grupo de exploradores de nuevo a
tierra. La señora Peary no quiso alojarse en él y sólo consintió en
subir a bordo cuando se convino enviar una partida de rescate en
busca de su marido y de su compañero.
El 3 de agosto emprendió la partida su viaje sobre el hielo, y el 4
alcanzaron a ver a lo lejos dos figuritas oscuras y tambaleantes
descendiendo por un ventisquero.
Traían las caras barbadas grises y macilentas, las botas hechas
jirones; los perros que aún les quedaban venían con las patas
laceradas, incapaces de arrastrase a sí mismos, mucho menos los
trineos. Pero en los ojos de Peary, inyectados por la ceguera de las
nieves, ardía la fiebre del triunfo.
Había recorrido 1900 kilómetros para descubrir un mar en la costa
nordeste de Groenlandia, que llamó bahía Independencia. Esto le
hacía sospechar que la gran masa de tierra fuera una isla, y su meta
era demostrar que así era.
Cuando subió a bordo del Kite abrazó efusivamente a su esposa y
habló con el desvarío que da el extremo cansancio.
—¡El año entrante lo probaremos! El año entrante exploraremos la
costa oriental. Esta tierra puede ser una península, el camino real
al polo norte. El año entrante arrancaremos ese secreto del seno de
las rocas…
Josephine abrazaba a su esposo reclinando la cabeza contra su pecho.
¡Cuánto había rezado porque volviera curado del hechizo del Norte! Y
en cambio, venía más hechizado que nunca.
Henson la miraba, comprendía su pena y compadecía. No obstante, se
sentía sobrecogido de una gran emoción. Iban a volver. Él también
volvería a cazar y a reír con sus amigos esquimales. Quizá en este
viaje le tocaría acompañar a Peary.
Una hija y un hijo
Cuando
el Kite llegó al puerto de origen, los miembros de la expedición
fueron recibidos como héroes.
Con todo, como el respaldo financiero para un segundo viaje tardaba
en llegar, Peary resolvió allegar fondos por medio de una gira de
conferencias.
Con la ayuda de Henson puso en escena una representación que alcanzó
un éxito formidable. Se abría el telón y aparecía un villorrio
esquimal con sus tupiks (tiendas), trineos, armas y muchas pieles.
Como nadie había visto semejantes cosas, del público salía un
murmullo de admiración. En seguida se presentaba Peary vestido con
pieles de la región ártica. Era alto, bien parecido, dominante,
exactamente igual a lo que el público se figuraba que debía ser un
explorador. El acto culminaba con el exótico grito “¡Huk…huk…huk!”
que se oía entre bastidores, seguido del chasquido de una fusta.
Entraban entonces en escena seis soberbios perros conducidos por
Henson con su vestido completo de esquimal. Invariablemente era
recibido con un grito de admiración seguido de espontáneos aplausos.
Henson había amaestrado sus perros de tal manera que, después de su
ruidosa entrada, todos se sentaban quietecitos sobre los cuartos
traseros mientras Peary proseguía su disertación. Sin embargo, cada
vez que el conferenciante se excedía del tiempo fijado, perdían la
paciencia y comenzaban a aullar en coro, poniendo así término a la
función en medio de las risas del público.
En 103 días Peary y Henson dieron 165 funciones. El dinero
recaudado, sumado a otros recogidos como donaciones particulares,
fue suficiente para poner la expedición en marcha. Se fletó un nuevo
barco, el Falcón, y el 23 de junio de 1893 se hizo a la mar.
Más tarde Peary escribía: “Me dejé llevar del entusiasmo y cometí el
disparate de llevar demasiada gente”.
Al expresarse así, no se había quedado corto. No era solamente
demasiada gente —doce hombres, una enfermera y la señora Peary— sino
que era gente incompetente, por falta de preparación y por
temperamento, para desempeñar las tareas que se les encomendaron.
Todavía más… la señora Peary ¡estaba embarazada!
La expedición se instaló en la bahía Bowdoin, precisamente al sur de
su primer campamento, en una casa nueva y más amplia que llamaron
Anniversary Lodge. En un rincón cerrado con tabique la señora Peary
dio a luz el 12 de septiembre una niña que pesó al nacer cuatro
kilos. Le pusieron Marie, y por sobrenombre Ahnighito (criatura de
las Nieves). Los esquimales venían de muchas leguas a la redonda a
admirar a esa criaturita blanca y a tocarla con sus dedos color de
bronce.
Fuera de la feliz llegada de Marie, ninguna otra cosa salió bien.
Peary había llevado al norte una partida de burros, esperando
utilizarlos como refuerzo de los perros, pero uno a uno fueron
enfermando y muriendo. Una ola gigantesca destrozó casi todos los
barriles de aceite que habían llevado para combustible en el
invierno.
Con la llegada de la primavera persistió la mala suerte. Peary salió
con ocho hombres pero las lesiones producidas por el frío y las
tormentas de nieve los fueron inutilizando uno a uno y tuvieron que
regresar al campamento. Continuó entonces la marcha con una patrulla
cada vez más reducida y entonces uno de los perros sufrió un ataque
del temido piblockto, especie de rabia siempre fatal, y antes que
tuvieran tiempo de matarlo ya había alcanzado morder a otros perros.
Peary había planeado cruzar el desierto helado y llegar a bahía
Independencia hacia el primero de abril. Pero el 10 la expedición se
hallaba solamente a 200 kilómetros del punto de partida. La estación
estaba ya muy avanzada; los expedicionarios en estado desastroso.
Con el corazón contristado, su jefe dio la orden de regresar. En el
viaje de vuelta fueron enterrando cuidadosamente sus bastimentos y
marcando cada lugar con largos palos que no alcanzaran a tapar las
ventiscas. Así tendrían alimentos disponibles en su próximo viaje a
través del desierto helado.
Entre tanto, Henson se ocupaba en cosas menos tediosas que el año
anterior. Aunque no había acompañado a Peary, esta vez lo relevaba
de sus oficios domésticos la enfermera Susan Cross. Así le quedaba
más tiempo para estrechar sus relaciones de amistad con los
esquimales.
Una tarde, la formidable señora Cross levantó los ojos del biberón
que preparaba para la niña y encontró a Henson junto a ella, con un
chiquillo esquimal asido de la mano.
—Voy a darle un baño —dijo, con expresión que era a la vez de
desafío y disculpa.
—Pero no aquí en la cocina –bufó la enfermera mirando al niño que
tenía el pelo hecho una maraña y la ropa pringada de mugre.
Henson puso un cubo de agua a calentar sobre la estufa diciendo
tranquilamente:
—Afuera no puede ser,
—Esto es insufrible —chilló la enfermera—. Le avisaré a la señora.
No debes meter a cualquier golfillo en la cocina.
—Este no es un golfillo. Es mi hijo… se llama Kudluktú.
La enfermera abrió tamaña boca y dio un paso atrás llevándose las
manos al pecho. Aunque había oído hablar de esos intercambios
pecaminosos de mujeres que se hacían en los iglús, esta era la
primera vez que tenía ante sus ojos las consecuencias.
Henson no pudo reprimir una sonrisa.
—Es huérfano, señora Cross, y yo lo he adoptado.
Aun aquello era demasiado para la señora Cross, que salió de la
cocina como alma que lleva el diablo. Henson le cortó el pelo al
chico, le quitó los grasientos andrajos, los quemó y luego le dio
una friega hasta dejarle la piel reluciente como el cobre recién
pulido y lo vistió con nuevas pieles. Durante todo ese proceso el
chico había permanecido estoico y silencioso.
De allí en adelante Kudluktú durmió en un lecho de pieles extendidas
bajo el catre de Henson y seguía a éste dondequiera que fuese como
una sombra. En su carita redonda y cobriza veíase siempre una
expresión de admiración y amor por su protector.
