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Pobladores del Ártico,
Todavía, en algunas
zonas del Artico, como en Groenlandia, el tiempo parece haberse
detenido. Cinco sextas partes del territorio permanecen
permanentemente sepultadas bajo la pesada capa de los hielos. Sin
embargo, a pocos kilómetros de distancia, la naturaleza trabaja a una
velocidad asombrosa. La isla de Surtsey, un escollo desnudo de tierra
oscura, emergió junto a Islandia en 1.963, cuando columnas blancas y
negras de cenizas y vapor se alzaron a más de 30 metros sobre el nivel
del mar.
La misma Islandia
es una tierra de hielo y fuego. La octava parte de su superficie esta
cubierta por glaciares. El resto de la isla, en cambio, recuerda un
áspero paisaje lunar, pues hay en ella 30 volcanes activos. El hombre
se ha instalado sobre las exiguas franjas de terreno verde que rodean
la costa y los fiordos. El pueblo islandés está formado por los
descendientes de celtas y vikingos. Los primeros colonos fueron
probablemente celtas procedentes de Irlanda. Mas tarde, en los siglos
IX y X, llegaron los vikingos de Noruega. Tras ellos vinieron también
monjes celtas y esclavos capturados en Escocia. Cuando los glaciares se retiraron de Europa y Asia, el hombre avanzó al mismo ritmo hacia el norte hasta que pobló completamente las regiones de bosques y tundras. Este antiguo pueblo era moreno, de baja estatura,
y de rasgos físicos
mongoloides. Algunos de sus descendientes, los Chukchis, viven aún en
la Siberia nororiental. Las zonas septentrionales de Europa y la
Siberia occidental fueron luego ocupadas por pueblos ugrofineses. Sus
descendientes, los lapones, se extendieron por toda la península
escandinava y hacia el oriente, hasta el mar Blanco. Hoy la mayor
parte de los lapones viven en Noruega, pero se encuentran grupos más
pequeños también en Suecia, Finlandia y Rusia.
Los esquimales,
como raza, están emparentados con los antepasados asiáticos de los
chukchis. Miles de años antes de nuestra era, probablemente hacia el
4.000 a.C., los pueblos que entonces vivían en las llanuras orientales
de Siberia fueron empujados hacia el norte y el este por hordas
belicosas provenientes del centro de Asia. Los habitantes de la
llanuras siberianas eran cazadores de renos que nada sabían del arte
de la guerra. Ante la continua presión de sus feroces vecinos,
terminaron por cruzar el estrecho de Bering, y así llegaron a Alaska.
Algunos de ellos se establecieron en las islas Aleutianas;
extendiéndose de una isla a otra, avanzaron aún más hacia occidente,
pero nunca se atrevieron a cruzar el ancho brazo de mar que los
separaba de las islas Komandorskiye. Los habitantes de las islas
Aleutianas quedaron bien pronto aislados del resto de su pueblo y
desarrollaron su propia cultura. A diferencia de los demás pueblos
árticos, no tuvieron que adaptarse a un ambiente de nieves y de
hielos. El mar de aquellas islas no se hiela. El clima es frío, húmedo
y nublado, pero las precipitaciones de nieve son escasas.
El resto de los
pueblos provenientes de Siberia encontró que Alaska estaba ocupada por
los antepasados de los indios americanos. Al encontrar este obstáculo,
los esquimales se vieron obligados a adentrarse en las tundras hasta
que encontraron tierras libres. El etnólogo Knud Rasmussen ha
designado a estos pueblos como protoesquimales.
Los primeros
pueblos protoesquimales se dirigieron a través de la cordillera de
Brooks, en el norte de Alaska, hasta alcanzar el Gran Lago de los
Osos. Estas llanuras onduladas dieron probablemente a aquellos
emigrantes la sensación de hallarse nuevamente en su antiguo país. La
tundra que se extiende al norte y al este del Gran Lago de los Osos
recuerda efectivamente las desnudas estepas de la Siberia
septentrional. Incluso la fauna debía de serles familiar. El zorro
blanco, el lobo, el lemming y el caribú, al igual que muchos otros
animales, son los mismos en Siberia que al norte de Canadá. Para un
pueblo cuya forma de vida había estado basada en la cría del reno no
existía ninguna dificultad en hacer lo mismo con el caribú, que está
emparentado con aquel.
