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Groenlandia
Donde el mundo se acaba

Ricardo López Valverde, nuestro especialista y una de las personas que mejor conoce Groenlandia y los inuits, ha escrito  este bonito libro donde se recogen los aspectos culturales, históricos, tradiciones y hacia donde va este enigmático y desconocido pueblo.



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  Robert Falcon Scott,

(Davenport, Reino Unido, 1868-en la Antártida, 1912) Explorador británico. Se hizo famoso por sus expediciones a la Antártida a bordo del Discovery. En la primera de ellas estableció los límites de la Tierra del Rey Eduardo VII y franqueó la barrera de hielo para llegar hasta los 87 grados de latitud Sur. En su segunda expedición, a bordo del Terra Nova, acompañado por Wilson, Evans, Bowers y Oates, y en dura competición con el célebre explorador noruego Roald Amundsen, pretendió ser el primer hombre en llegar al polo Sur. Alcanzó su objetivo el 18 de enero de 1912, sólo para descubrir los restos del campamento de su rival, quien había estado allí apenas un mes antes, en diciembre de 1911. En medio de la desolación general, la expedición inició el regreso, pero a partir de entonces las condiciones meteorológicas empeoraron de manera dramática y el sofisticado equipo de que disponían los expedicionarios resultó del todo inadecuado para hacer frente a las durísimas tormentas polares. Evans murió en el glaciar de Beardmore, y Oates se separó voluntariamente de la expedición, en medio de una tormenta, tras advertir que no había provisiones suficientes para todos. Los tres supervivientes continuaron su marcha, durante la cual sacrificaron los ponis y abandonaron los trineos mecánicos y, con ellos, buena parte del equipo que no podían transportar. Todo este esfuerzo fue en vano; el 12 de noviembre de ese mismo año, los equipos de rescate encontraron sus cadáveres, congelados, en una diminuta tienda, a sólo 17 kilómetros de la base. Entre las pocas pertenencias que llevaban estaba el diario de Scott, en el que se describían las terribles peripecias de la trágica expedición.

Cuando se cumplen cien años del inicio de la exploración polar más extensa jamás realizada, todavía resulta difícil interpretar adecuadamente la figura del capitán de la Marina británica, Robert Falcon Scott, quien junto a sus hombres caminó durante tres meses y medio arrastrando su trineo por el inhóspito territorio de la Antártida. Pedro Donoso ofrece este comentario en el que, al más puro estilo de una novela de Julio Verne, el diario de Scott nos revela los crudos detalles de aquella aventura inacabada.


Nuestro destino queda a merced de los dioses. No puedo pensar en nada que hayamos dejado de lado», escribe Scott en la víspera de su partida al Polo. Tras haber pasado el oscuro invierno en el campamento construido en la costa oeste del continente antártico, hasta el último detalle parece preparado. Es 1 de noviembre de 1911, el tiempo está despejado. A un gesto de Scott, la caravana de ponis se pone en marcha y comienza a adentrarse en la gran superficie blanca. Según el plan, el capitán volverá a encontrarse con los hombres que permanecen en la base a mediados de marzo del año siguiente. Todo había empezado unos años antes, cuando el capitán recibió el apoyo de Sir Clements Markham y de la Royal Geographic Society para emprender la conquista de los territorios antárticos.
Un primer viaje realizado entre 1901 y 1903 a abordo del Discovery permitió a Scott tomar contacto con la fría geografía polar, y junto a Ernest Shackleton se internó caminando sobre la nieve en busca de la ruta que les permitiera acceder a la meseta central del continente. Tras varias semanas de marcha, el extenso sistema montañoso trasantártico aparecía como un obstáculo irremontable. La falta de alimentos y los primeros signos de congelación obligaron al grupo a regresar, pero esta vez llevaban consigo valiosa información, una idea concreta de la peligrosidad del terreno y, sobre todo, la que desde ese momento sería su única obsesión: alcanzar el punto más austral del mundo.
Cuatro años más tarde, entre 1907 y 1909, Shackleton lideraría una expedición en la que se descubrió el glaciar Beardmore, un paso que comunicaba la Gran Barrera de hielo con la elevada Meseta central del continente. Haciendo un gran esfuerzo, estos hombres lograron alcanzar los 88,230 de latitud sur; pero, a sólo 179 kilómetros de su objetivo, la expedición se vio obligada a regresar. De vuelta en Gran Bretaña, el explorador recibió el título honorario de Sir, así como el reconocimiento de la comunidad científica del momento.
La relación entre ciencia y exploración continuaba la linea iniciada por los grandes viajes de los naturalistas, Humbolt o Darwin, entre otros. Aún quedaban en el mundo grandes lugares desconocidos para el hombre y era necesario llevar a cabo su reconocimiento, la clasificación de las especies autóctonas, la descripción de su geografía. Ciencia y conquista aparecían así como dos caras complementarias en el esfuerzo por dominar el mecanismo de la Naturaleza.
En 1911, el camino aparecía despejado para Scott y sus hombres. La puerta hacia el Polo había quedado abierta con el esfuerzo de Shackleton y ahora le correspondía a Scott materializar la conquista. A mediados de junio del año anterior habían zarpado de Cardiff en el Terra Nova, viejo barco que no haría las cosas nada fáciles. En octubre, al recalar en Nueva Zelanda, les aguarda, sin embargo, un mensaje que añade un nuevo riesgo a esta empresa. «Me dirijo al Sur. Amundsen». El escueto comunicado del explorador noruego deja claro que la competencia les había salido al paso, algo para lo cual Scott no estaba preparado. Su correspondencia deja ver hasta qué punto el capitán sintió como si estuvieran invadiendo un territorio que consideraba propio.