Era algo muy significativo que se le hubiese permitido a Henson
adoptar al chico. Los esquimales quieren mucho a los niños, pues son
pocos los que nacen y, cuando murió la madre de Kudluktú, que era
viuda, todos los vecinos quisieron hacerse cargo de él. No obstante,
cuando Henson expresó sus deseos, todos le cedieron sus derechos. La
tribu no hubiera hecho esto por otro que no fuera Henson.
Henson soluciona una crisis
El
Falcon debía regresar de Nueva York en el mes de agosto y Peary, a
quien le horrorizaba la idea de reembarcarse en él, vencido,
consultó con Henson el problema.
—Matt, pienso quedarme aquí todo el invierno para tratar de hacer
otra intentona en la primavera. ¿Qué te parece?
—Yo me quedo —respondió Henson al momento.
—Estaba seguro de que te quedarías —le dijo Peary sonriendo—.
Tendremos que mantenernos de lo que cacemos durante el invierno:
pero seremos menos; pediré voluntarios y de los que se ofrezcan
escogeré a los tres mejores. De este modo podremos eliminar mucho
peso muerto.
Pero sus esperanzas de conseguir tres hombres eran demasiado
optimistas. Peary no sabía inflamarlos para emprender acciones
heroicas; no dispensaba elogios ni alabanzas; era a veces brusco en
sus modales y siempre exigente en el trabajo y desdeñoso en extremo
con los quejumbrosos y los maulas. Era un buen capitán de hombres
fuertes, pero los débiles lo encontraban a veces intolerable. Cuando
pidió voluntarios, ninguno dio un paso al frente. Sólo a última hora
el joven periodista Hugh Lee aceptó el reto. Así que su mando quedó
reduciendo a dos hombres.
Con el invierno inminente iban a cambiar las relaciones hasta
entonces existentes entre Peary y Henson, que siempre habían vivido
separados por los convencionalismos sociales de amo y criado. Aunque
Peary no era muy partidario de esta nueva intimidad, los
acontecimientos lo forzaron a aceptarla. Había llegado al Norte
llevando consigo la arrogancia de sus raza y su cultura. “En
situaciones en que se requiera resistencia para sobreponerse al
hambre, la sed, la intemperie y la fatiga”, había escrito, “el
hombre inteligente e instruido soporta mejor las privaciones que el
palurdo”.Este criterio lo había llevado a cometer grandes
equivocaciones en la selección de sus hombres y debido a él había
menospreciado por largo tiempo las cualidades de Henson. Pero el
Norte se había encargado de enseñarle a ser más moderado a este
respecto. En las últimas dos expediciones a Groenlandia había tenido
14 hombres bajo su mando y todos habían defraudado sus esperanzas.
Todos, menos Henson.
Más aún, los esquimales, gente de la edad de piedra, no solo
sobrevivían sino que prosperaban. Así que, cada vez más iba
aprendiendo de ellos y empleando sus métodos. Henson era el puente
que con ellos lo unían. Los esquimales respetaban a Peary y
confiaban en él , pero a Henson lo amaban. Y en su sociedad
primitiva se hacían más cosas por amor que por deber.
Peary, Henson y Lee iniciaron entonces una serie de excursiones a
fin de localizar los depósitos de alimentos escogidos bajo la nieve
el año anterior. La batida fue un golpe demoledor para su estado de
ánimo, ya que buscaron y rebuscaron infructuosamente los palos que
habían dejado como señales.
Por fin encontraron uno. Pero ya no era un palo de dos metros...
Sobresalía del suelo 15 centímetros. Esto quería decir que las
provisiones yacían enterradas y heladas sin posibilidad de
rescatarlas. ¡Todos los elementos esenciales para la expedición de
la primavera se habían perdido!
Durante los días siguientes, Peary estuvo muy deprimido y su mal
humor fue la tónica del campamento. A Henson le afectó menos que a
Lee: había aprendido de los esquimales que la risa es el mejor
antídoto para el veneno del fracaso. Pero cuando decía algún chiste
Peary y Lee lo miraban compasivamente, como si le faltara el juicio
para comprender la gravedad de la situación.
Cierto día le llegó el turno de cocinar a Hugh Lee. Peary leía y
Henson remendaba las correas de una raqueta para andar sobre la
nieve. El cuarto estaba silencioso; sólo se oía el chirrido de la
grasa de ballena en que Lee freía unas lonjas de carne de reno.
A no ser que se tenga mucho cuidado, la grasa de ballena arde
fácilmente con una llama fuliginosa que echa a perder lo que se
fríe. Eso le pasó entonces. El novel cocinero dio un paso atrás,
echo una mirada de odio a la tiznada sartén y en un rapto de ira la
tomó por el mango y la arrojo lejos de sí con tanta fuerza que,
rompiendo la hoja de la puerta, pasó al otro lado y fue a hundirse
chirriando y humeando entre la nieve.
Peary dejó caer el libro, se le encendió el rostro. La pérdida del
aplomo en un hombre era algo que le parecía intolerable. Nunca
permitía que tal cosa le pasase a él y estaba decidido a no
permitirla entre sus hombres. Abrió la boca para reprender a Lee,
pero vio al chico tan apesadumbrado que no se resolvió a decirle
nada. Volvió a tomar el libro y siguió leyendo.
Todo volvió a quedar en silencio. Lee recogió la ahumada cazuela
buscó luego un martillo y clavos y reparó la puerta; volvió a la
estufa y se puso a preparar de nuevo la comida. Cuando se sirvió
todos comieron en silencio.
La mañana siguiente persistía el silencio. Henson quiso entablar
conversación pero nadie le contestó. Lee, apesadumbrado y
arrepentido, hubiera preferido una buena reprimenda de Peary y salir
del paso de una vez; en cuanto a Peary, habiendo pasado por alto el
incidente, no sabía cómo liquidarlo. El silencio se acentuaba.
Al día siguiente le tocaba cocinar a Henson. Buen rato estuvo frente
a la hornilla pensativo y luego, sin que lo vieran, ladeo la sartén
de modo que se inflamara la grasa de ballena. Se alzo un globo de
llama y humo negro. Henson dio un paso atrás lanzó una exclamación,
que atrajo las miradas de Peary y Lee, agarró la sartén por el mango
y la arrojó con tal fuerza y precisión que, rompiendo de nuevo el
tablero con que Lee había reparado la puerta, fue a caer afuera
entre la nieve.
Hubo un momento de sorpresa. Luego se oyó la risilla contenida de
Lee, otra con que le contestaba Henson y enseguida una carcajada
general; y tras de la risa vino la conversación, la comunicación
bendita.
Risa era lo que Peary necesitaba, no sólo para romper el hielo de su
desavenencia con Lee, sino para aguzar la imaginación y refrescar el
espíritu para abordar el gran problema que tenían entre sí. Esa
noche, restaurada ya su ecuanimidad, habló de él con sus compañeros.
—Mañana haremos inventario de las carnes de reno y morsa congeladas
que tenemos y veremos cuanto han de durarnos en reemplazo de los
otros alimentos que se perdieron. Creo que podemos juntar raciones
de té bizcochos , aceite y carne para nosotros y para los perros y
que habrá lo suficiente para dos meses que, con buen tiempo, será lo
que dure el viaje de ida y vuelta a la bahía Independencia. Si el
tiempo se vuelve malo tendremos que vivir de lo que encontremos en
el camino.
No obstante, todos sabían que los únicos seres vivientes que
encontrarían sobre el hielo serían ellos mismos y sus perros.
El tenue hilo de la vida
El
primero de abril de 1895 fue la fecha que se fijó para la partida, y
a medida que se aproximaba el período de constante luz del día, se
aceleraba el ritmo de los preparativos. Se daba prisa a las mujeres
esquimales que cosían la indumentaria de piel que debían usar los
expedicionarios en el viaje, y así que iban terminando las prendas
se colgaban a la intemperie, expuestas a una temperatura de 40
grados bajo cero, con el fin de que el frío matara cualquier piojo
que hubiera podido pasarse del cuerpo de las costureras a las
junturas de la ropa.
