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Groenlandia
Donde el mundo se
acaba
Ricardo
López Valverde, nuestro especialista y una de las personas que
mejor conoce Groenlandia y los inuits, ha escrito este
bonito libro donde se recogen los aspectos culturales, históricos,
tradiciones y hacia donde va este enigmático y desconocido pueblo.

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Ernest Henry Shackleton,
Explorador
y marino británico nacido en Kilkea (condado de Kildare - Irlanda) en
1874. Sirvió en la Armada y la marina mercante de su país. Fue miembro
de varias sociedades geográficas de Europa y América. Se inició con
Robert Falcon Scott entre 1901 y 1903 en la primera expedición que
éste llevó a cabo al Polo Sur.
Tras
conseguir recaudar fondos, consiguió preparar tres expediciones
propias. La primera se desarrollo entre 1907 y 1909 a bordo del
ballenero Nimrod, consiguiendo establecer una base en la isla
de Ross desde donde escalaría en 1908 el monte Erebus, y en 1909
alcanzaría los 88º 33' de latitud Sur, a sólo 156 km. del Polo. En una
segunda expedición iniciada en 1914, y extremadamente accidentada,
intentó la travesía de la Antártida desde el mar de Weddell al mar de
Ross a bordo del Endurance, pero los hielos dejaron su
embarcación atrapada, después de nueve meses se partió y hundió. Él y
sus hombres se refugiaron mediante los botes en la isla Elefante, en
las Shetland del Sur, después de una travesía de odisea por las
pésimas condiciones climáticas que tuvieron que soportar. Dejó en la
isla a 22 hombres, y junto con otros cinco a bordo del bote James
Caird, consiguió atravesar el mar de Weddell y alcanzar las islas
Georgias del Sur en busca de ayuda, en un viaje lleno de penalidades y
de constante riesgo de sus vidas que no finalizó con su arribada a
tierra, ya que debieron atravesar los glaciares que cubren la isla
soportando extremo cansancio, sueño y temperaturas extremas, antes de
conseguir contactar con el personal de la estación ballenera. Mediante
un barco de rescate se dirigió a la isla Elefante y pudo recoger a los
22 marineros restantes.
La tercera
y última expedición científica la inició en 1921 a bordo del navío
Quest, con intención de dirigirse a la Antártida, pero murió
repentinamente en Georgia del Sur, donde fue enterrado el 5 de enero
de 1922.
La
construcción del héroe
No se
puede negar que Shackelton era un inepto para la mayor parte de las
situaciones de la vida cotidiana, cuentan quienes lo conocieron. Pero
tenía un talento, casi podría hablarse de genio, que consistía en su
capacidad de liderazgo para conducir a un grupo de hombres en
situaciones extremas, de arrancarles a los otros un límite de
resistencia que ellos mismos ignoraban. Uno de ellos dijo de
Shackelton: “Para la dirección científica, denme a Scott; para un
viaje rápido y eficaz a Amundsen, pero cuando estén en una
circunstancia desesperada, cuando parezca que ya no existe salida,
arrodíllense y recen para que venga Shackelton”. Años más tarde de la
travesía del “Endurance”, Shackelton le escribía a su mujer: “A veces
pienso que no sirvo para nada que no sea estar en regiones salvajes e
inexploradas con otros hombres”.
Hijo de un médico de clase media irlandesa y alumno de una escuela
privada prestigiosa, a los dieciséis, con ganas de epopeya, Shackelton
se enroló en la marina mercante británica. Pero el desarrollo
progresivo de esa carrera no tenía emoción alguna para su personalidad
inquieta. En 1901, cuando ya era tercer oficial de una importante
compañía mercante, se anotó como voluntario en el “Discovery”, la
expedición antártica a cargo de un famoso explorador, Robert Scott,
que llegó a mil trescientos kilómetros del Polo, más lejos de lo que
cualquiera había llegado.