En realidad, a Roald Amundsen le correspondía dirigirse al Polo Norte, pero a medio camino debió rectificar súbitamente su rumbo porque Robert Peary se le había adelantado y en abril de 1909 clavaba la bandera norteamericana en las inmediaciones de los 900 N. Al igual que el norteamericano y a diferencia de Scott, Amundsen vivía obcecado por la idea de llegar al centro del casquete polar. Para ello había vivido entre los Inuit, adoptando su vestimenta y muchas de sus técnicas de supervivencia. Esta asimilación etnológica no tardaría en dar frutos
Por su parte, el capitán Scott era un representante de la era victoriana, miembro del entonces imperio más grande del planeta. Sus convicciones eran más próximas a la de los flemáticos observadores de estirpe, apegados al té ritual de las cinco. Ello marcaría enormes diferencias entre las dos expediciones que, en enero de 1911, acampan separadas a 200 millas, en la costa oeste de la Antártida. Para comenzar, el equipo británico cargaba abundante material de investigación, que manejarían distintos científicos, y cuya única misión consistía en desvelar hasta la última minucia de este enigmático e inhóspito territorio. Un meteorólogo, tres geólogos, un físico y un biólogo, encabezados por el más fiel compañero de Scott, el zoólogo Edward Wilson, descienden del Terra Nova y comienzan de inmediato a montar sus unidades de observación en la bahía de MacMurdo. Durante los dos años siguientes, hasta la primavera de 1913, no dejarán de anotar mediciones, clasificar peces, aves y cetáceos, describir rocas y formaciones geológicas, observar los fenómenos ópticos y el paso de las estaciones, las variaciones de temperatura, la fuerza de los vientos. Muchos datos sin embargo quedaban aún por registrar.
De hecho, las muestras geológicas recogidas por el equipo de Scott ayudarían a confirmar la tesis sobre el origen y desplazamiento de los continentes a partir de una gran masa continental —Gondwana— que con anterioridad al período Jurásico unía Arabia, India, Africa, América del Sur, Australia y la Antártida.
Tras pasar el invierno austral de 1911, recluidos en una cabaña de 15 x 7,5 metros, donde a pesar del confinamiento no faltaba cierta comodidad, los hombres que forman la expedición antártica británica saben que la llegada de la luz primaveral no sólo acaba con los meses de oscuridad y de encierro forzoso; es ahora cuando toda la preparación debe concentrarse para alcanzar el objetivo más difícil, el Polo Sur.
El 1 de noviembre, con el retraso al que obligaba el cuidado de los ponis blancos ante el tiempo inclemente, Scott se pone en marcha. Utilizados como animales de tiro por sugerencia de Shackleton, esos animales resultaron claramente inconvenientes, a pesar de lo cual Scott todavía no acababa de ceder el turno a los perros. Posteriormente este retraso en la partida tendría serias consecuencias. Por su parte, Amundsen, que contaba con un nutrido grupo de perros, había dejado su cabaña dos semanas antes y se hallaba en plena ruta al Polo. Con todo, ponis, perros y tractores mecánicos eran sólo un apoyo limitado y Scott y un grupo seleccionado de hombres deberían hacer la mayor parte del trayecto tirando ellos mismos de los trineos.

