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Groenlandia
Donde el mundo se acaba

Ricardo López Valverde, nuestro especialista y una de las personas que mejor conoce Groenlandia y los inuits, ha escrito  este bonito libro donde se recogen los aspectos culturales, históricos, tradiciones y hacia donde va este enigmático y desconocido pueblo.



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Una llamada al mundo,

Nosotros los Inuit somos pocos en números – hay 150.000 de nosotros residentes en el Norte de Canadá, Alaska, Groenlandia, y Chukotka en el Lejano Oriente ruso – pero ocupamos y utilizamos millones de kilómetros cuadrados de tierra y océano en el Artico. Pese al rápido cambio social y económico en la región, la nuestra sigue siendo una cultura basada en la tierra, fuertemente dependiente del “alimento natural”, principalmente mamíferos marinos tales como focas, morsas y ballenas.

A fines de los años 1980, una investigación preliminar al norte de Québec y al sur de la isla de Baffin sugirió que muchos Inuit en el norte del Canadá tenían muy altos niveles de bifenilos policlorados (BPC) y DDT en la sangre y los tejidos lípidos. El Programa de Contaminantes del Norte Canadiense (NCP) – en el cual los Inuit, los Dene y las Yukon First Nations participaron activamente – generó abundantes datos estadísticos a través de los años 1990, demostrando que el problema era resultado del transporte a gran distancia de contaminantes orgánicos persistentes (COP) originariamente liberados al medio ambiente en tierras tropicales y templadas. Una vez que llegan al Artico, los COP degradan muy lentamente y bioacumulan, particularmente en la cadena de alimentación marina. Nosotros los ingerimos al comer lo que cazamos. El Informe de Evaluación de Contaminantes Articos Canadienses de 1997 publicado por el NCP revela que los niveles de ciertos COP en algunos Inuit es 10 a 20 veces más alto que en la mayoría de las regiones templadas, con muy inquietantes implicaciones para la salud pública.

Estos y otros datos estadísticos generados en el Artico, principalmente por Canadá, respaldaron el argumento a favor de una Convención mundial. El Informe sobre el Estado del Medio Ambiente Artico de 1997, publicado por el Consejo Artico de ocho naciones, convenció a muchos de la necesidad de una acción mundial y encomendó a Suecia y Canadá, en particular, presionar al Consejo de Administración del unep para auspiciar las negociaciones correspondientes. Los pueblos indígenas del Artico participaron desde el principio hasta el fin de las negociaciones como una coalición, que incluía al pueblo inuit representado por la Conferencia Circumpolar Inuit, la Nación Dene y el Consejo de las Yukon First Nations. Llevamos nuestros valores, intereses y preocupaciones a la atención de los encargados de adoptar decisiones mediante comentarios sobre la ciencia de los COP e intervenciones desde la sala, en talleres especiales, y a través de los medios de información. Personalmente, actué en calidad de portavoz para la coalición en todas las negociaciones sobre los COP.

Por otra parte, intervine en las negociaciones mundiales sobre los COP en Nairobi para ayudar al público a comprender lo que significan los niveles de contaminación encontrados en el Artico para el pueblo inuit y para el mundo en general.

“Imaginen por un momento las emociones que ahora sentimos: disgusto, pánico, dolor, al descubrir que lo que comemos – el alimento que por generaciones nos ha nutrido y nos mantiene física y espiritualmente – ahora nos está envenenando. Ustedes van al supermercado para conseguir alimentos. Nosotros salimos a la tierra a cazar, a pescar, y a recoger. El medio ambiente es nuestro supermercado.

“Cuando damos el pecho a nuestros bebés, les hacemos beber un cóctel químico tóxico que presagia desórdenes neurológicos, cánceres, enfermedad renal, disfunción reproductiva. El hecho de que las madres inuit – lejos de las zonas en que se fabrican y se utilizan los COP – tengan que pensar dos veces antes de amamantar a sus infantes sin duda es una llamada para despertar al mundo.”

Canarios en la mina
En todas las negociaciones recordamos a los delegados, cortés pero firmemente, que para nosotros, los COP son una cuestión de cultura y salud pública así como de seguridad ambiental. Y también sugerimos que, en efecto, los Inuit éramos indicadores de la salud del mundo, canarios en la mina.

Recomendamos que la Convención se comprometiera a eliminar, más bien que manejar los COP, que fuera exhaustiva y guiada por la ciencia, y que su implementación por los Estados fuera verificable. Deseábamos ver una Convención que haría una diferencia a largo plazo, una Convención con verdadero poder. Menos que esto no garantizaría nuestra salud ni la supervivencia de nuestra cultura.

