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(Davenport,
Reino Unido, 1868-en la Antártida, 1912) Explorador británico. Se hizo
famoso por sus expediciones a la Antártida a bordo del Discovery. En
la primera de ellas estableció los límites de la Tierra del Rey
Eduardo VII y franqueó la barrera de hielo para llegar hasta los 87
grados de latitud Sur. En su segunda expedición, a bordo del Terra
Nova, acompañado por Wilson, Evans, Bowers y Oates, y en dura
competición con el célebre explorador noruego Roald Amundsen,
pretendió ser el primer hombre en llegar al polo Sur. Alcanzó su
objetivo el 18 de enero de 1912, sólo para descubrir los restos del
campamento de su rival, quien había estado allí apenas un mes antes,
en diciembre de 1911. En medio de la desolación general, la expedición
inició el regreso, pero a partir de entonces las condiciones
meteorológicas empeoraron de manera dramática y el sofisticado equipo
de que disponían los expedicionarios resultó del todo inadecuado para
hacer frente a las durísimas tormentas polares. Evans murió en el
glaciar de Beardmore, y Oates se separó voluntariamente de la
expedición, en medio de una tormenta, tras advertir que no había
provisiones suficientes para todos. Los tres supervivientes
continuaron su marcha, durante la cual sacrificaron los ponis y
abandonaron los trineos mecánicos y, con ellos, buena parte del equipo
que no podían transportar. Todo este esfuerzo fue en vano; el 12 de
noviembre de ese mismo año, los equipos de rescate encontraron sus
cadáveres, congelados, en una diminuta tienda, a sólo 17 kilómetros de
la base. Entre las pocas pertenencias que llevaban estaba el diario de
Scott, en el que se describían las terribles peripecias de la trágica
expedición.
Cuando se cumplen cien años del inicio
de la exploración polar más extensa jamás realizada, todavía resulta
difícil interpretar adecuadamente la figura del capitán de la Marina
británica, Robert Falcon Scott, quien junto a sus hombres caminó
durante tres meses y medio arrastrando su trineo por el inhóspito
territorio de la Antártida. Pedro Donoso ofrece este comentario en el
que, al más puro estilo de una novela de Julio Verne, el diario de
Scott nos revela los crudos detalles de aquella aventura inacabada.
Nuestro
destino queda a merced de los dioses. No puedo pensar en nada que
hayamos dejado de lado», escribe Scott en la víspera de su partida
al Polo. Tras haber pasado el oscuro invierno en el campamento
construido en la costa oeste del continente antártico, hasta el
último detalle parece preparado. Es 1 de noviembre de 1911, el
tiempo está despejado. A un gesto de Scott, la caravana de ponis se
pone en marcha y comienza a adentrarse en la gran superficie blanca.
Según el plan, el capitán volverá a encontrarse con los hombres que
permanecen en la base a mediados de marzo del año siguiente. Todo
había empezado unos años antes, cuando el capitán recibió el apoyo
de Sir Clements Markham y de la Royal Geographic Society para
emprender la conquista de los territorios antárticos.
Un primer viaje realizado entre 1901 y 1903 a abordo del Discovery
permitió a Scott tomar contacto con la fría geografía polar, y junto
a Ernest Shackleton se internó caminando sobre la nieve en busca de
la ruta que les permitiera acceder a la meseta central del
continente. Tras varias semanas de marcha, el extenso sistema
montañoso trasantártico aparecía como un obstáculo irremontable. La
falta de alimentos y los primeros signos de congelación obligaron al
grupo a regresar, pero esta vez llevaban consigo valiosa
información, una idea concreta de la peligrosidad del terreno y,
sobre todo, la que desde ese momento sería su única obsesión:
alcanzar el punto más austral del mundo.
Cuatro años más tarde, entre 1907 y 1909, Shackleton lideraría una
expedición en la que se descubrió el glaciar Beardmore, un paso que
comunicaba la Gran Barrera de hielo con la elevada Meseta central
del continente. Haciendo un gran esfuerzo, estos hombres lograron
alcanzar los 88,230 de latitud sur; pero, a sólo 179 kilómetros de
su objetivo, la expedición se vio obligada a regresar. De vuelta en
Gran Bretaña, el explorador recibió el título honorario de Sir, así
como el reconocimiento de la comunidad científica del momento.
La relación entre ciencia y exploración continuaba la linea iniciada
por los grandes viajes de los naturalistas, Humbolt o Darwin, entre
otros. Aún quedaban en el mundo grandes lugares desconocidos para el
hombre y era necesario llevar a cabo su reconocimiento, la
clasificación de las especies autóctonas, la descripción de su
geografía. Ciencia y conquista aparecían así como dos caras
complementarias en el esfuerzo por dominar el mecanismo de la
Naturaleza.