Henson construyó tres trineos y dio en ellos varias vueltas de
prueba. Y cuando estuvo todo listo Peary, Henson y Lee emprendieron
la larga jornada. Acompañados por un pequeño grupo de esquimales
marcharon siete días hasta el gran escondite, el lugar donde Peary
había depositado 600 kilos de pemmicán (tortas de carne seca,
harina, melaza y sebo) el año anterior, cuando se vio forzado a
regresar. Contaba con ese alimento para su viaje por la costa
helada, pero no encontró ni rastro de él. Había quedado sepultado
bajo muchas toneladas de nieve.
—Esto significa que tendremos que contentarnos con carne de reno
para nosotros y de morsa para los perros —dijo Peary— ; y temo que
no tengamos suficiente.
—¿ Qué haremos si se nos acaba ? —le preguntó Henson.
—Tendremos que comernos los perros .
Los esquimales expresaron gran temor de que Pearyaksoa se empeñara
en continuar el viaje y uno de ellos le dijo a Henson:
—Miy Paluk, vuélvete con nosotros. Si vas más allá te va a tragar
Kokoyah. ¿Por qué quieres ir donde no hay nada?
—Voy a ver si es cierto que no hay nada. Puede ser que haya algo.
Quiero ver con mis propios ojos —replicó el negro sonriendo a sus
amigos—. Cuando regrese os contaré todo lo que haya visto.
Su alarde quedó hecho pedazos casi al punto. Lee cayó enfermo y el
segundo día de viaje los acometió una tormenta con furia increíble.
Acurrucados en el inseguro abrigo de su tienda, a Henson se le
helaron las mejillas y a Lee se le congeló un dedo del pie. Por más
de una hora Henson tuvo el pie de su amigo metido entre las ropas y
la piel de su propio estómago para devolverle la circulación.
Los perros también sufrieron lo indecible con la tormenta y cuando
llegó la hora de engancharlos, dos de ellos estaban inútiles y
tuvieron que ser sacrificados. En las siguientes marchas les fue
preciso deshacerse de otros animales inservibles y el 26 de abril
sólo les quedaban 17 de los 42 perros con que salieron. A poco ese
número se redujo a 11 y de estos había tres que escasamente podían
caminar. Fue preciso ayudarles a tirar de los trineos.
El 6 de mayo la situación era desesperada. No era posible matar más
perros si es que querían regresar. La lectura del sextante le indico
a Peary que estaba cerca de bahía Independencia pero ni Lee ni la
mayoría de los perros podían dar ya un paso más. Así que, al día
siguiente, después de acomodar a Lee lo mejor posible dentro de la
tienda, Peary y Henson se engancharon ellos mismos al tiro de un
pequeño trineo y se encaminaron hacia una nube distante en el
horizonte que, si no era un espejismo, prometía tierra y
posiblemente, animales.
Pero aún los perseguía la mala suerte. Era en realidad tierra, la
costa oriental, mas antes de llegar allá tropezaron con una serie de
grietas en el hielo. No habían avanzado mucho cuando Peary cayó en
una de ellas. Afortunadamente era angosta y antes de hundirse por
completo logro asirse de los bordes.
Henson se tendió de bruces, le pasó una de las coreas de cuero del
trineo por debajo de los brazos y poco a poco fue sacándolo. Al cabo
de 15 angustiosos minutos Peary tenía ya el busto fuera de la
profunda hendidura y a poco los dos hombres descansaban juntos,
estirados sobre la nieve, jadeando de fatiga.
Mas a los pocos minutos de haberse puesto de nuevo en camino, Henson
cayó en otra grieta hundiéndose hasta la cintura. Su compañero lo
salvó de la misma manera. Siguieron andando por el azaroso terreno,
transidos por el hambre y la fatiga, hasta que al fin llegaron a la
morena, montón de piedras formado entre el glaciar.
Allí encontraron rastros de liebre de la región ártica y excrementos
secos de carneros almizcleños, pero nada más. La caza había estado
allí...¿pero cuándo? ¿Haría una semana...un mes? Exhaustos y
descorazonados emprendieron el regreso al campamento. Distaba 40
kilómetros. Cuando por fin entraron tambaleándose en la tienda, Lee
estaba inmóvil y pálido en su lecho de enfermo; dos perros más
habían muerto.
Comieron una pequeña ración de carne de reno congelada y se
acostaron a dormir. A Henson le daban vueltas en su mente ofuscada
las palabras de sus amigos esquimales: “Si vas allá te va a comer
Kokoyah”. Y casi, casi deseaba que Kokoyah no tardara tanto.
Cuando despertaron, Peary analizó la situación lisa y llanamente. El
propósito del viaje era determinar si la capa de hielo se extendía
hacia el norte hasta llegar al polo, y si esto era así, seguir por
ella en esa dirección hasta donde se pudiera. Aunque convencido de
que la marcha era imposible, no quería regresar sin averiguar si la
masa de tierra se extendía realmente hasta la cima del mundo o si
entre ésta y aquella se interponía algún mar. Ya que había llegado
tan lejos, valía la pena andar unas cuantas leguas más con el fin de
penetrar el secreto de los hielos firmes.
Aún era tiempo de emprender el regreso. Los perros morirían, sin
duda, pero había alimentos suficientes para los hombres y tenían la
esperanza de poder desandar esos mil kilómetros. Habría que comenzar
la marcha inmediatamente.
—Por otra parte —dijo Peary— ya sabemos que hay carneros almizcleños
en la morena. Podríamos jugarnos el todo por el todo e intentar una
partida de caza. Fijaos bien que digo el todo por el todo... porque
si vamos y no encontramos tales carneros, nunca podríamos volver al
Lodge—. Hizo una pausa y miro a sus camaradas—. Yo no quiero decidir
este asunto... lo dejo enteramente a vuestro parecer.
Hubo un momento de indecisión tras el cual dijo Henson:
—¡Hagamos la cacería!
A pesar de su enfermedad, Lee lo secundó. Por no demostrar su gran
emoción, Peary se puso de pie y dijo:
—Bautizaremos este pedazo de hielo donde estamos ahora con el nombre
de Campamento Resolución. Acto seguido dio la vuelta para comenzar a
enjaezar los perros.
La caza
Plantaron su nuevo campamento cerca de la bahía Independencia, y el
15 de mayo, después de haber estado allí prisioneros de la tormenta
durante dos días, Henson y Peary sacaron los perros y las armas y,
provistos de medias raciones para cuatro días, emprendieron la
batida que debía salvarlos o perderlos.
Se encaminaron hacia una suave hondonada en donde Peary y Astrup
habían matado carneros almizcleños en 1892 y tras 12 horas de
continua marcha llegaron al lugar deseado. Peary había puesto todas
sus esperanzas en ese vallejuelo, pero no encontraron allí ni
rastros de caza.
En aquel punto murieron de inanición dos de los perros y sus flacas
carnes sirvieron de alimento a los sobrevivientes, hombres y
animales.
Ya no quedaba otro remedio que seguir andando. No había objeto en
volver al campamento, no había objeto en sentarse en un valle
desierto. Posiblemente la próxima hondonada estaría igualmente
desierta, y la otra y la otra, pero no podía hacer otra cosa que
seguir caminando... hasta que fuera materialmente imposible dar un
paso más.
Entonces vio Peary que se movía una piedra cubierta de nieve;
parpadearon sus ojos inyectados de sangre; la piedra volvió a
moverse y de pronto tomó la forma de una liebre de las tierras
árticas.
—Matt... Matt —gritó débilmente—. ¡Mátala, por Dios!