Fue mucho lo que aprendimos durante las negociaciones. Inicialmente, los Estados y las organizaciones no gubernamentales habían demostrado gran ignorancia respecto a nuestra situación en el Artico y de nosotros como un pueblo. Con el tiempo esto cambió, en gran parte como resultado de nuestras repetidas intervenciones. Finalmente, la mayoría de los Estados comprendían y simpatizaban con nuestra situación difícil y se mostraron ansiosos de ayudar, no obstante la presencia de miembros de los grupos de presión de la industria química. El unep mismo – y el Director Ejecutivo Klaus Toepfer – aprovechó toda posible oportunidad para recordar a los delegados la necesidad de encarar nuestros problemas.

La talla de una madre inuit con su hijo, que yo había obsequiado a Klaus Toepfer en Nairobi, se convirtió en la “conciencia” de las negociaciones, sentada en la mesa del presidente en todas las sesiones. Muchos negociadores me dijeron en un aparte que estaban muy complacidos de que esta talla era la imagen central del sitio en el web del unep sobre los COP. Varios gobiernos anfitriones nos ofrecieron oportunidades para ilustrar las conexiones culturales entre los COP, nuestro alimento nacional, y nuestro modo de vida. El Gobierno de Alemania, por ejemplo, trajo a un conocido grupo de bailarines y cantantes tradicionales inuit canadienses para actuar ante los negociadores en Bonn. Esto atrajo muy útil atención de los medios y los políticos. Para mí significó mucho que mi hija fuera una de las intérpretes, mostrando, celebrando y defendiendo su cultura.

Los medios de la corriente general tienen poco conocimiento del Artico. No obstante, escucharon lo que teníamos que decir y reportaron nuestro caso y nuestro problema con bastante exactitud. La BBC, por ejemplo, vino a Iqaluit, la capital de Nunavut, para un seguimiento de reportes anteriores. Llevamos a su corresponsal en Washington a una caza de focas. El no tardó en entender los vínculos conceptuales que estamos tratando de hacer comprender con tanta insistencia a los negociadores en las grandes y tenebrosas salas de conferencia. Las organizaciones medioambientales utilizaron su habilidad técnica y sus conexiones para reforzar nuestros esfuerzos de promoción y defensa.

Nuestras perspectivas inuit y árticas trascienden las agrupaciones negociadoras regionales establecidas. Nosotros apelamos a todas por igual, y tratamos de hacerlo desde una “altura moral”. Cosa igualmente importante, nos negamos a aparecer como “víctimas”, un rol que algunos gobiernos nos alentaron a asumir. Cuando se tornaron polémicas las medidas para controlar el uso de DDT, enfrentando al Norte contra el Sur, nosotros declaramos claramente que los Inuit se negarían a formar parte de un acuerdo que amenazaba la salud de otros. Con la experiencia de haber sido decimados por la viruela y otras enfermedades introducidas en los primeros años del siglo xx, simpatizamos fuertemente con los habitantes en países tropicales que pierden miles de personas por año víctimas de malaria.

Somos un pueblo de sólo 150.000 habitantes, pero los COP amenazan nuestra misma existencia cultural. Por tal razón, insistimos en la creación de una Convención que se ocuparía de los problemas de salud pública de las madres en todas partes del mundo. Nuestra promoción y nuestra defensa venían del corazón así como de la mente, pero evitamos las políticas con frecuencia estridentes de “echar culpa”. La manera inuit es ocuparnos de políticas de influencia, no de las políticas de protesta.

Financiamiento y apoyo
Desde el comienzo de las negociaciones estaba claro que haría falta dinero para implementar obligaciones. Nosotros emprendimos tres iniciativas relacionadas financieramente. En primer lugar, hicimos presión ante el Gobierno de Canadá, con el cual tenemos relaciones estrechas y cordiales, para anunciar su financiamiento en apoyo de la implementación de la Convención sobre los COP. Canadá anunció una contribución de 20 millones de dólares en las penúltimas negociaciones en Bonn, dinero actualmente mantenido en un fondo de fideicomiso en el Banco Mundial,.

En segundo lugar, hicimos presión ante el Gobierno de Canadá y todos los gobiernos árticos para proponer nuevas instituciones para trabajar con los países en desarrollo con el objetivo de llevar a cabo proyectos de remedio y monitorear la implementación. De esta manera contribuimos en forma significativa a la aceptación de la Red de Asistencia de Capacitación (CAN) que acabó por incluirse en la Convención.

Por último, y a solicitud de la Secretaría del Fondo para el Medio Ambiente Mundial, nosotros – junto con la Asociación Rusa de Pueblos Indígenas del Norte y el Programa de Monitoreo y Evaluación del Consejo Artico – preparamos un programa de investigación para establecer los niveles de COP en el alimento nacional (natural) en Rusia Artica. Este programa fue luego financiado por el FMAM, seis de los Estados Articos, y varias fundaciones canadienses, y fue anunciado repetidamente durante las negociaciones.