En 1911, el camino aparecía despejado para Scott y sus hombres. La
puerta hacia el Polo había quedado abierta con el esfuerzo de
Shackleton y ahora le correspondía a Scott materializar la
conquista. A mediados de junio del año anterior habían zarpado de
Cardiff en el Terra Nova, viejo barco que no haría las cosas nada
fáciles. En octubre, al recalar en Nueva Zelanda, les aguarda, sin
embargo, un mensaje que añade un nuevo riesgo a esta empresa. «Me
dirijo al Sur. Amundsen». El escueto comunicado del explorador
noruego deja claro que la competencia les había salido al paso, algo
para lo cual Scott no estaba preparado. Su correspondencia deja ver
hasta qué punto el capitán sintió como si estuvieran invadiendo un
territorio que consideraba propio.
En
realidad, a Roald Amundsen le correspondía dirigirse al Polo Norte,
pero a medio camino debió rectificar súbitamente su rumbo porque
Robert Peary se le había adelantado y en abril de 1909 clavaba la
bandera norteamericana en las inmediaciones de los 900 N. Al igual que
el norteamericano y a diferencia de Scott, Amundsen vivía obcecado por
la idea de llegar al centro del casquete polar. Para ello había vivido
entre los Inuit, adoptando su vestimenta y muchas de sus técnicas de
supervivencia. Esta asimilación etnológica no tardaría en dar frutos
Por su parte, el capitán Scott era un representante de la era
victoriana, miembro del entonces imperio más grande del planeta. Sus
convicciones eran más próximas a la de los flemáticos observadores de
estirpe, apegados al té ritual de las cinco. Ello marcaría enormes
diferencias entre las dos expediciones que, en enero de 1911, acampan
separadas a 200 millas, en la costa oeste de la Antártida. Para
comenzar, el equipo británico cargaba abundante material de
investigación, que manejarían distintos científicos, y cuya única
misión consistía en desvelar hasta la última minucia de este
enigmático e inhóspito territorio. Un meteorólogo, tres geólogos, un
físico y un biólogo, encabezados por el más fiel compañero de Scott,
el zoólogo Edward Wilson, descienden del Terra Nova y comienzan de
inmediato a montar sus unidades de observación en la bahía de MacMurdo.
Durante los dos años siguientes, hasta la primavera de 1913, no
dejarán de anotar mediciones, clasificar peces, aves y cetáceos,
describir rocas y formaciones geológicas, observar los fenómenos
ópticos y el paso de las estaciones, las variaciones de temperatura,
la fuerza de los vientos. Muchos datos sin embargo quedaban aún por
registrar.
De hecho, las muestras geológicas recogidas por el equipo de Scott
ayudarían a confirmar la tesis sobre el origen y desplazamiento de los
continentes a partir de una gran masa continental —Gondwana— que con
anterioridad al período Jurásico unía Arabia, India, Africa, América
del Sur, Australia y la Antártida.
Tras pasar el invierno austral de 1911, recluidos en una cabaña de 15
x 7,5 metros, donde a pesar del confinamiento no faltaba cierta
comodidad, los hombres que forman la expedición antártica británica
saben que la llegada de la luz primaveral no sólo acaba con los meses
de oscuridad y de encierro forzoso; es ahora cuando toda la
preparación debe concentrarse para alcanzar el objetivo más difícil,
el Polo Sur.
El 1 de noviembre, con el retraso al que obligaba el cuidado de los
ponis blancos ante el tiempo inclemente, Scott se pone en marcha.
Utilizados como animales de tiro por sugerencia de Shackleton, esos
animales resultaron claramente inconvenientes, a pesar de lo cual
Scott todavía no acababa de ceder el turno a los perros.
Posteriormente este retraso en la partida tendría serias
consecuencias. Por su parte, Amundsen, que contaba con un nutrido
grupo de perros, había dejado su cabaña dos semanas antes y se hallaba
en plena ruta al Polo. Con todo, ponis, perros y tractores mecánicos
eran sólo un apoyo limitado y Scott y un grupo seleccionado de hombres
deberían hacer la mayor parte del trayecto tirando ellos mismos de los
trineos.