Muchos años más
tarde, hacia el siglo XVIII d. de C., un nuevo factor vino a perturbar
la existencia de los esquimales de la tundra. Estos pueblos que habían
preferido permanecer en las llanuras del interior, fueron sometidos a
presiones cada vez mayores por parte de las tribus indias del sur.
Armados con los fusiles recibidos de los comerciantes europeos, los
indios de las praderas comenzaron a adentrarse en los grandes bosques
canadienses, trasladándose hacia el norte. Los indios cree, que habían
sido expulsados de las llanuras, entraron en conflicto con sus vecinos
del norte. Estos, que hasta entonces habían vivido en los grandes
bosques, se vieron obligados a trasladarse más al norte, a la región
de la tundra, donde terminaron por adaptarse a las costumbres de los
cérvidos migratorios.
En estas
condiciones fue inevitable que los indios usurparan las tierras de los
esquimales, e igualmente inevitable que corriese la sangre. Las
historias sangrientas de aquellos tiempos se reflejan en el actual
folklore de los esquimales del interior. Esta feroz lucha entre ambos
pueblos por su supervivencia continuó hasta casi el final del siglo
XIX. Sin embargo, fue un combate desigual, pues los esquimales no eran
guerreros. Como había ya sucedido en Siberia, fueron empujados hacia
las extensiones árticas, esta vez por los indios. En su folklore
encontramos narraciones de las grandes expediciones en busca de nuevas
tierras donde establecerse. Algunos fugitivos se dirigieron al norte,
en dirección a la costa. Estos grupos se establecieron en la costa
ártica alrededor del golfo de la Coronación, donde desarrollaron una
nueva cultura más adaptada al ambiente marino. Los grupos restantes se
dirigieron en cambio hacia el este, adentrándose cada vez más en las
Barrend Lands.
De esta manera, la
cultura de los esquimales tuvo diversos desarrollos en función de las
migraciones y la mezcla con los grupos locales. Con el transcurso del
tiempo, sus descendientes, que habían aprendido a luchar con el mar,
se dirigieron a occidente hasta la costa del Pacífico en Alaska y a
oriente hasta Groenlandia. Actualmente los seres humanos que viven
permanentemente más al norte de nuestro planeta son los esquimales del
Polo. Esta tribu habita en la Tierra de Inglefield, al norte de
Groenlandia. Los esquimales de la Groenlandia oriental viven alrededor
de Angmagssaliq y de la Tierra del Rey Cristian IX. Los groenlandeses
del oeste habitan en la costa occidental, sobre todo en la zona
situada entre la bahía de Melville y el cabo Farvel.
Pero hubo algunos
que se obstinaron en permanecer en las llanuras, donde habían vivido
desde los albores de su historia. El último grupo de esquimales, por
fin, se asentó definitivamente en la vasta estepa helada que se
extiende al nordeste de la Bahía de Hudson junto a los lagos Dubwant,
Yathkyed y Angikuni, en el distrito de Keewatin.
Los primeros
europeos llegaron a la bahía de Hudson en el siglo XVII. En aquella
época los esquimales del interior llevaban ya muchos años establecidos
en la región de las tundras. Toda esta región, desde el límite de los
grandes bosques de abetos hasta las costas árticas, estaba en manos de
un gran número de esquimales del interior, quienes para su
supervivencia dependían totalmente del caribú.