No eran grandes esquiadores, como los noruegos, los hombres de Scott, así que hallan enormes dificultades para sortear el terreno. Frente a ellos y hasta alcanzar el glaciar Beardmore, que da paso a la Meseta Central, se extiende la Gran Barrera, una superficie de poca altura que tardarán más de un mes en completar a un ritmo promedio de 20 kilómetros diarios. El avance es más difícil de lo previsto. El 10 de diciembre de 1911 alcanzan los pies del glaciar. «En este lugar donde acampamos la nieve es la peor que nunca he visto… a cada paso uno se hunde hasta las rodillas y la irregularidad de la superficie es claramente insuficiente para aguantar a los trineos», escribe el capitán.
Dos días más tarde, Scott ordena al equipo de apoyo de los perros el regreso a la cabaña y comienza la ascensión del glaciar. Las accidentadas características de una superficie rematada por salientes, desfiladeros y peligrosas grietas terminan de agriar el ánimo de Scott, que no deja de comparar su avance con las notas del diario de Shackleton y se desespera al comprobar que las condiciones son mucho peores de lo esperado. «Es una lástima que la fortuna no esté de nuestra parte, porque cada pieza del equipo funciona bien», escribe el 21 de diciembre. Al día siguiente, sin embargo, alcanzan la cumbre del glaciar, con lo que el camino se convertía en una línea recta hasta alcanzar el objetivo. Se hallaban a 850 S y habían cubierto casi dos tercios del recorrido hasta el Polo.
Nochevieja. «Las temperaturas han descendido claramente, por efecto del viento, al parecer [...] Una barra de chocolate para celebrar el Año Nuevo», anota Scott. Y también que el equipo de hombres de apoyo no se halla en buena forma. Pocos días más tarde, el último equipo de soporte inicia su retorno. Uno de sus miembros, Teddie Evans, estará a punto de sucumbir de escorbuto en el camino de regreso. Los problemas de nutrición asediaron a Scott y a su equipo durante una buena parte del trayecto y, a estas alturas, ya comenzaban a sentir el flagelo del hambre y la mala alimentación. A ello se agregó la altura (la Antártida es el continente más alto, con una elevación promedio por encima de los 2.000 metros) y el frío (la temperatura más baja registrada nunca, fue observada en la base en la Meseta Central: –890 C); la marcha se hace cada vez más pesada. «Casi 74 millas hasta el Polo, pero ¿conseguiremos mantener este ritmo durante otros siete días? Nos está consumiendo una enormidad». Con todo, los cuatro hombres que continúan hacia el Polo junto a Scott, —Wilson, Oates, Bowers y Edgar Evans— avanzan con el orgullo de ser los elegidos para alcanzar la gloriosa meta propuesta. El 13 de enero dejan su último depósito para el camino de vuelta y ya es cosa de un mínimo esfuerzo el llegar.
Tres días más tarde, mientras avanzan con dificultad, Bowers cree ver un montículo artificial; discuten; se ponen de acuerdo en que se trata de una espejismo. Media hora más tarde, la aguda vista de Bowers detecta una mancha negra, que al poco tiempo se revela una bandera. Scott anota en su diario esa noche: «Martes 16 de enero. Campamento 68. Altura: 2.974 m. Temperatura –30,80 C. Lo peor ha ocurrido o casi lo peor […] Los noruegos se nos han adelantado y son los primeros en el Polo. Es una terrible decepción y lo siento muchísimo por mis leales compañeros». El 15 de diciembre de 1911, con cinco semanas de anticipación, Amundsen había conquistado el Polo siguiendo una ruta nueva y sirviéndose, además, de la fuerza de un vasto número de perros. De hecho, para estas fechas, el equipo noruego estaba cerca de alcanzar su campamento en la costa.
El día 18 de enero de 1912, turbados por la derrota y debilitados por la larga caminata, el frío y la mala alimentación, los cinco miembros de la expedición británica alcanzan oficialmente los 900 S. A partir de ahora la consigna es sobrevivir. Pareciera que sólo en ese momento Scott cae en la cuenta del lugar donde se hallan: «¡Santo Dios! Éste es un lugar espantoso y resulta demasiado terrible haber trabajado tanto para no obtener la recompensa del primer lugar. Bueno, ya es algo haber llegado hasta aquí y quién sabe si el viento estará a nuestro favor mañana». Sin embargo, la estación comienza a hacerse más severa y deben tirar con fuerza de su trineo para cubrir los casi 1.500 kilómetros que los separan del campamento. Por si fuera poco, Scott quiere alcanzar el Terra Nova, que debiera aparecer a finales del verano, cuando el deshielo permite a las embarcaciones acercarse a la costa antártica. Desea estar presente para dar cuenta de su derrota y evitar así los malentendidos.