No eran grandes esquiadores, como los
noruegos, los hombres de Scott, así que hallan enormes dificultades
para sortear el terreno. Frente a ellos y hasta alcanzar el glaciar
Beardmore, que da paso a la Meseta Central, se extiende la Gran
Barrera, una superficie de poca altura que tardarán más de un mes en
completar a un ritmo promedio de 20 kilómetros diarios. El avance es
más difícil de lo previsto. El 10 de diciembre de 1911 alcanzan los
pies del glaciar. «En este lugar donde acampamos la nieve es la peor
que nunca he visto… a cada paso uno se hunde hasta las rodillas y la
irregularidad de la superficie es claramente insuficiente para
aguantar a los trineos», escribe el capitán.
Dos días más tarde, Scott ordena al equipo de apoyo de los perros el
regreso a la cabaña y comienza la ascensión del glaciar. Las
accidentadas características de una superficie rematada por salientes,
desfiladeros y peligrosas grietas terminan de agriar el ánimo de Scott,
que no deja de comparar su avance con las notas del diario de
Shackleton y se desespera al comprobar que las condiciones son mucho
peores de lo esperado. «Es una lástima que la fortuna no esté de
nuestra parte, porque cada pieza del equipo funciona bien», escribe el
21 de diciembre. Al día siguiente, sin embargo, alcanzan la cumbre del
glaciar, con lo que el camino se convertía en una línea recta hasta
alcanzar el objetivo. Se hallaban a 850 S y habían cubierto casi dos
tercios del recorrido hasta el Polo.
Nochevieja. «Las temperaturas han descendido claramente, por efecto
del viento, al parecer [...] Una barra de chocolate para celebrar el
Año Nuevo», anota Scott. Y también que el equipo de hombres de apoyo
no se halla en buena forma. Pocos días más tarde, el último equipo de
soporte inicia su retorno. Uno de sus miembros, Teddie Evans, estará a
punto de sucumbir de escorbuto en el camino de regreso. Los problemas
de nutrición asediaron a Scott y a su equipo durante una buena parte
del trayecto y, a estas alturas, ya comenzaban a sentir el flagelo del
hambre y la mala alimentación. A ello se agregó la altura (la
Antártida es el continente más alto, con una elevación promedio por
encima de los 2.000 metros) y el frío (la temperatura más baja
registrada nunca, fue observada en la base en la Meseta Central: –890
C); la marcha se hace cada vez más pesada. «Casi 74 millas hasta el
Polo, pero ¿conseguiremos mantener este ritmo durante otros siete
días? Nos está consumiendo una enormidad». Con todo, los cuatro
hombres que continúan hacia el Polo junto a Scott, —Wilson, Oates,
Bowers y Edgar Evans— avanzan con el orgullo de ser los elegidos para
alcanzar la gloriosa meta propuesta. El 13 de enero dejan su último
depósito para el camino de vuelta y ya es cosa de un mínimo esfuerzo
el llegar.
Tres días más tarde, mientras avanzan con dificultad, Bowers cree ver
un montículo artificial; discuten; se ponen de acuerdo en que se trata
de una espejismo. Media hora más tarde, la aguda vista de Bowers
detecta una mancha negra, que al poco tiempo se revela una bandera.
Scott anota en su diario esa noche: «Martes 16 de enero. Campamento
68. Altura: 2.974 m. Temperatura –30,80 C. Lo peor ha ocurrido o casi
lo peor […] Los noruegos se nos han adelantado y son los primeros en
el Polo. Es una terrible decepción y lo siento muchísimo por mis
leales compañeros». El 15 de diciembre de 1911, con cinco semanas de
anticipación, Amundsen había conquistado el Polo siguiendo una ruta
nueva y sirviéndose, además, de la fuerza de un vasto número de
perros. De hecho, para estas fechas, el equipo noruego estaba cerca de
alcanzar su campamento en la costa.
El día 18 de enero de 1912, turbados por la derrota y debilitados por
la larga caminata, el frío y la mala alimentación, los cinco miembros
de la expedición británica alcanzan oficialmente los 900 S. A partir
de ahora la consigna es sobrevivir. Pareciera que sólo en ese momento
Scott cae en la cuenta del lugar donde se hallan: «¡Santo Dios! Éste
es un lugar espantoso y resulta demasiado terrible haber trabajado
tanto para no obtener la recompensa del primer lugar. Bueno, ya es
algo haber llegado hasta aquí y quién sabe si el viento estará a
nuestro favor mañana». Sin embargo, la estación comienza a hacerse más
severa y deben tirar con fuerza de su trineo para cubrir los casi
1.500 kilómetros que los separan del campamento. Por si fuera poco,
Scott quiere alcanzar el Terra Nova, que debiera aparecer a finales
del verano, cuando el deshielo permite a las embarcaciones acercarse a
la costa antártica. Desea estar presente para dar cuenta de su derrota
y evitar así los malentendidos.