Durante los dos
siglos siguientes, mientras los europeos destruían o transformaban el
modo de vida de muchos esquimales e indios de la costa, los pueblos
del interior permanecieron fuera de su radio de acción. Y, sin
embargo, aunque indirectamente, el hombre blanco fue causa de cambios
en su existencia tradicional. Desde sus primeros y antiquísimos
contactos, los esquimales y los indios chipewyan se habían mantenido
siempre a respetable distancia los unos de los otros. Ninguno de los
dos pueblos era particularmente belicoso y, aparte de algunos
incidentes aislados, habían preferido dejar una amplia zona de
territorio deshabitado que los separase. Luego los chipewyan
comenzaron a cambiar sus bienes por armas. De esta forma, antes de
terminar el siglo XVIII, los esquimales se vieron expulsados de las
tierras donde habían vivido durante cientos de años.
Pero el dominio de
los indios sobre las tierras del norte fue efímero. Las enfermedades,
especialmente la viruela, procedentes del sur diezmaron tribus enteras
de indios.
El número de
esquimales del interior sobrepasaba en aquellos tiempos la cifra de
2.000. Estos se llamaban a sí mismos ihalmiut, palabra que
significa "el otro pueblo", es decir, los que están separados y son
superiores a todos los demás. Y, en efecto, era difícil vivir más
aislados que ellos.
El primer contacto
con los blancos tuvo lugar en 1.867, año en que un misionero pudo al
fin llegar a su remoto territorio. A partir de aquella fecha pequeños
grupos de audaces cazadores esquimales empezaron a comerciar con los
misioneros y con el puesto de la Compañía de la Bahía de Hudson, en
Reindeer Lake.
Fue de nuevo el
hombre blanco quién destruyó la feliz existencia de estos esquimales.
En 1.947 el puesto comercial de Reindeer Lake emitió un mensaje
anunciando que algunos de los habitantes del interior, exactamente 46,
estaban a punto de perecer de hambre. ¿Como era posible que un pueblo
antes rico y próspero se hallara ahora reducido a la más absoluta
miseria?
Los comerciantes y
los cazadores de pieles habían visto las intactas riquezas de aquellos
territorios con los mismos ojos del buscador que piensa en un rico
filón escondido entre las montañas. La Compañía de la Bahía de Hudson
había sido la única propietaria legal hasta el siglo XIX de casi todo
el Canadá septentrional. Los ingresos de la Compañía en el norte
provenían del comercio de pieles, proporcionadas casi exclusivamente
por indios y esquimales. Los comerciantes convencieron a los pueblos
del norte de que la caza de las pieles de zorro era más provechosa que
la búsqueda de alimento. Los indios y los esquimales no tardaron mucho
en comprender que proporcionar pieles a los blancos a cambio de
fusiles, municiones y harina era más faácil que ir a la caza de
caribús o de focas armados con simples lanzas. Fue así como en pocos
decenios perdieron la tradicional costumbre de hacer acopio de carne
desecada para afrontar los periodos de carestía. Pero cuando el
comercio dejó de producir píngües ganancias, cuando el precio de la
piel cayó en los mercados europeos y americanos, los comerciantes se
marcharon. La nueva forma de vida que habían enseñado a esta gente
resultó su ruina. Habían olvidado como se fabricaban las tradicionales
armas de sus padres, y, sin las municiones de los comerciantes, los
fusiles eran inútiles. Otro mal que el hombre blanco había introducido
entre los esquimales fueron las enfermedades. Muchísimos indios y
esquimales murieron a causa de la gripe, la difteria, la poliomielitis
y la tuberculosis.
Hasta los animales
del Artico sufrieron las consecuencias de este proceso. Los caribús
fueron exterminados por el efecto combinado de la caza desenfrenada y
la destrucción de su hábitat; en efecto, enormes extensiones de bosque
fueron taladas e incendiadas, y los musgos y los líquenes, que
bastaban por sí solos para garantizar la supervivencia de las manadas
durante todo el invierno. desaparecieron junto con los árboles.
Sólo en 1.958 el
mundo conoció en toda su crudeza la verdadera situacón de los
esquimales del Canadá; su vida media apenas llegaba a los 25 años, la
mortalidad infantil era superior a un 26% y uno de cada ocho estaba
enfermo de tuberculósis.