Al alcanzar el glaciar Beardmore, la moral del hombre más fuerte, Edgar Evans, se ve minada por un fulgurante debilitamiento físico. Con una mano inutilizada por la más severa infección y la nariz perdida por congelación, este hombretón de gran fuerza y buen humor cae demudado. El 17 de febrero, tras sufrir una caída en el glaciar, se halla en estado comatoso. Su muerte, ocurrida durante la noche, pone en alerta a los restantes miembros del grupo.
Atribulados por la pérdida y sintiendo el propio agotamiento, los cuatro supervivientes siguen la ruta de vuelta, pero la distancia media que cubren es cada día menor. «Me pregunto qué es lo que nos está reservado», escribe Scott. A comienzos de marzo, un nuevo contratiempo inesperado: las latas de queroseno, inconvenientemente selladas, han perdido parte importante de su contenido. El fuego del que dependen para obtener agua y alimento debe ser administrado con sumo cuidado. La convicción de Scott comienza a flaquear por primera vez y las anotaciones en su diario se vuelven cada vez más sombrías. El avance es más costoso a medida que el frío aumenta y la comida escasea. El trineo pesa como si fuese de plomo. Para hacer las cosas más difíciles, Titus Oates tiene un pie completamente gangrenado. Su estado es tal que pide a sus compañeros que lo abandonen en su saco de dormir. Éstos son unánimes en desoírle y reanudan penosamente la marcha. La noche del 17 de marzo, día de su cumpleaños, Oates hace un último esfuerzo, se pone en pie y les dice estoicamente: «Voy a salir afuera y puede que me demore un momento». Los tres saben que no volverán a verle nunca. En su diario, Scott deja anotaciones expresas para que se sepa de la valentía y lealtad de este hombre que decidió sacrificarse por sus compañeros.
Si Scott y sus hombres tenían una oportunidad de salir con vida, ésta dependía del tiempo. Al día siguiente se ponen en marcha hacia el próximo depósito, a 21 millas de distancia. Haciendo un esfuerzo sobrehumano consiguen recortar otras 10 millas, pero las condiciones climáticas son atroces y el viento y el frío han consumido casi del todo sus energías. Acampan y esperan, pero la ventisca arrecia y se ven forzados a mantenerse refugiados. El 19 de marzo queda comida para dos días pero combustible sólo para uno; fuera, las condiciones no mejoran. La última entrada del diario está fechada el 29 de marzo: «Cada día hemos permanecido a la espera para salir hacia el depósito a sólo 11 millas. Pero fuera de la tienda siempre nos espera un vendaval de nieve. Creo que ya no podemos esperar que las cosas mejoren. Nos mantendremos hasta el final pero estamos cada vez más débiles, por supuesto, y ya no debe faltar mucho para el fin. Es una lástima, creo que no podré seguir escribiendo, R. Scott». Y más abajo una nota final: «Por el amor de Dios, cuidad de nuestra gente».
En días recientes, el análisis comparativo de las mediciones meteorológicas, realizado por la especialista en ciencias atmosféricas de la universidad de Boulder (ee.uu.), Susan Solomon, demostró efectivamente que las condiciones climáticas que encontró Scott eran mucho peores de lo habitual. En su libro The Coldest March: Scott’s Fatal Antartic Expedition, la científica norteamericana ofrece un acabado estudio de las adversidades que debió soportar la expedición británica
Si ello trae algún consuelo, no deja de plantear un genuino interrogante sobre la historia de estos exploradores que recorrieron 2.964 kilómetros por el paisaje más desolado del planeta. Con el tiempo, la figura de Scott ha oscilado entre el héroe voluntarioso capaz de sacrificarse por sus ideales y el obtuso incorregible que acabó muriendo por su ineptitud para acomodarse a las circunstancias. Quizás mejor revisitar parte de la experiencia contada con gran lucidez y sobriedad por uno de los supervivientes, Apsley Cherry-Garrard. Sus conclusiones, expresadas en el libro El peor viaje del mundo, combinan la genuina curiosidad por el descubrimiento con la generosa caballerosidad y entrega que dominaba a ese grupo de hombres que, hace ahora noventa años, realizaron una de las hazañas más incomprendidas de la historia humana.

Pedro Donoso
 


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