En 1904 se casó con Emily Dorman, hija de un abogado que lo superaba
en posición. Ernest ansiaba ofrecerle a su esposa un nivel de vida
como ése en el que se había criado. Pero fracasó en el periodismo, en
los negocios y en la política. Por eso, a comienzos de 1907 se propuso
liderar la primera expedición que tenía como objetivo explícito el
Polo. Después de siete meses de preparativos, con lo aprendido en el
“Discovery”, Shackelton consiguió disponer del “Nimrod”. A bordo
llevaba diez caballos manchúes y nueve perros. Con tres compañeros y
un sinfín de peripecias llegó a ciento sesenta kilómetros de su meta,
pero debió retroceder y abandonar la travesía por falta de alimentos.
Si sobrevivieron, se debió a la carne fresca de los caballos, que les
permitió evitar el escorbuto. A su regreso con gloria a Inglaterra,
convertido en héroe nacional, Shackleton se aproximaba a sus sueños al
ser nombrado Sir.
Durante un tiempo vivió de esa gloria. Publicó un libro, El corazón de
la Antártida, y se dedicó a dar conferencias. Apremiado
económicamente, convirtió el “Nimrod” en museo cobrando la entrada.
Pero estos rebusques le resultaban poco confortantes. En 1912 fracasó
de modo fatal una nueva intentona de Scott por alcanzar el Polo. “Si
hubiésemos vivido, podría contar una historia de sufrimientos,
resistencia y valor de mis compañeros que habría conmovido a los
ingleses”, anotó Scott. “Estas notas apuradas y nuestros cadáveres
contarán la historia.” Un año más tarde, el viaje de Scott y sus
apuntes eran retocados por Sir James Barrie, el autor de Peter Pan,
que con su prosa efectista emocionaba a los ingleses, ahora
ambivalentes con respecto a la Antártida: financiar otra expedición
tenía bastante de derroche. Sin embargo, empezó a circular un folleto
aspirando a la recolección de fondos para otra expedición. “Desde el
punto de vista sentimental es el último gran viaje polar que pueda
hacerse”, decía el folleto. “Será un viaje más importante que ir al
Polo y regresar, y creo que corresponde a la nación británica llevarlo
a cabo, pues nos han derrotado en la conquista del Polo Norte y en la
del Polo Sur. Queda el viaje más largo e impresionante de todos, la
travesía del continente.” Firmaba esta declaración, otra vez, a la
carga, Sir Ernest Shackelton.
Con su característica ambición, Shackelton consiguió el apoyo de
magnates del yute y el tabaco, de una compañía de armas de fuego y de
escuelas privadas, así como de la Real Sociedad Geográfica. Además,
vendió por anticipado los derechos de noticias e imagen de la
expedición. Para este negocio que prometía ser suculento buscó la
intervención de James Francis Hurley, un fotógrafo y documentalista
fílmico australiano con más inspiración publicitaria que periodística.
No cabe duda de que gran parte del mérito del registro de la epopeya
que los aguardaba se debió a las imágenes que captó Hurley, lo que
explicaría, más tarde, la rivalidad más que subterránea entre el
comandante y el fotógrafo, no menos ansioso de fama y dinero.
Aguante,
“Endurance”
Mientras
Shackleton reunía provisiones, diseñaba trineos, juntaba perros
canadienses y tiendas especiales, en julio de 1914 era asesinado el
archiduque Fernando de Austria y se prendía la mecha que haría
estallar la Primera Gran Guerra.
El
“Endurance” era el barco más resistente de todos los que se habían
construido hasta entonces en Noruega. Según los cronistas de la época,
era un elegante bergantín de tres palos. Como barco a vela, tenía su
distinción. Disponía de un motor alimentado a carbón. Medía cuarenta y
cuatro metros de eslora y ocho de manga. Equipado para enfrentar los
peligros del mar helado, su quilla y su proa habían sido
cuidadosamente trabajadas.
Las anécdotas que se cuentan acerca de la contratación de la
tripulación tienen su costado humorístico. Al médico, por ejemplo,
Shackelton lo contrató por su buena voz. En efecto, el médico cantaba,
pero a Shackelton no le importaba que fuera demasiado virtuoso: “No me
importa que no sea Caruso”, le dijo. “Pero supongo que podrá cantarles
un poco a los muchachos”. Lo que a Shackelton sí le inquietaba era la
futura compatibilidad entre los suyos.