Henson era un excelente tirador, pero al echarse la escopeta a la
cara hacía mover el cañón sin poderlo remediar. Se sentó e hizo
mampuesto sobre las rodillas. Aunque el arma estaba firme se le
nublaban los ojos. Disparó y erró el tiro. La liebre dio unos
cuantos saltos. Henson se quitó los anteojos negros, volvió a hacer
puntería a pesar del fuerte destello del sol en la nieve, disparó
otra vez; la liebre dio un gran salto en el aire y cayó muerta. La
despedazaron y se la comieron, cruda, chorreando sangre.
Era el primer alimento completo que ingerían desde que se separaron
de los esquimales, 35 días antes, la primera comida realmente
nutritiva para un hombre que necesite trabajar todo el día. No
habían terminado de comer cuando comenzó a nevar y se echaron a
dormir sin importarles un ardite la nieve que se amontonaba a su
alrededor. Henson pensaba que se habían burlado de Kokoyah. ¿O sería
Kokoyah el que se burlaba de ellos?.
Al día siguiente lo supieron. Por fin encontraron los carneros
almizcleños. Primero tropezaron con una huella, tan indistinta, que
no se atrevían a dar crédito a sus ojos. En seguida los excrementos
. . . y estaban frescos. ¡El rebaño no podía estar lejos!
Por encima de un montículo alcanzaron a ver un grupo de puntitos
negros en el otro valle. El hato constaba de 22 hembras con sus
borregos y tres machos.
Haciendo acopio de todas las fuerzas que les quedaban, los dos
hombres se abalanzaron contra él. Henson disparaba mientras corría,
acompañando cada bala con una plegaria. Un macho se desplomó sobre
sus cuartos traseros. Peary derribó otro macho. . . y luego el
tercero. El rebaño se desbandó y los cazadores corrían tras de los
animales sin dar paz a las escopetas.
De pronto una hembra herida dio la vuelta y agachó el testuz de
afilada y reluciente cornamenta. Peary se vio en ese momento sobre
ella y con la escopeta descargada. Cuando quiso cargarla la hembra
embistió.
—Matt. . . . ¡a ella, Matt!
Ya se disponía a atravesar con los cuernos al cazador caído, cuando
se oyó un disparo. El animal embravecido se tambaleó, trató de
embestir de nuevo a su indefenso enemigo, más no pudo. Cuando se
desplomó el animal, Peary se levantó del suelo lentamente y miró con
gratitud a Matt.
—Era la última bala que tenía —le digo el negro sonriendo.
Allá en su campamento solitario, Hugh Lee, que hacía cotidianos
asientos en su diario, el domingo 19 de mayo escribía: “Anoche, poco
antes de las doce, oí la voz de Matt que cantaba a todo pecho...la
canción más dulce que he oído jamás. Prendí el reverbero, pues me
supuse que habría demanda de té caliente. En seguida salí a
encontrarlos”.
Con la carne de los carneros almizcleños le fue posible a Peary
proseguir sus investigaciones geográficas y descubrir que la capa de
hielo que cubría a Groenlandia no era ni con mucho el “camino real”
al polo norte. Estaba en una isla, una isla gigantesca en verdad,
pero por la cual no se podía llegar fácilmente hasta el polo. Eso
era lo que había logrado averiguar en definitiva.
Su problema consistía ahora en volver con sus dos compañeros a
Anniversary Lodge, que distaba mil kilómetros de allí. Tenían un
trineo roto, unos cuantos perros agotados e insuficiente provisión
de víveres, a pesar de la carne de carnero.
El regreso se convirtió en una carrera con la muerte, que al fin
ganaron por muy escaso margen. En el último sitio donde acamparon de
vuelta devoraron sus últimas provisiones... una taza de té, una lata
de leche y cuatro bizcochos. Un perro quedaba todavía con vida.
Henson le dio de comer... un par de botas de piel de foca y unos
pocos metros de reata de cuero crudo. Al día siguiente llegaron a
Anniversasy Lodge. Era el 25 de junio de 1895. Habían permanecido 85
días en el desierto helado y habían andado 2000 kilómetros.
Años de derrota
Los
exploradores volvieron a su tierra, otra vez como héroes. Mas ahora
Peary se daba cuenta de que lo unían con Henson lazos
indestructibles, y de entonces en adelante en sus escritos y en sus
conferencias ensalzaba al negro y se refería a él, no ya como a su
sirviente, sino como a su “ayudante”. Juntos volvieron a Groenlandia
en 1896 y 1897 en expediciones científicas de menor cuantía, y en
1898 tornaron a salir, decididos a llegar al polo.
Esta vez Peary allegó provisiones suficientes para cuatro años. No
podía concebir que fuera a fracasar cuatro veces consecutivas.
Mas las expediciones no fueron solamente fracasos; fueron casi
desastres. El primer invierno se le helaron a Peary ambos pies, y
aunque Henson le dio masajes y trató de calentárselos contra su
propio cuerpo desnudo, como lo había hecho con Lee, los dedos se
tornaron azules y el médico de la expedición tuvo que amputárselos
todos, con excepción de los meñiques de cada pie.
A un hombre sin dedos en los pies le sería difícil conservar el
equilibrio en las calles de la ciudad: hacer otro tanto en la región
ártica parecería imposible. Cuando los miembros del Club Ártico
Peary tuvieron noticias de la amputación dieron por sentado que con
ello se pondría punto final a la expedición.
Pero se equivocaban. Un mes después de la operación, Peary y Henson
se hallaban otra vez llevando provisiones en trineos hacia el norte.
Fracasaron en cada una de las tres expediciones siguientes y Peary
volvió a Nueva York a reabastecerse. Volvieron a salir para el
norte; esta vez, en 1905, intentaron navegar directamente hasta el
borde del mar Polar y, aunque el viaje fue una epopeya de desastres
y calamidades, llegaron a cerca de 280 kilómetros de su meta. Habían
batido un récord. Jamás había llegado antes allí un ser humano. Pero
no pudieron seguir adelante.
Cuando regresaron a nueva York, Henson notó un gran cambio en su
jefe: Peary estaba cansado y enfermo. Antes de emprender aquel viaje
se había hecho amputar los dedos meñiques para igualar el paso y le
habían sacado una lonja de piel de la planta del pie para cubrir y
acojinar el muñón. Cuando salió estaba aún convaleciente de la
operación; ahora volvía exhausto.
El país se daba cuenta del menoscabo sufrido en su salud. Se
figuraban que ése, su último viaje, debió haber sido el más penoso.
Pero ante la sorpresa de todos, Peary recibió a los reporteros
diciéndoles:
—Estamos aquí con el fin de hacer algunas reparaciones y conseguir
ciertos artículos.
—¿Quiere decir con esto que piensan volver? —le preguntaron los
periodistas incrédulos.
—Tan pronto como nos equipemos —replicó Peary resueltamente—. A más
tardar el verano entrante. Y esta vez estoy decidido a plantar las
Estrellas y las Barras en el polo norte.
El público se quedó estupefacto. La gente admiraba a Peary,
naturalmente, pero también creía que no estaba en sus cabales.
Solamente cuando se hallaba a solas con Henson, abandonaba el gran
explorador su actitud heroica.
—Matt —le decía—: este viaje sí será el último. Ya sea que nos vaya
bien o mal, nunca más podremos volver al norte.
Amos del Norte
Henson y
Peary afrontaban la última gran aventura, cada uno de un modo
diferente. Peary la había comenzado con voluntad inquebrantable que
últimamente habíase tornado en obsesión. Muchas razones se oponían a
que intentara el viaje al polo otra vez: su propio cuerpo lleno de
cicatrices y agobiado por 52 años de edad; la historia de los
desastres sufridos, no sólo por él sino por todos los que habían
intentado llegar al polo; su familia abandonada, condenada a la
soledad y a la angustia... todas estas eran razones de peso, pero él
no escuchaba la voz de la razón... sólo deseaba la victoria o la
muerte.