Al alcanzar el glaciar Beardmore, la moral del hombre más fuerte,
Edgar Evans, se ve minada por un fulgurante debilitamiento físico. Con
una mano inutilizada por la más severa infección y la nariz perdida
por congelación, este hombretón de gran fuerza y buen humor cae
demudado. El 17 de febrero, tras sufrir una caída en el glaciar, se
halla en estado comatoso. Su muerte, ocurrida durante la noche, pone
en alerta a los restantes miembros del grupo.
Atribulados por la pérdida y sintiendo el propio agotamiento, los
cuatro supervivientes siguen la ruta de vuelta, pero la distancia
media que cubren es cada día menor. «Me pregunto qué es lo que nos
está reservado», escribe Scott. A comienzos de marzo, un nuevo
contratiempo inesperado: las latas de queroseno, inconvenientemente
selladas, han perdido parte importante de su contenido. El fuego del
que dependen para obtener agua y alimento debe ser administrado con
sumo cuidado. La convicción de Scott comienza a flaquear por primera
vez y las anotaciones en su diario se vuelven cada vez más sombrías.
El avance es más costoso a medida que el frío aumenta y la comida
escasea. El trineo pesa como si fuese de plomo. Para hacer las cosas
más difíciles, Titus Oates tiene un pie completamente gangrenado. Su
estado es tal que pide a sus compañeros que lo abandonen en su saco de
dormir. Éstos son unánimes en desoírle y reanudan penosamente la
marcha. La noche del 17 de marzo, día de su cumpleaños, Oates hace un
último esfuerzo, se pone en pie y les dice estoicamente: «Voy a salir
afuera y puede que me demore un momento». Los tres saben que no
volverán a verle nunca. En su diario, Scott deja anotaciones expresas
para que se sepa de la valentía y lealtad de este hombre que decidió
sacrificarse por sus compañeros.
Si Scott y sus hombres tenían una oportunidad de salir con vida, ésta
dependía del tiempo. Al día siguiente se ponen en marcha hacia el
próximo depósito, a 21 millas de distancia. Haciendo un esfuerzo
sobrehumano consiguen recortar otras 10 millas, pero las condiciones
climáticas son atroces y el viento y el frío han consumido casi del
todo sus energías. Acampan y esperan, pero la ventisca arrecia y se
ven forzados a mantenerse refugiados. El 19 de marzo queda comida para
dos días pero combustible sólo para uno; fuera, las condiciones no
mejoran. La última entrada del diario está fechada el 29 de marzo:
«Cada día hemos permanecido a la espera para salir hacia el depósito a
sólo 11 millas. Pero fuera de la tienda siempre nos espera un vendaval
de nieve. Creo que ya no podemos esperar que las cosas mejoren. Nos
mantendremos hasta el final pero estamos cada vez más débiles, por
supuesto, y ya no debe faltar mucho para el fin. Es una lástima, creo
que no podré seguir escribiendo, R. Scott». Y más abajo una nota
final: «Por el amor de Dios, cuidad de nuestra gente».
En días recientes, el análisis comparativo de las mediciones
meteorológicas, realizado por la especialista en ciencias atmosféricas
de la universidad de Boulder (ee.uu.), Susan Solomon, demostró
efectivamente que las condiciones climáticas que encontró Scott eran
mucho peores de lo habitual. En su libro The Coldest March: Scott’s
Fatal Antartic Expedition, la científica norteamericana ofrece un
acabado estudio de las adversidades que debió soportar la expedición
británica
Si ello trae algún consuelo, no deja de plantear un genuino
interrogante sobre la historia de estos exploradores que recorrieron
2.964 kilómetros por el paisaje más desolado del planeta. Con el
tiempo, la figura de Scott ha oscilado entre el héroe voluntarioso
capaz de sacrificarse por sus ideales y el obtuso incorregible que
acabó muriendo por su ineptitud para acomodarse a las circunstancias.
Quizás mejor revisitar parte de la experiencia contada con gran
lucidez y sobriedad por uno de los supervivientes, Apsley Cherry-Garrard.
Sus conclusiones, expresadas en el libro El peor viaje del mundo,
combinan la genuina curiosidad por el descubrimiento con la generosa
caballerosidad y entrega que dominaba a ese grupo de hombres que, hace
ahora noventa años, realizaron una de las hazañas más incomprendidas
de la historia humana.
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