Con Inglaterra dentro de la guerra, el proyecto parecía no interesarle
a nadie. Finalmente Shackelton congregó a la tripulación para anunciar
que despacharía un telegrama al Almirantazgo poniendo la expedición al
servicio del gobierno. La respuesta fue: “Adelante”. Winston
Churchill, por entonces ministro de Marina, le ordenaba que la
expedición siguiera su curso. El 18 de agosto de 1914 el “Endurance”
zarpó de Plymouth.
Después de anclar unos días en Buenos Aires, en octubre zarpó hacia
las Georgias del Sur. El ánimo era óptimo. Aquellos que no soñaban con
la gloria lo hacían con una paga. Navegando entre formidables placas
de hielo, el Endurance empezó a adentrarse en el Mar de Wedell. Bajo
vientos poderosos y nevadas aluvionales, el trayecto se iba volviendo
cada día más lento. A los costados, orcas, focas y pingüinos
contemplaban el avance del barco. En enero de 1915, el “Endurance”
quedó finalmente paralizado por el hielo. Con asombro y entusiasmo,
sin tomar todavía conciencia de lo que se cernía sobre ellos, los
navegantes solían bajar a los témpanos, realizaban excursiones y
jugaban al fútbol. A pesar de que cada tanto izaban las velas o
forzaban el motor cuando se insinuaba un estrecho canal de agua, la
esperanza de mar abierto se cancelaba. Aunque Shackelton procuró
comunicarse por radio con las islas Malvinas, donde se encontraban los
transmisores más próximos, fue en vano. No sólo era imposible avistar
tierra firme. Tampoco sabían donde estaban. Las noches, las temibles
noches polares se alargaban. Ahora a Shackelton le preocupaba
establecer un campamento para protegerse del invierno. Las actividades
de a bordo sefueron reduciendo. Después de una excursión nocturna en
trineo uno de los expedicionarios tuvo la impresión de haber estado
marchando en la superficie lunar. En agosto de 1915 un diario relata:
“Nuestra posición se volvió realmente peligrosa. Los grandes bloques
de hielo se desplazan chocando unos contra otros con el deseo de
arrojar su potencia contra nosotros”.
Una de esas noches de agosto, Hurley bajó al hielo con su equipo.
“Necesité unos veinte flashes, uno detrás de cada montículo, para
iluminar satisfactoriamente el barco. Casi cegado por los destellos
sucesivos, me perdí entre los témpanos golpeándome los tobillos y
hundiéndome en charcos helados”, anotó en su diario. Las imágenes
espectrales del “Endurance” prisionero del hielo dan una idea de la
audacia de este fotógrafo para el que no existían tomas imposibles.
Finalmente,
un sábado por la noche, mientras disfrutaban melancólicos de la música
del gramófono, el barco se estremeció como por el efecto de un
terremoto. Temblando, se inclinó a estribor. Las alarmas continuas
tensaban los nervios. Finalmente, un témpano a babor se rompió y
enormes hielos se dispararon desde debajo de la sentina de babor. En
segundos, el “Endurance” estaba escorado. Y fue el principio del fin.
El agua no tardaría en llegar a la sala de máquinas.
“Es difícil escribir lo que siento”, escribía Shackelton. “Ahora el
Endurance está crujiendo y temblando, su madera se rompe, sus heridas
se abren y va abandonando lentamente la vida en el comienzo mismo de
su carrera.”
Hombres
sin mujeres
A partir
del naufragio, Shackelton y sus hombres improvisaron un campamento no
demasiado lejos del “Endurance”, todavía asomando entre los témpanos.
A menudo algunos hombres volvían al barco en busca de pertrechos. En
uno de esos viajes Hurley se arriesgó chapoteando en el interior del
“Endurance” y sumergiéndose rescató sus latas de película.
Shackelton sabía que los esperaba una larga marcha si querían
sobrevivir. Instó a sus hombres a despojarse de todo lo que pudiera
ser suntuario, por mínimo que fuera. Como ejemplo, Shackelton tiró
unas monedas de oro, su reloj también de oro, sus cepillos de plata.
De la Biblia que le había regalado la reina conservó apenas las hojas
del Salmo 23 y unos versos de Job: “¿De qué entrañas llegó el hielo? Y
la blanca escarcha del cielo, ¿quién la engendró? Las aguas están
escondidas, como por una piedra/y el rostro de las profundidades está
helado”.