Henson, por su parte, había comenzado con un simple deseo de
aventura que se había ido transformando en sencillo propósito. Se
había propuesto probar que un negro es muy capaz de igualar a los
blancos cuando se trata de vencer y superar dificultades. No quería
perecer en la demanda, porque entonces no habría probado nada. Su
deseo de vivir quedó demostrado con lo último que hizo antes de
marchar al Norte; casarse con Lucy Ross, una chica que había
conocido pocos años antes.
Aunque al reclutar los hombres que habrían de acompañarlos en su
última expedición Peary volvió a rodearse de intelectuales, esta vez
resultó que todos ellos demostraron el coraje y la fuerza de
voluntad que en vano había buscado en otras ocasiones.
Quizá se debió esto a que tuvieron a Matthew Henson como instructor.
Uno de ellos, el joven Donald MacMillan, que más tarde se haría
famoso como explorador de las regiones árticas, relata así su primer
encuentro con el negro, a bordo del barco expedicionario Roosevelt:
“Era de menos de mediana estatura, pelo negro, cara limpia de barba
y bien parecido. A pesar de ser yo un atleta, no podía menos de
admirar la facilidad con que se movía y trabajaba en el barco. Como
era muy modesto, tardé bastante en saber su verdadera importancia...
no sabía yo entonces que era él quien iba a enseñarme el arte de
sobrevivir en el Norte”.
Cuando tocó el barco en cabo York, en Groenlandia, para tomar a
bordo algunos esquimales y perros, los novicios se quedaron pasmados
con la recepción que allí les hicieron. Aunque silbaba la nevasca,
los esquimales rodearon el Roosevelt en sus kayacs gritando:
“¡Pearyaksoa! ¡Miy Paluk!” Una vez en tierra los viejos amigos se
disputaban el honor de alojar a Henson en sus iglús, de alimentarlo,
de hacerle nuevos trajes de piel. Allí estaba Kudluktú, su hijo, ya
hecho un hombre, que caminaba orgulloso a su lado. Estaban también
Sipsú y Seeglú y Ootá. Pero el más viejo de todos sus amigos,
Ahnalka, ya había muerto.
Apenas se completó la partida, el Rooselvet comenzó a internarse en
la gran extensión de témpanos flotantes. El barco hacía las veces de
un ariete. Cuando subía la presión sobre sus costados, crujían las
cubiertas pandeándose hacia arriba, de sus entrañas salía el quejido
de los maderos que se cuarteaban y todo el navío se estremecía y
palpitaba como la cuerda de un arco descomunal. Pero siempre lograba
escurrirse de las garras de la muerte e iba dejando atrás una estela
de hielo turbulento.
El 5 de septiembre de 1908, después de casi un mes de lucha,
llegaron al margen del mar Polar donde encontraron una ruta, un
parche de agua clara, por donde podrían seguir hasta el cabo
Sheridan, donde fijarían sus cuarteles de invierno.
La larga noche polar descendía ya sobre ellos: el tiempo temido por
la mayoría de los exploradores, cuando flaquean los nervios bajo la
presión de las de las tinieblas y la inactividad.
Mas no para los expedicionarios que mandaba Peary. Para ellos la
noche ártica fue un período de intensa actividad durante el cual se
construyeron y se repararon equipos y se ensayaron en viajes de
prueba. En esta clase de operaciones era Henson el alma del
campamento. Él mismo fabricó los trineos, sin un solo clavo o
tornillo, sujetándolos únicamente con correas de piel de foca para
darles elasticidad. Bajo su dirección las mujeres esquimales
hicieron los trajes de los hombres: los kamiks o botas de piel de
foca con un nido de hierba en el fondo: los pantalones de piel de
oso; la kuletah o camisa de piel de reno confeccionada con mangas
tan amplias que se pueden sacar los brazos para calentaros junto al
estómago y, finalmente, la capucha de piel de oso.
Igualmente importantes eran los lugares de refugio en el camino y
para esto Henson y los esquimales enseñaron a los bisoños el arte de
fabricar iglús de nieve. Finalmente... el arte de manejar los
perros. MacMillan escribió de Henson lo siguiente: “Sin lenguaje
soez ni brutalidad alguna, con un pequeño movimiento del antebrazo y
la muñeca, pilotaba su enfadoso convoy sobre el escarpado hielo con
más rapidez y menos accidentes que los demás”.
De Henson aprendieron los noveles expedicionarios no sólo los
métodos de viajar con comodidad sino también los inflexibles
requisitos para la supervivencia. “Todos los días hay que examinar
los vestidos a ver si tienen agujeritos o rasgaduras”, les decía.
“Un pequeño rasgón puede ser causa de que se le hiele a uno un
pedazo de carne antes de sentir el frío”.
En los meses de noche polar les enseñó todo lo que sabía. Pasaron
noviembre, diciembre y enero. MacMillan y Ross Marvin, profesor de
la Universidad de Yale, hicieron observaciones, sobre aguajes y
mareas; Henson guiaba las partidas de caza; el capitán Bob Bartlett
tenía cuidado del barco: el Dr. J.W. Goodsell trataba las lesiones
producidas por el frío, los males de estómago y el piblokto, y
George Borup, recién graduado de la Universidad de Yale, metía las
narices en todas partes y hacía de todo.
Entre tanto, Peary se pasaba las horas en su camarote consultando
mapas y comprobando sus métodos una y otra vez. No podría establecer
depósitos de víveres en la ruta porque el mar Polar derivaba
continuamente hacia el este; ni tampoco podía un hombre con sus
perros transportar los alimentos necesarios para mantenerse durante
una marcha de 1300 kilómetros. Llevar más hombres sería tan sólo
aumentar las bocas que alimentar. Aquello parecía un círculo
vicioso, pero Peary creía tener ya resuelto el problema.
En enero convocó a sus hombres para explicarles detalladamente su
plan. Cada uno de los expedicionarios se pondría al frente de una
pequeña partida de tres esquimales y de uno a cuatro trineos. Aunque
cada uno de estos destacamentos debería bastarse a sí mismo en lo
tocante a víveres, armas y herramientas, llevaría también alimentos
de reserva suficientes para avituallar a las otras partidas durante
cinco días. En las primeras cinco marchas todos comerían de lo que
llevara una de las partidas. A medida que se fueran consumiendo los
víveres, las partidas irían regresando hasta que quedara solamente
la de Peary, a cercana distancia del polo y con sus víveres
intactos.
Tomadas estas disposiciones y preparados ya los esquimales, la
expedición se trasladó a un promontorio situado a unos 120
kilómetros al noroeste del punto donde quedaba el Roosevelt. El 27
de febrero por la tarde, Peary convocó a su gente para las últimas
instrucciones. Saldrían al amanecer.
Esa noche hubo gran entusiasmo en el campamento. Bajo la dirección
de Borup los jóvenes exploradores entonaron canciones
universitarias. Henson veía cómo se conmovían aquellos hombres con
la nostálgica dulzura de los coros; mas no pudiendo participar de
sus emociones ni de sus recuerdos, salió calladamente del iglú y se
dirigió a su lecho. Al pasar junto al iglú de Peary vio que aún
había luz dentro y hubiera podido adivinar lo que allí pasaba.
Peary estaba desnudo de la cintura para arriba con un harapo de seda
en las manos. Era una bandera norteamericana hecha por su esposa
años antes. La había llevado consigo en todas sus expediciones
árticas y había ido cortando y dejando pedazos de ella bajo las
rocas al término de cada viaje. La bandera tenía ya más de una
docena de parches y él se la envolvió tranquilamente alrededor del
torso desnudo. Había jurado llevarla hasta el polo norte.