El 23 de mayo de 2001, representantes de la mayoría de los gobiernos del mundo se reunieron en Estocolmo para firmar la Convención. La misma es importante como un intento de liberar al mundo de productos químicos tóxicos clave, eliminar gradualmente y/o prohibir el uso y la generación de diversos COP, con la perspectiva de agregar otras sustancias en el futuro. Pero también es única por otras razones. Al declarar sus objetivos de “proteger la salud humana y el medio ambiente de los COP”, el preámbulo, extraordinaria y acertadamente, señala en particular a los pueblos indígenas y el Artico.

Su texto dice que: “Reconoce que los ecosistemas árticos y las comunidades indígenas se encuentran en riesgo particular debido a la biomagnificación de los contaminantes orgánicos persistentes, y que la contaminación de sus alimentos tradicionales constituye un problema de salud pública.”

Muchos países se han comprometido a ratificar la Convención con anterioridad a la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible a celebrarse en Johannesburgo en septiembre de 2002.

En la ceremonia de la firma en Estocolmo, Klaus Toepfer nos agradeció por nuestros esfuerzos en apoyo de una Convención mundial sobre los COP. Reconoció que nuestra intervención había sido una ayuda. Su reconocimiento fue importante y elevó nuestro espíritu. Los Inuit hemos recorrido mucho camino en muy poco tiempo.

Robert Peary, el famoso explorador polar americano, dijo en cierta ocasión refiriéndose a los Inuit: “¿Cuál es el valor de esta gente para el mundo? No tienen una cultura digna de mención, ni un idioma escrito. Ellos valoran la vida únicamente como un zorro o un lobo.”

Nosotros hemos demostrado nuestro valor al mundo y esperamos – y es nuestra intención – hacerlo nuevamente con respecto a otros problemas mundiales de importancia en el Artico. Somos capaces de hacerlo porque podemos aprovechar y basarnos en nuestro patrimonio cultural rico y diverso. La caza y la pesca siguen brindándonos lecciones de gran relevancia. Seguimos siendo guardianes del medio ambiente natural. Al continuar orientándonos en el rápido cambio social resulta sumamente adecuado que el pueblo inuit ofrezca su consejo al mundo en asuntos que afectan la salud de nuestro planeta.

Sheila Watt-Cloutier. Presidenta de la Conferencia Circumpolar Inuit.

¿De qué enferman los inuit y los osos?

Los pueblos nativos, los grandes mamíferos y la vida marina de la región polar están sufriendo las consecuencias de la contaminación ambiental de las grandes ciudades del Norte.


Si alguien nos preguntara cuál es la zona del planeta menos contaminada, seguramente contestaríamos que el desierto del Sahara o los casquetes polares. Siempre se pensó que la región del Ártico, sin industrias, ni núcleos urbanos y apenas habitada por escasas tribus esquimales, era un sitio prístino, virgen e impoluto. La naturaleza estaría intacta y la pureza de sus aguas y de su biota debería ser un patrón de referencia para comparar con otras zonas contaminadas del planeta. Pero cuál fue la sorpresa de los científicos cuando comenzaron a analizar muestras de aguas y animales árticos y se encontraron con valores de contaminantes a veces superiores a los de algunas grandes ciudades industriales. Al principio se pensó que las muestras se habían contaminado con otras en el laboratorio o con alguna fuente externa durante el transporte, pero pronto hubo que descartar tal hipótesis. No cabía la menor duda: el casquete polar ártico está contaminado. ¿Cómo es posible?
La respuesta está en la globalización de los contaminantes. Hoy se sabe que los productos químicos generados en cualquier punto del planeta se dispersan por todas partes y que el resultado de la contaminación puede agudizarse en zonas muy alejadas del foco productor y allí llegar a ser crítica.
Los inuit, aun no utilizando, por ejemplo, DDT (Dicloro-Difenil-Tricloroetano), lo lleven en la sangre. La explicación radica en el tradicional menú inuit: en agua hirviendo cuecen unos trocitos de grasa de ballena, unas rodajas de umbra del ártico y carne de caribú. Esta dieta a base de pescado y grasa de ballena, carnes de foca y caribú, ha acompañado a los inuit desde la noche de los tiempos y a lo largo de cientos de generaciones, permitiéndoles sobrevivir en el clima mas gélido del planeta. La grasa es esencial en la dieta de los inuit, con cerca del 60% de la ingesta total diaria. El problema es que las grasas de todos esos animales tienen altos contenidos en los considerados doce peores tóxicos químicos del mundo, una lista que incluye el DDT, varios PCB (Policloro-bifenilos), BFR (retardantes de llama con bromo), dioxinas, benceno, tolueno, mercurio y plomo. En 1992 los primeros estudios de sangre de madres inuit de la región entre Alaska y Groenlandia fueron sorprendentes: los niveles de DDT y PCB eran superiores a los medidos en madres de grandes ciudades europeas y norteamericanas. Estos altos niveles tóxicos pueden causar cáncer, dañar el sistema reproductivo o neurológico y producir anomalías en el sistema inmunitario.

Por Juan Carlos Mirre. www.larevistadigital.com


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