Arrastrando
equipos y botes, sacrificando los perros, escatimando las provisiones,
en perpetuas marchas sobre la superficie helada del mar, los hombres
se desgastaban queriendo huir de las inclemencias de un paisaje cuya
temperatura descendía más de veinte grados bajo cero. El primer
campamento fue bautizado Paciencia. El segundo, Océano. El menú diario
incluía carne de foca, estofado de pingüino con cacao y té. Los
hombres dormían en tiendas empapadas por los vendavales, acurrucados
en sacos mojados. En la lealtad a Shackelton se probaba la resistencia
mental y física. Shackelton siempre llevaba la delantera. Si encaraban
otra marcha, después de agotarse, comprobaban que apenas habían hecho
unos pocos kilómetros. El tiempo transcurría siempre igual. Sin
embargo, Shackelton no cedía frente a los días de vendaval ni ante las
placas que no daban señales de quebrarse para abordar los botes que
continuaban transportando, mal dormidos, mal comidos, a la rastra. Esa
era la rutina.
Finalmente, en abril de 1915, el grupo se embarcó. La navegación entre
el viento y las olas los amenazaba con una tragedia inminente. Cuando
después de tres días y noches de zozobra arribaron a los acantilados
de la isla Elefante, cuando pudieron encontrar una playa propicia, al
pisar tierra firme después de 497 días en el hielo sobre el mar,
muchos hombres sintieron como el efecto de una borrachera. Si bien la
isla representaba una salvación, ninguno había pensado que sería tan
hostil y sombría. Shackelton advirtió las tensiones que se soterraban
entre sus hombres. Si quería mantenerlos con vida, tenía que
mantenerlos en acción.
La
isla San Pedro estaba a unos mil trescientos kilómetros. Shackelton
eligió seis hombres. Lo acompañarían en el “James Caird”, uno de los
botes balleneros que conservaban.
“La historia de los dieciséis días siguientes es la de una lucha
suprema en aguas convulsionadas”, escribió Shackelton. Pero cuando las
olas inmensas se sosegaban, entonces sobrevenía un peligro antiguo: la
placa de hielo. El 2 de mayo, durante un vendaval de ocho horas, a
Shackelton se le presenta una ola gigantesca. “En mis veintiséis años
en todos los estados del mar nunca me había enfrentado a semejante
explosión del océano”, escribió luego. Después de una calma
sobrenatural, el torrente de espuma se abatió sobre el Caird. Sin
embargo, aun inundado, el “Caird” salió a flote.
En un mar picado, envuelto en la niebla, en los primeros días de mayo
pudieron ver dos cormoranes. Era una buena señal, pero todavía les
faltaba divisar tierra y dar con un sitio apropiado para recalar.
Después de chocar con olas tumultuosas que prometían arrojarlos contra
los acantilados de la isla San Pedro, esa tierra que anhelaban era
ahora una presencia fatídica. La lluvia, el granizo y la nieve los
azotaba. En el anochecer del 10 de mayo condujeron el “Caird” hacia
una bahía. Más tarde habrían de enterarse de que un vapor de 500
toneladas había zozobrado con toda su tripulación, víctima del mismo
huracán que ellos habían resistido.
Los hombres descargaron sus escasas provisiones y se refugiaron en una
cueva. Al navegar los límites de la isla San Pedro encontraron,
desperdigados, mástiles, fragmentos de mascarones, chapas, remos
destruidos en un auténtico cementerio de barcos. También, con esos
naufragios habían llegado a ese rincón las ratas.
Un amanecer, después de desayunar el ya clásico estofado, endurecidos
y casi congelados, admitieron que no tenían otra alternativa que
atravesar los filosos picos nevados de la isla para llegar al puesto
ballenero más cercano. Escalar, descender, siempre flanqueados por
precipicios. En una oportunidad, al encontrarse frente a una pendiente
mortal, se abrazaron formando una bola humana para arrojarse al vacío
en el descenso por la cuesta nevada. Cuando habían ya agotado sus
reservas físicas, tras caminar treinta y seis horas sin descanso,
percibieron signos humanos a lo lejos.