El último tramo
En la
mañana siguiente Henson despertó a los esquimales al grito de
“¡Aduló! ¡Aduló!” No era ésta una palabra esquimal ni de otra lengua
alguna. Era apenas un término disparatado inventado por él, cuando
aún no sabía el idioma. Habíase convertido en una especie de chiste
entre él y sus amigos, al que respondían éstos con sonoras
carcajadas.
La salida fue silenciosa: no hubo arengas ni gritos de despedida.
Peary pasó revista por última vez a sus 22 hombres y 19 equipos de
perros; aquellas figuras embozadas en pieles ocuparon sus puestos
respectivos detrás de los trineos, hicieron chasquear los látigos y
la caravana comenzó a moverse hacia el mar helado, rumbo al norte,
derivando un poco al oeste para compensar el impulso oriental que
seguían los témpanos flotantes. La meta, bajo la estrella polar,
distancia 650 kilómetros.
Bartlett y Borup iban abriendo trocha; el grueso de la expedición
seguía las huellas de sus trineos. La impresión de las cuchillas de
hierro sobre la nieve compacta no se borraría en muchos meses; su
huella era indispensable para que todos pudieran seguir el mismo
derrotero.
El grupo principal avanzó 15 kilómetros el primer día de marcha,
pero el segundo llegó hasta una laguna abierta en el hielo y hubo de
esperar hasta la tarde a que se cerrase. Cuando al fin pudo pasar,
el hielo del otro lado había derivado más de dos kilómetros hacia el
este y con él se habían ido las huellas de los trineos de Borup y
Bartlett. Fue preciso hacer una detenida exploración lateral para
encontrarlas y poder seguir hacia el norte.
Viajando de noche, el grupo principal llegó a la tercera estación
avanzada de Bartlett y ocupó sus inglús abandonados. Pero a poco la
temperatura subió de -43 a -23, lo que significaba agua abierta, y
tras un breve descanso, la expedición continuó la marcha. Al cabo de
una hora alcanzó a Bartlett y sus esquimales que habían acampado a
la orilla de una gran extensión de agua abierta.
Fue esta Gran Brecha la barrera que se interpuso entre ellos y la
capa de hielo flotante que cabalga sobre el polo norte. Tenía casi
400 metros de ancho y se extendía de este a oeste hasta perderse de
vista. El agua era negra y turbulenta. Caer allí equivalía a salir
de este mundo.
Bartlett los recibió con este triste saludo:
—Hace 24 horas que estoy aquí.
—Era de esperarse esta dilación en la Gran Brecha —asintió Peary.
—Pero nunca se va a helar ... con este tiempo.
—Ya se cerrará... hay que tener paciencia.
Aguardaron al día siguiente, y el siguiente y el siguiente. Los
esquimales comenzaban a desalentarse. Al cuarto día, Henson consultó
el caso con MacMillan quien después de pensarlo un momento le dijo:
—¿No tienen ellos competiciones atléticas?
—Sí, suelen pulsear y también luchar.
—¡Magnífico! Les inventaremos también contiendas de tiro de cuerda,
carreras, salto, levantamiento de pesas, en fin, haremos nuestras
propias olimpiadas árticas. ¡Diles que habrá premios para los
campeones!.
El día fue magnífico. Las carreras resultaron un poco difíciles por
causa de la pesada indumentaria y por el desgano de los esquimales
por competir entre ellos mismos. No obstante, recibieron los premios
con orgullo y, más importante que todo, se olvidaron de la brecha
acuática.
El 11 de marzo descendió la temperatura a 40 grados bajo cero y se
heló la Gran Brecha. Peary dio orden de levantar el campamento
inmediatamente y la partida se puso en movimiento. Por entonces ya
comenzaban a pagar caro el viaje hombres y perros. Aparecerían
negros parches de congelación en narices y mejillas; endurecidas
como el cuerno, las puntas de los dedos, se rajaban y sangraban.
Como era sumamente doloroso respirar por los tiernos conductos de la
nariz, todos respiraban por la boca y el vaho condensado junto a la
boca helaba y entiesaba la capucha de tal modo que muchas veces se
hacía imposible volver la cabeza sin mover todo el cuerpo.
La apertura de la trocha era especialmente penosa, tanto que ni un
hombrazo tan robusto y tan valeroso como Bob Bartlett aguantaba
mucho tiempo. MacMillan, que hizo parte de la avanzada con él en
varias marchas, escribió:
“...Yo vi a un hombre tan fuerte como Bob Bartlett desesperarse y
llamar a su madre como un niño, tiritando en un lecho de nieve, con
las ropas interiores empapadas y el vestido hecho una masa de hielo,
la cara endurecida por la escarcha, tiesos los dedos y todo el
cuerpo adolorido por el ajetreo del camino”.
El 14 de marzo empezaron las bajas en la expedición. Se escogió al
Dr. Goodsell que, con los perros que se hallaban en peor estado y
los esquimales más fatigados, emprendió el regreso hacia la costa.
Esto ocurría de acuerdo con lo planeado, pero al día siguiente se
trastornaron los planes. Se le congelaron los pies a MacMillan y no
hubo más remedio que ordenar su regreso para que lo atendiera el
médico.
De allí en adelante, con intervalos de cinco días, la expedición
siguió reduciéndose regularmente. Primero se fue Burop. Cinco días
después fue escogido Marvin. Peary, Henson y Bartleu siguieron
adelante y el 28 de marzo pasaron al punto más septentrional que
había alcanzado Peary anteriormente.
El primero de abril Bartlett tomó el camino de regreso. Así, por
fin, Peary y Henson se vieron juntos en el umbral de un sueño
acariciado durante 22 años. Quizá después en un rato de ocio, si lo
hubiere, podrían señalar los incentivos que los estimulaban, pero no
entonces. Entonces eran autómatas a quienes les habían dado cuerda y
señalado una ruta con anticipación. Sólo eran capaces de marchar
hacia el norte mientras pudieran caminar, y al no poder más se
arrastrarían y cuando no pudieran seguir arrastrándose... tendrían
que morir.
A un paso de la meta
Se
habían propuesto llegar al polo en cinco marchas. Después de haber
emprendido juntos millares de ellas, parecían bien pocas. Nada
podría detenerlos ya.
A la medianoche del 2 de abril, Peary salió del campamento con su
tiro de perros para romper la trocha. Con él iba Ootah, uno de los
cuatro esquimales escogidos para acompañarlos. Los otros, Ooqueah,
Seeglú y Eginguá, siguieron detrás con Henson. Marcharon 10 horas y
avanzaron 50 kilómetros. Durmieron unas pocas horas y siguieron
adelante al mismo paso... largas marchas y cortos descansos.
La mañana de 4 de abril, Peary dirigió una visual con el sextante.
Operación difícil a causa del estado de sus ojos. Tanto él como
Henson padecían la ceguera de las nieves y con los globos de los
ojos ulcerados era una tortura quitarse los anteojos ahumados para
mirar a simple vista el instrumento. Tras largo y cuidadoso estudio
y muchos cálculos con papel y lápiz, Peary dijo:
—Estamos a 89 grados.
¡Solamente a un grado del polo! Su meta distaba apenas 100
kilómetros. Siguieron rumbo al norte llevando los perros al trote.
Cuarenta kilómetros avanzaron ese día, 25 el siguiente. Según sus
cálculos, les faltaba sólo una marcha para llegar.
Henson trotaba al lado de su trineo sintiendo crecer a cada paso su
entusiasmo. El cansancio, las mordeduras del frío, el dolor de los
ojos lacerados, todo se olvidaba con la emoción de cada metro que
iba conquistando. Es posible que en la fiebre de esta última etapa
perdiera hasta su buen sentido... de otra manera no se explica lo
que aconteció entonces.