Hasta finales de la
década de los 50 la mayoría de los canadienses y de los americanos,
estaban acostumbrados a considerar el Artico como una extensión de
tierras inútiles y estériles. Pero cada vez era mayor la convicción de
que debajo de la capa helada del Artico se escondían extraordinarios
recursos susceptibles de aprovechamiento económico. El descubrimiento
de los vastos yacimientos minerales del Artico, sobre todo de
petróleo, dieron origen a lo que sería otra fiebre del oro. Al mismo
tiempo esta región del globo había adquirido también una gran
importancia estratégica, y consecuentemente fue pronto escenario de
una intensa actividad militar. En plan experimental algunos esquimales
fueron contratados para trabajar en las minas de níquel. Al cabo de
dos años, que hasta entonces no habían conocido una sociedad más
compleja que la de cazadores de focas y zorros, habían traspasado la
barrera del tiempo y ejecutaban con eficiencia casi todas las
operaciones de la minería.. Desde 1.965, la base de la sociedad
esquimal - la caza con trampas - ha desaparecido prácticamente. Casi
todas las familias de esquimales del Canadá viven actualmente en
campamentos costeros montados y organizados por el gobierno. Por
desgracia, no han tenido verdadera oportunidad de organizarse una
existencia en el mundo tecnológico moderno, con la consecuencia de que
hoy la mayoría, incapaz de volver a las costumbres de los viejos
tiempos y sin ninguna otra salida profesional, vive de la limosna y de
las ayudas del gobierno. Para los esquimales de Alaska, sin embargo,
el cambio fue menos súbito y dramático. Su incorporación a la economía
de mercado y a la sociedad blanca de la frontera comenzó hace ya dos
generaciones. Pero también en Alaska los nativos - indios o esquimales
- sufren múltiples discriminaciones.
Rusia comprendió la
importancia de las regiones árticas mucho antes que Canadá y Estados
Unidos. En Siberia existen ricos yacimientos de oro, diamantes, estaño
y otro minerales. En la década de los 50, cuando los soviéticos
comenzaron seriamente la colonización de las regiones árticas, pudo
comprobarse que estas poseían todo lo necesario para mantener y
alimentar una población en rápida expansión. La cría de los renos
proporciona actualmente una base económica a unos 12.000 chukchis y
esquimales. esta actividad es rentable pues los animales no necesitan
heno para su alimentación. ni requieren la construcción de establos.
Los esquimales de
Groenlandia han tenido más suerte, pues disfrutan de un bienestar
económico y un nivel cultural muy superior al de los demás. En 1.952
el gobierno danés anunció el proyecto de crear un estado autónomo
esquimal en Groenlandia, para lo cual se habían ya cumplido las bases
previas. En efecto, el analfabetismo había desaparecido desde la
lejana fecha de 1.860, mientras que todavía en 1.950 sólo un pequeño
porcentaje de esquimales canadienses sabían leer y escribir. desde los
comienzos de la colonización danesa en Groenlandia el gobierno había
controlado las factorías comerciales para impedir una explotación
abusiva de los esquimales.
Actualmente los
descendientes de aquellos hombres, que en épocas no lejanas cazaban
las focas con arpones, son maestros, obreros o técnicos, y desempeñan
un importante papel en la economía de Groenlandia; muchos trabajan en
la industria pesquera o prestan sus servicios en los observatorios y
estaciones meteorológicas.
Como sucede en el
resto del Artico, gran parte de Groenlandia ofrece unas condiciones de
vida demasiado duras para los europeos. Pero los esquimales han
logrado adaptarse a estas tierras a pesar del frío, pues son una raza
que ha adquirido a lo largo del tiempo la forma de vivir y de
prosperar en aquellas regiones inhóspitas.
Actualmente los
países cuya soberanía se extiende a las regiones árticas, y
especialmente las grandes potencias, han emprendido la explotación de
los recursos naturales. Una de las últimas regiones de la Tierra que hasta ahora había permanecido subdesarrollada esta adquiriendo rápidamente una nueva fisonomía. Los Inuit,
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