Barbudos, el pelo sobre los hombros, los rostros deformados y
oscurecidos por la intemperie, vestidos con andrajos, ya no eran
hombres sino espectros quienes llegaron a la estación ballenera
Stromness.
El olor a
ballena muerta
En
Inglaterra Scott tenía más reputación. Un héroe polar muerto en el
intento tenía más prestigio que uno como Shackelton, que había
sobrevivido los hielos. Pero Shackelton se había ganado la imaginación
colectiva. T. S. Eliot lo evocó en un poema de “La tierra baldía”:
“Cuando cuento, sólo estamos tú y yo, juntos/ pero cuando miro hacia
delante en el camino blanco/ siempre hay otro que anda a tu lado”.
Durante los veintidós meses que estos hombres habían pasado en el
hielo, la guerra fue un tema constante de conversación. Lo primero que
Shackelton preguntó al entrar en la estación ballenera fue cuándo
había terminado. “La guerra no terminó”, le dijeron. “Hay millones de
muertos. Europa está loca. El mundo está loco.”
Con la guerra, muchas cosas habían cambiado. También el concepto de
heroísmo. Mientras Shackelton reclutaba embarcaciones para rescatar a
los hombres que permanecían en la isla Elefante, en Malvinas, un viejo
lobo de mar le recriminó que debería haber ido a combatir en vez de
andar haciendoel tonto en los icebergs. Los ejércitos empantanados en
las trincheras, el uso del gas venenoso, los submarinos, todos y cada
uno de los incidentes de la guerra habían modificado el imaginario de
lo heroico. Con amargura, Shackelton anotó: “Ahora a la lista de
víctimas la llaman lista de honor”.
Después de rescatar a sus hombres, la expedición de Shackelton terminó
en Buenos Aires el 8 de octubre de 1916. Al separarse, uno de sus
expedicionarios apuntó la melancolía sentida al despedirse del mejor
grupo de hombres con los que había tenido la suerte de estar.
El
ministerio británico de Relaciones Exteriores comprendió enseguida el
valor publicitario de la odisea de Shackelton. Si bien los
expedicionarios pudieron disfrutar del reconocimiento público, la
guerra imponía cuestiones más importantes. Algunos de los tripulantes
del “Endurance” se alistaron para entrar en combate. Hurley, por su
lado, explotaba las fotos, películas y diapositivas de la expedición.
En 1917 volvió a la isla San Pedro para obtener más material. Su film
En las garras de la placa polar se estrenó en 1919, después de la
guerra, con bastante éxito.
Shackelton, después de la expedición, estaba a la deriva. Sus
facciones se habían hinchado con el alcohol. En Nueva Zelanda le dictó
a Edward Saunders las partes esenciales de su libro South. El relato
está dedicado: “A mis compañeros”. El libro fue aclamado por la
crítica, pero su autor no cobró un solo penique, pues los derechos
habían sido asignados a uno de los patrocinadores del viaje. Al
terminar la guerra, Shackelton estaba en bancarrota. En nombre de la
gloria pasada, convocó a los tripulantes del “Endurance” para regresar
a los hielos. Esta vez el barco se llamaba “Quest”. Y zarpó de Londres
en septiembre de 1921. Cuando el “Quest” anclaba en Río de Janeiro,
Shackelton sufrió un ataque al corazón, pero no le concedió
importancia. En enero, al aproximarse otra vez a la isla San Pedro,
Shackelton escribió en su diario: “El familiar olor a ballena muerta
lo impregna todo. Es un lugar extraño y curioso”. Mientras tanto, uno
de sus marineros anotaba: “El jefe dice con franqueza que ignora qué
haremos después de San Pedro”.
Se acercaba la Navidad. El frío atacaba de nuevo. Uno de los marinos
le ofreció a Shackelton más cobijas. “Puedo aguantarlo”, dijo
Shackelton. Un nuevo ataque al corazón volvió a derribarlo, esta vez
definitivamente. La tripulación emprendió el regreso a Montevideo.
También, la repatriación de sus restos. Pero Emily, la viuda, prefirió
que el cuerpo de Shackelton reposara en la isla San Pedro con los
balleneros noruegos, quienes habían sido tal vez los que mejor
apreciaron sus conquistas.
Por Guillermo Saccomanno

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