Llegó al borde de un canal de agua, helado recientemente, que estaba
apenas cubierto con hielo tierno. Los perros se detuvieron como
aguardando una orden. Normalmente los hubiera hecho virar al este o
al oeste en busca de hielo más firme, pero no pudiendo dominar la
impaciencia, juzgó que el hielo aguantaría.
—¡Huk! —gritó e hizo restallar la fusta.
A los pocos metros viose en apuros. La delgada capa de hielo comenzó
a ceder. Los perros se echaban y aullaban; él no quiso retroceder.
—¡Huk! —volvió a gritar dando otro fustazo. Y a medida que avanzaba
el tiro, Henson caminaba con las piernas abiertas para distribuir el
peso. Oyó en seguida un ruido raspante y vio que las cuchillas del
trineo iban cortando la delgada capa de hielo y dejando una estela
de burbujas. Azuzó a los perros frenéticamente y se echó sobre el
trineo a fin de sacarlo a hielo firme. La presión que hizo fue
fatal; se rompió el hielo y el hombre cayó en el agua. Por un
momento sus pieles se mantuvieron impermeables, pero a poco sintió
la quemadura del agua que se le colaba en las botas. Comenzó a
luchar buscando algo sólido a que agarrarse, pero la delgada costra
se rompía bajo sus brazos y el quemante dolor iba ascendiendo por el
cuerpo, cada vez más alto. Sintió una rabia salvaje contra el
destino que lo había llevado a sólo algunos kilómetros del polo para
acabar con él allí mismo.
De pronto dejó de hundirse; sintió que lo izaban y que caía sobre el
hielo firme como un pez sobre la playa. Alzó los ojos y vio la cara
cobriza y estólida de Ootah que aún lo tenía agarrado por detrás de
la kuletah.
Sin decir palabra, el esquimal comenzó a cuidarlo solícitamente: le
quitó las botas, le calentó los pies contra su propio estómago, y le
sacudió el hielo de sus pantalones de piel de oso; luego sacó un par
de botas secas del trineo y le ayudó a calzárselas.
Henson, que no sabía cómo demostrar su agradecimiento al amigo que
le había salvado la vida, lo miró sonriendo y le dijo:
—Ootah es muy forzudo.
Ooatah frunció el entrecejo desdeñando la lisonja y le respondió:
—Ootah no es piblokto como Miy Paluk, Ootah no se mete en el hielo
fresco.
A todas estas los había alcanzado el resto de la expedición y juntos
prosiguieron unos cuantos kilómetros más al norte. Entonces Peary
ordenó hacer alto y, sin manifestar la menor emoción, le dijo a
Henson:
—Matt, aquí puede ser. Hagamos una observación.
Guiñando dolorosamente los ojos inflamados, Peary se tendió sobre
una piel de oso, tomó el sextante y, poco a poco, con gran cuidado
fue leyendo los grados del cuadrante y haciendo rápidos cálculos con
papel y lápiz. Levantó la vista, miró a Henson y con la voz atiplada
por el agotamiento, dijo:
—Ochenta y nueve grados y cincuenta y siete minutos...
El polo no era más que un concepto, un punto microscópico cubierto
por un vasto mar de hielo flotante. Ningún instrumento de que
hubiera podido Peary disponer hubiera sido capaz de localizarlo con
toda precisión. Cualquier error que hubiese cometido sólo podía
significar que si en ese momento no se hallaba precisamente encima
del polo, podía muy bien encontrarse a tres o cuatro kilómetros de
él en cualquier dirección.
Desde un unto de vista práctico, los expedicionarios habían llegado
a su meta.
Sin decir una palabra más, Peary empacó sus instrumentos, se acostó
y se quedó profundamente dormido. Henson se echó a su lado, y
también se durmió al instante.
Seeglú, Eginguá, Ookeah y Ootá estaban desconcertados. ¿De modo que
eso era lo que buscaban? ¿Para llegar a eso habían viajando tantas y
tan penosas leguas? En aquel lugar no eran diferentes ni el mar, ni
el hielo, ni el cielo, que en otros tantos sitios a 200, 400 o 600
kilómetros de distancia. ¿Sería que había algo allí que no
alcanzaban a ver sus ojos de esquimales? Unos a otros se hicieron
estas preguntas, y ninguno de ellos supo responder; sus instinto les
decía que allí había algo que ellos nunca entenderían, Y no
queriendo averiguar nada más, también se echaron a dormir.
Tan sencillo y tan trivial
Al
despertar, Henson encontró a Peary sentado a su lado, erecto e
inmóvil. Recordó dónde estaban y le habló en el colmo de la
exaltación; éste volvió a él sus ojos inyectados y le dijo con voz
cansada:
—Voy a llevarme a Eginguá y a Seeglú para hacer otras observaciones.
El hombre ya no parecía el mismo. Estaba al borde de la extenuación
física; pero había algo más que eso; la llama que lo había alentado
para sobreponerse a tantos trabajos y privaciones parecía apagada.
Henson esperaba en él una reacción de felicidad y triunfo en ese
momento en que habían llegado a la culminación de sus vidas; la
ausencia de tales sentimientos le parecía inexplicable.
Se la hubiera explicado, no obstante, si hubiese visto las palabras
que escribió Peary en su diario ese día inmediatamente después de
despertar: “El polo al fin. El premio de tres siglos. Mi sueño y mi
meta de 20 años. Mío al fin. ¡No puedo creerlo! ¡Todo me parece tan
sencillo y tan trivial!”
La actitud de Peary y la de los esquimales no eran muy distintas,
después de todo.
Con los dos esquimales y un doble tiro de perros, Peary emprendió
marchas en varias direcciones haciendo observaciones y apuntando
cada vez los resultados en su diario. Al término del día escribió:
“He tomado 13 altitudes del sol o 6,5 altitudes dobles en dos
distintas estaciones, en tres diferentes direcciones, en cuatro
horas diferentes del día, y para contrarrestar los posibles errores
en los instrumentos y observaciones, he atravesado en varias
direcciones un sector de 12 al 16 kilómetros de circunferencia. En
algún momento durante estas marchas he debido pasar sobre el punto
donde el norte y el sur y el este y el oeste se funden en un solo
punto”.
Por fin Peary se dispuso a celebrar una pequeña ceremonia, llamó a
Henson y le dijo:
–Matt, haz formar a los esquimales para tomar una fotografía.
Sacó enseguida de debajo de su kooletah la bandera norteamericana
llena de remiendos y empapada en sudor, que por tantos años llevara
envuelta en el pecho, y del trineo sacó otras cuatro banderas y su
banderola universitaria para que los esquimales las sostuvieran en
alto, y ordenó a Henson:
—Clava las Estrellas y las Barras aquí, Matt.
Henson llevó la bandera a un montículo de hielo, hundió el asta en
la quebradiza superficie e instruyó a los esquimales para que dieran
con él tres gritos. Con esto quedó concluida la ceremonia, pasó el
momento del triunfo y los expedicionarios tomaron el único rumbo que
les era posible tomar... el del sur.
Todo, a excepción de alimentos, combustibles y herramientas,
quedaría abandonado: la trocha estaba abierta, los igús los
esperaban. Pero tendrían que hacer dobles marchas en todo el
trayecto de 650 kilómetros. Esto es: por la mañana recorrerían la
distancia previamente recorrida en un día de viaje al norte y
después del almuerzo harían otra jornada igual. Si dejaban de
cumplir tan fatigante itinerario, aunque fuera por una sola marcha,
se expondrían al peligro de encontrar brechas de agua que les harían
inaccesible la tierra firme.
Peary abrió la marcha solo a pie, mas a la hora de camino
trastabilló y estuvo a punto de caer; se irguió y haciendo un
supremo esfuerzo siguió adelante, pero a poco volvió a tambalearse.
Henson corrió en su auxilio; lo levantó y lo mantuvo erguido. Por el
rostro de su comandante, ennegrecido y apergaminado por el hielo y
el sol rodaban las lágrimas que al helarse dejaban de correr; el
dolor que sentía en los ojos, casi ciegos, era insoportable.
Sus compañeros llevaron un trineo, colocaron en él a Peary y lo
cubrieron con pieles. De esta manera viajó hacia el sur, aunque no
sin protesta. Todas las mañanas salía muy temprano del campamento y
comenzaba a caminar adelante, mas cuando los trineos lo alcanzaban
ya había gastado sus escasas reservas de energía y se dejaba llevar
de ellos.
Los azotó la tormenta; el sol se hacía más cegador cada día: su
principal zozobra, no obstante, era la Gran Brecha: si la
encontraban abierta estaban perdidos. Ese temor los acicateaba y los
hacía andar y andar cumpliendo el itinerario que se habían impuesto.
El 18 de abril los perros estaban casi exánimes y al fin tuvieron
que concederles algún descanso. Ya se divisaban al frente nubes
formadas sobre la tierra. La Gran Brecha estaba cerca.
El 20 de abril Peary cayó enfermo. Tenía fiebre, le dolía la
garganta y no podía conciliar el sueño. Sin embargo, permitió que se
detuvieran. Al día siguiente llegaron al borde de la Gran Brecha.
¡Estaba helada! Pasaron sobre el hielo y dos días después pusieron
las plantas sobre la tierra bendita.
En memoria de Mattew Henson
El
Rooselvet zarpó rumbo al sur el 18 de julio y arribó a Etah, en
Groenlandia, sin contratiempo. Hubo momentos de gozo cuando las
tribus esquimales dieron la bienvenida a los héroes de su propia
raza que también habían ido al polo. Pero en medio de la alegre
reunión se supieron noticias alarmantes por boca de Harry Whitney,
deportista que había pasado el invierno cazando en esas latitudes.
Díjoles Whitney que, poco después de la salida de Rooselvet hacia el
norte el pasado otoño, el Dr. Frederick Cook había pasado por Etah,
procedente del norte, dando a entender que había llegado al polo.
Los expedicionarios, pasmados, no lo creyeron. Cook era el médico
que había acompañado a Peary en su primera expedición a Groenlandia.
Los dos se habían cruzado en su camino en varias ocasiones desde
entonces, no siempre amistosamente. En 1906 Cook había anunciado su
ascensión al monte McKinley por la formidable cresta nordeste, pero
no presentó pruebas satisfactorias de esa hazaña.
¿Habría efectuado en realidad el viaje al polo norte? Whitney sólo
podía dar pocos detalles. Alegaba Cook que había llegado al polo
partiendo del cabo Tomás Hubbard desde donde había efectuado el
viaje de ida y vuelta en compañía de sólo dos esquimales. Peary hizo
notar inmediatamente que esa ruta era 800 kilómetros más larga que
la que él había tomado. Sin embargo, pretendía haberla recorrido sin
auxilio alguno y llevando provisiones y elementos en sólo dos
trineos. La experiencia de toda una vida le decía que eso era
imposible.
Los expedicionarios descartaron aquel cuento como uno de tantos
rumores de la región ártica, y como tal quedó confirmado poco
después, cuando Henson interrogó a los dos esquimales que habían
acompañado a Cook, en presencia de Peary y MacMillan. Ellos dijeron
haber hecho sólo una marcha adentro del mar Polar, en donde se
quedaron dos noches y regresaron después. Según uno de ellos siempre
habían tenido tierra a la vista, siempre.
Aun en su avance más septentrional, Cook había estado por lo menos a
800 kilómetros al sur del polo, según los cálculos de Peary y sus
compañeros. Suspiraron con alivio. Whitney debió de entender mal a
Cook; no era posible que hubiese intentado un engaño tan burdo.
Pero se equivocaban. Cook insistió en su pretensión. En efecto,
cuando el Rooselvet todavía navegaba hacia su puerto de origen, el
médico llegaba a Dinamarca y era recibido por el Rey y condecorado
con una medalla de oro por la Real Sociedad Geográfica Danesa.
Peary no se inmutó, permaneció altivo y desdeñoso, pero juzgó
erradamente el sentimiento popular. En verdad, había perdido el
favor del público en los pasados 22 años de continuos intentos y
fracasos. En cambio, Cook era una cara nueva; no tenía equipos
llamativos, ni patrullas auxiliares, ni capitalistas que apoyaran su
expedición. La gente deseaba creer que era él quien había
descubierto el polo. Para el público, Peary era el mentiroso.
La vuelta de Cook a los Estados Unidos fue triunfal, en tanto que
Peary y su puñado de héroes sufrían los vejámenes más despiadados.
La injusticia llegó al colmo el 2 de octubre de 1909, cuando el
Rooselvet tomó parte en la celebración del viaje de Robert Fulton
por el río Hudson en su Clermont. Ese día Peary y sus compañeros al
surcar el río a bordo de su barco fueron recibidos con una rechifla
popular. Cook envió las “pruebas documentales” de su descubrimiento
a la Universidad de Copenhague. El 19 de enero de 1910, la
universidad anunció... “los documentos no dan prueba alguna de que
el Dr. Cook haya llegado al polo norte” Privadamente, los miembros
de la comisión investigadora fueron más francos. El Dr. Knud
Rasmussen, que originalmente había apoyado a Cook, dijo: “Eso fue un
escándalo... los papeles enviados a Copenhague son desvergonzados”.
Cook, prudentemente, fue a vivir a la América del Sur y desde
entonces cambió la suerte de Peary. En todas partes fue aceptada su
bien documentada reclamación y al cabo de diez años se retiró de la
armada norteamericana con los honores de contralmirante, tan bien
merecidos. Cuando murió, a la edad de 63 años en 1920, había
conquistado su seguro puesto en la historia: el primer hombre que
llegó al polo norte.
No sucedió lo mismo con Mattehw Henson. Tras de desembarcar en Nueva
York volvió al lado de su esposa Lucy y más tarde consiguió un
modesto empleo en las aduanas. Aunque todos sus compañeros lo
calificaron de “el hombre indispensable” de la expedición, esas
alabanzas recibieron poca atención. En efecto, durante la polémica
suscitada por Cook, Peary se hizo acreedor a severas críticas por
haber llevado consigo a un hombre carente de toda preparación
científica. Los críticos pasaron por alto los conocimientos
prácticos del negro en el arte de la supervivencia. Sin la ayuda de
Henson y los esquimales que lo acompañaron al polo, Peary nunca
habría podido llegar allá.
Después de la muerte de Peary, el gran defensor de Henson fue Donald
MacMillan quien logró hacer reconocer en algo los méritos del negro,
ya de avanzada edad. Lo hicieron socio de varios clubs; le
concedieron la Medalla de la Marina y lo honraron con sus saludos
los presidentes Truman y Eisenhower. El último tributo se le rindió
en 1961 con una placa de bronce colocada en su honor en el capitolio
de Maryland, tributo que no alcanzó a disfrutar en vida, pues murió
el 9 de marzo de 1955, a los 88 años de edad.
No obstante, la memoria de Matthew Henson perdura entre los
esquimales, que se transmiten de generación en generación la leyenda
de Miy Paluk. El cazador que tuvo la fortuna de conocerlo
personalmente se siente orgulloso y cuenta a los demás como solía
conducirlos en las grandes expediciones de caza, cómo solía
despertarlos y hacerlos salir de sus iglús con aquel grito suyo
“Aduló, aduló”... y todavía ríen al recordarlo.
La exótica palabra forma hoy parte del vocabulario esquimal... No
tiene significado específico, pero como los esquimales todavía ríen
y cobran ánimo al oírla, ha llegado a ser entre ellos una expresión
que sirve para dar ánimo e infundir calor. Así es como la memoria de
Matthew Henson se conserva hoy todavía viva entre el pueblo que él
tanto amó.